VIERNES 23 DE DICIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 24032 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE






Navidad: un hilo amarrado en el dedo

Las expresiones populares cambian de una generación a otra. Para ayudarnos a recordar cosas, las abuelas y bisabuelas solían decir: “Amarrate un hilo en el dedo para que no se te olvide”. Ni la persona más descuidada del mundo podría olvidar que tiene un hilo amarrado en el dedo. Y aunque lo hiciera, el ardor causado por la presión del hilo sobre su piel después de algún tiempo, lo obligaría a mirarlo y a relacionarlo con lo que tiene que hacer.

Hoy día contamos con medios más sofisticados para poder recordarnos nuestros compromisos. Por ejemplo, existen complicadas agendas electrónicas y otros instrumentos sofisticados que timbran e, incluso, reproducen voces que nos dicen mensajes. Pero lo cierto es que los seres humanos siempre necesitamos de algo que nos ayude a recordar las cosas importantes.

Navidad es, sin lugar a dudas, un hilo alrededor del dedo que trae a nuestra mente un evento único y extraordinario: la encarnación de Dios en un niño que cuando llegara a adulto moriría en una cruz como el Cordero sin mancha que quita el pecado del mundo. Sí. Navidad es la celebración del cumpleaños de Jesús pero también de su obra salvífica. El pesebre y la cruz son dos imágenes que no se deben separar. Navidad nos enseña que el Dios que creó el universo es un ser personal que piensa y actúa y sabe de nuestras miserias y se compadece de ellas y nos ama hasta el sacrificio a pesar de nuestro orgullo y de nuestras pretensiones sociales, económicas o intelectuales.

Navidad es también un hilo amarrado al dedo que nos recuerda que el Hijo de Dios vino al mundo para enseñarnos el camino cierto y verdadero que se opone a la incertidumbre y la confusión moral en que vive una gran parte de la humanidad. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Él constituye una alternativa de vida, una forma distinta de ser y hacer en este mundo.

Al contemplar los graves problemas que afectan a nuestra sociedad, se puede calcular el alto precio que se paga por no vivir de la manera que Jesús manda. La desintegración familiar producida por la infidelidad y el divorcio, la corrupción de los políticos, la violencia juvenil, el imperio de las drogas, el materialismo que confunde el valor intrínseco de la persona humana con la cantidad de bienes materiales que posee, la soledad e inseguridad en que viven tantos individuos son algunos síntomas de una sociedad espiritualmente enferma que se niega a entender y someterse al mensaje del niño del pesebre. Navidad debe ser entonces, un tiempo de meditación, de recogimiento, de cambio. Una oportunidad para que los padres de familia compartan con sus hijos el significado de la encarnación y de la cruz.

Asimismo, Navidad es un hilo amarrado al dedo que nos recuerda que la mayoría no siempre tiene la razón. El evangelio según San Juan dice de Jesús que “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” y que la condenación consiste en esto: “Que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas, pues todo el que hace lo malo detesta la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean puestas al descubierto”.

Jesús fue rechazado por voto mayoritario porque su luz era demasiado intensa y enseñó a la gente la verdad con respecto a su estilo de vida viciado. Por eso, cuando Pilatos lo sacó a la plaza y consultó al pueblo para que escogieran entre él y un delincuente llamado Barrabás, la mayoría escogió a Barrabás. Las enseñanzas de Jesús se hicieron impopulares porque él exigía un compromiso con la verdad, con la justicia y la vida ética y la gente no quiere que le hablen de estas cosas y por eso crucifican a la verdad.

Sin duda que Navidad es un tiempo para alegrarse, para poner el arbolito con sus luces, para hacer comidas especiales, para salir de compras y ofrecer regalos a nuestros amigos y parientes, para acostarse noche y gastar más de lo normal. Pero si reducimos la celebración navideña a sólo estas cosas, erramos el blanco y actuamos como la gran mayoría de europeos hoy día quienes aunque han dejado de creer en Dios, siguen admirando y visitando las catedrales antiguas y asistiendo a misa una vez al año.
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