VIERNES 23 DE DICIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 24032 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE






Honor a quien honor merece

Foto  

 

Nydia Palacios Vivas
Doctor Luis Santiago Palacios Ruiz In Memoriam

Desde niña lo veía pasar vestido de blanco, siempre impecable, con su maletín de médico, yendo (en uno de los viejos coches de Masaya) a visitar la casa de un (a) paciente que solicitaba sus servicios profesionales (costumbre que se perdió hace ya mucho tiempo); su misión no sólo consistía en auscultar al enfermo, sino dar fortaleza a la familia. El doctor Santiago Palacios formaba parte de los médicos graduados en medicina general, nacidos en la ciudad de Masaya hace como cincuenta años, grandes clínicos y personas honorabilísimas, doctores Aarón Tuckler, Ramón Jirón, Alfonso Porta, Humberto Alvarado, Mario Flores Ortiz, Francisco Lacayo, Fernando Padilla, Edwin Maison, Luis Jarquín, todos ellos orgullo de nuestra ciudad.

El doctor Luis Santiago Palacios era el mayor de mis tíos, yo lo veía guapísimo (y lo era), siempre tuvo una marcada preferencia por quien escribe estas líneas y era natural: fui la primera sobrina en ambas familias, los Palacios y los Vivas, la primera de los hijos/as del doctor Dagoberto Palacios, abogado y de doña Haydée Vivas de Palacios, la niña Haydecita, maestra de generaciones.

Mi tío Chago, como le solíamos decir los sobrinos, siempre fue ejemplo de honestidad, rectitud, fiel al juramento hipocrático, certero en sus diagnósticos, un gran clínico cuando entones la tecnología no había inventado el ultrasonido, tomografía y todos los adelantos de la medicina actual. En aquel entonces se le guardaba una inmensa confianza al médico general porque los especialistas eran muy pocos.

El doctor Palacios Ruiz abarcaba la mayoría de los campos de la medicina: ginecología, obstetricia pediatría, dermatología, etc., y manejaba el bisturí con la pericia de un cirujano, egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de León. Cuando el enfermo necesitaba de un especialista, recomendaba a galenos de la talla de los expertos doctores, César Amador Kühl, Mario Flores Ortiz, Luis Favilli, Humberto Caldera (Calderita), Ignacio Gutiérrez Sacasa, Emilio Álvarez Montalván, y otros que se me escapan con una brillantísima trayectoria en cada una de sus especialidades.

Yo lo recuerdo (y en mi mente pasan las imágenes como una película), muy joven, el día que se graduó de médico y cirujano. Vestía un traje entero de color azul marino, lo miraba con admiración, elegantísimo, muy galán; sonriendo estrechaba las manos de los invitados por sus hermanos y hermanas, mi padre, doctor Dagoberto Palacios, el mayor de la honorable familia Palacios Ruiz, las tías Luisita, Luz Amanda, Paulita, y el tío Roberto, el menor de todos (el Chele Palacios) en la esquina este de la iglesia San Jerónimo.

Jamás olvidaré aquella foto cuando yo tenía seis meses de edad; estoy acostada sobre una mesita y todos me contemplan embobados, fascinados con la sobrinita y él, jovencísimo, me sonríe, mientras me tiene asida con un dedo mío entre los suyos. Foto única que captó aquel instante de los años 40 cuando ellos se habían convertido en tíos por primera vez.

El doctor Luis Santiago Palacios recibió muchas distinciones en su vida: hace un año el Instituto de Masaya, donde enseñó la asignatura de Anatomía, le otorgó un “Pergamino de Honor” por su labor docente durante algunas décadas; también se le nombró “Ciudadano Ilustre de Masaya”, en 1989 y “Ciudadano del Siglo” en el año 2000. En homenaje póstumo, el día de su entierro, por su fama de hombre honesto e insobornable, en los salones de la Alcaldía de Masaya recibió un merecido reconocimiento por haber sido el primer presidente de la Junta de Gobierno de Masaya a raíz de la revolución nicaragüense. El doctor Luis Santiago Palacios, progenitor de una gran familia, será recordado como un ciudadano ejemplar en su Masaya natal.

Descansa en paz, tío Chago, que a pesar de fallecer a los 85 años de edad, te vi en tu féretro aquella sonrisa del tío feliz que aprieta la manito de su primera sobrina que lo atrapó para siempre, gesto perennizado en esa fotografía inolvidable.

La autora es catedrática universitaria.
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