LUNES 19 DE DICIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 24028 / ACTUALIZADA 12:44 am





EL HUMOR DE






La estela de las remesas

Douglas Carcache
opinion@laprensa.com.ni

Algunos poblados o municipios en América Latina que reciben cada día más remesas familiares desde Estados Unidos u otros países, se están convirtiendo también en receptores de migrantes y sus posibilidades de desarrollo podrían apagarse.

Lo estamos viendo en El Salvador. Buena parte de sus habitantes en la región oriental desprecia los empleos que hay en sus comunidades, porque el dinero que reciben de sus familiares en Estados Unidos es mayor que el salario local.

Esa comodidad que tienen ahora por las remesas, provocó este año nuevas migraciones de nicaragüenses que han llegado a El Salvador a hacer el trabajo que aquéllos no quieren y por un salario inferior al que ganaría un salvadoreño, aunque superior al que les ofrecen en Nicaragua.

Cada vez que las autoridades gubernamentales hablan de remesas familiares, destacan los montos en términos macroeconómicos: 600 u 800 millones de dólares por año, en el caso de Nicaragua, pero pocas veces conocemos los efectos que está provocando ese movimiento de dinero en las comunidades.

El municipio de El Sauce, en el Occidente de Nicaragua, es uno de los que más remesas recibe en el país. Durante el año 2004 entraron allí más de 700 mil dólares, la mayoría enviados por migrantes en Costa Rica.

“Comprar mil dólares aquí no es difícil”, me dijo una pequeña empresaria en el poblado de El Sauce, pero sucede que los agricultores sauceños han dejado de producir, porque quien no se va del país se traslada a la zona urbana, compra una casita y espera la remesa.

En consecuencia, está ocurriendo en Centroamérica y en otros países latinoamericanos que los poblados más dolarizados son los menos desarrollados, porque viven de las remesas y dejan de producir, tal como ha comprobado en varios estudios el antropólogo Jorge Durán, de la Universidad de Guadalajara, México.

La migración hacia Estados Unidos podría disminuir, pero los movimientos migratorios dentro de Centroamérica o dentro de los mismos países continuarían estimulados por el dinero de las remesas, cuyos montos ascienden cada año, tanto en El Salvador como en Nicaragua, por citar dos ejemplos.

Las cadenas migratorias se han vuelto común en países más grandes, como México. Por ejemplo, de un poblado del norte mexicano, llamado Aranda, la gente se va a trabajar a Estados Unidos; por lo que los indígenas de Chiapas van a trabajar a Aranda, donde ganan mejor que en Chiapas.

Es lo que sucede en Santa Rosa de Lima, poblado del departamento salvadoreño de La Unión, donde el 45 por ciento de los hogares se mantienen con las remesas; y donde los inmigrantes nicaragüenses hacen las labores agrícolas por menos de 155 dólares al mes, que es el salario mínimo en ese país.

Es obvio que las remesas dan bienestar a las familias que las reciben y reducen un poco la pobreza. Lo dudoso es que propicien desarrollo, si el uso principal de este dinero es el consumo, de alimentos y otros bienes; porque en vez de promover el crecimiento productivo, crea inercia en este campo. Además, la migración ocasiona fuga de cerebros y ciertos poblados envejecen, si los jóvenes se van.
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