VIERNES 23 DE DICIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 24032 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE






Golpes en la mesa
Daniel Ortega no es Evo Morales

Alberto L. Alemán Aguirre

Incuestionablemente, el triunfo arrollador de Evo Morales en Bolivia es el acontecimiento político del final del año en Latinoamérica. Confirma la tendencia hacia la izquierda del continente y traerá consigo consecuencias importantes.

Un presidente Evo Morales tiene un fuerte poder simbólico, porque es un indígena aymara humilde. Es alguien que vino desde la extrema pobreza, de la marginación a la que están sometidos los aymaras y los quechuas —los habitantes originales de lo que hoy es Bolivia— y gracias a su lucha personal, sus dotes de líder, así como a una buena dosis de astucia y hambre de poder, ha llegado hoy a la cumbre. Nunca antes ha habido un presidente boliviano indio.

Su victoria supone un cambio fundamental en Latinoamérica.

En primer lugar, su gobierno, como ya ha anunciado, legalizará el cultivo de la coca — una tradición cultural antigua de los indios—, lo que contradice las políticas de erradicación del cultivo y contra el narcotráfico de Washington en la región. Promete “cero cocaína, cero narcotráfico”, pero aclara que la hoja de coca “no puede estar en arresto domiciliario”.

En segundo lugar, Morales está supuesto a desarrollar políticas económicas fuera de la ortodoxia neoliberal.

Como en casi toda Latinoamérica —y Bolivia no es una excepción— las políticas resultantes del famoso Consenso de Washington y dictadas por el FMI y el Banco Mundial, han fracasado en reducir significativamente la pobreza, en promover la justicia social y la equidad, como los constatan numerosos informes internacionales.

Hoy, las brechas sociales entre los grupos más ricos y los más pobres son más grandes.

Si bien esas políticas trajeron orden y frenaron la inflación en una América Latina agobiada por la deuda externa de los años 80, eso no basta ya para millones de latinoamericanos. Quieren trabajos que les permitan vivir con dignidad, salud, educación, oportunidades. Para no emigrar.

Estados Unidos, el FMI y el BM deberían reflexionar sobre sus recetas y su efectividad. Bolivia es un nuevo llamado.

Otro aspecto económico clave será la relación del Estado con las grandes transnacionales en cuanto al control de los recursos naturales. Bolivia tiene las segundas reservas de gas de Sudamérica. Aunque descarta expropiar o confiscar, Morales se propone renegociar los contratos, aplicar una ley que sube los impuestos a las petroleras y devolver al Estado un verdadero control del recurso.

Morales tiene ante sí un gran desafío: o sienta un precedente responsable y acuerda una salida mutuamente beneficiosa, o bien sucumbe a las presiones de los grupos radicales que exigen confiscación sin indemnización, lo que supondría recibir millonarias demandas en tribunales arbitrales mundiales.

En lo político, son previsible difíciles relaciones con Estados Unidos, debido a las afinidades políticas de Morales con Hugo Chávez y Fidel Castro. Hasta hoy, hace la impresión de un populista de izquierda. Al menos en teoría, el líder cocalero podría resultar un pragmático al estilo de Lula en Brasil. Está por verse si será un segundo Chávez o un Lula. Difícil ver en él a un Ricardo Lagos de Chile.

Hoy, su peor enemigo no es Washington o el voraz capitalismo mundial, sino más bien los movimientos radicales de cocaleros, mineros y campesinos que tienen poca paciencia y que podrían volver a las calles. Grandes protestas callejeras echaron a dos presidentes en 2003 y 2005. Es a ellos a quienes en buena medida debe el triunfo.

Su victoria alienta seguramente a movimientos y partidos de izquierda continentales, entre ellos , al FSLN.

Morales y Ortega son amigos de Castro y de Chávez. Ambos son críticos duros del neoliberalismo y del “imperialismo yanqui”. Ambos se dicen de izquierda, aunque el FSLN es un partido del establishment en Nicaragua, con altas cuotas de poder y cuyos dirigentes se han vuelto empresarios o se han aficionado a las comodidades burguesas o pequeñoburguesas tan criticadas por el marxismo.

La gran diferencia es que ni Morales ni los sectores de la izquierda que él representa, han gobernado, menos en guerra. La figura de Ortega es altamente negativa: se le asocia a guerra, sufrimiento, escasez, muerte, confrontación con Washington y los vecinos, autoritarismo e intolerancia.

Aunque con una bancada en el actual Parlamento —ahora será la mayoritaria, lo cual, junto a su 54% de votos, le garantizará más legitimidad y apoyo para gobernar a Morales—, no se puede asociar al MAS, el partido del jefe cocalero, con el usufructo de poder al estilo del reparto partidista Alemán-Ortega.

El dirigente indígena pudo genuinamente presentarse con una imagen de cambio ante los electores, pero Ortega hasta la fecha ha fracasado en convencer a la mayoría aquí de que se ha transformado.

Por otro lado, el componente étnico-racial —un triunfo de Morales reivindicando a los indígenas marginados ante la élite criolla tradicional—, no existe para el líder del Frente Sandinista.

Nicaragua no posee la riqueza gasífera de Bolivia y está muy cerca de EE.UU. Además, el DR-Cafta refuerza esos vínculos económicos, y es una especie de preámbulo al estratégico proyecto estadounidense del ALCA.
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