Nicolás Constantinidis: el clásico
Joaquín Absalón Pastora
Europa acaba de premiar a Nicolás Constantinidis con pergaminos acústicos en los salones teatrales de sus civilizaciones latinas: Francia, España, Italia, Rumania y el resto de amasijos cultos injustamente eludidos por el desdeño. Sonaron las palmas en varios de los proscenios del viejo continente en el “bis” vindicativo de la entrega casi absoluta del ejecutante sin luz en los ojos, a la difusión de la música de los compositores clásicos de América Latina dentro de los cuales florecen para situar dos ejemplos resonantes, Alberto Ginestera (1916-1983), de Argentina y Hector Villalobos (1887-1959), del Brasil, nombres fácilmente situados en el álbum del conocimiento instantáneo. Una de las razones por las cuales adviene a la memoria es porque lo tuvimos dos veces de concertista en el primer escenario del Teatro Nacional Rubén Darío (mayo de 1976) en el mismo piano de lustrosa cola en cuyo asiento se sentaron Felipe Entremont, Jorge Demus, Paul Badura Skoda y tantas otras eminencias del concertino en la aparente soledad.
Cuando lo vimos se nos vino a la cabeza el recuerdo de sus dos conciertos, ocasiones en las cuales como muchas de su vida y de ahí surgió la gratificación, hizo reiteración de los clásicos pianísticos de ayer y de hoy pero situándose con mayor énfasis en Ginestera, quien dejó de ser latinoamericano para ocupar una nacionalidad más posesiva: es de todos. Uno de los temas que tocó hizo honor a la música ecléctica insertada con los aires refrescantes del siglo veinte a través de sus variaciones concertantes sin dejar a un lado el espíritu musical de Argentina.
Nicolás Constantinidis será siempre una atracción de la experiencia científica, especialista en Ginestera como France Clidat en Erick Satie y Vladimir Horowitz en Federico Chopin. Tal altura concede la grandeza de su arbusto en la naturaleza del preciosismo en el cual debe estar siempre presente Hector Villalobos el mismo que también fue homenajeado por Constantinidis, quien parido sobre las aguas de Río de Janeiro, recopiló y estudió la música folclórica brasileña, autor de las piezas para piano (rudepoema) de las que consagrados de todas las nacionalidades han dejado amada y reiterada constancia, de sus “choros” y de sus “bachianas brasileiras” que oímos en Nicaragua en los conciertos felizmente realizados. En el caso de Ginestera no mostró el acento aldeano o porteño sino que estaba siendo expuesta la habilidad universal de las variaciones del compositor. Cuánto de justo tiene recordar a los artistas internacionales que tienen en su agenda con hermosas mayúsculas el repertorio americano en uno de los cuales fue arpegista de George Gershwin, en ocasión de la celebración del bicentenario de la independencia de esa suma federal. Fue de “una sola cara”. Valoramos su vibración privilegiada y la ausencia de luz en los ojos, una especie de tenebrura divina compensada por el milagro de sus manos y la reposición puesta en la facultad auditiva. Toca con una seguridad increíble, se pasea con el apoyo de la lámpara que no deja en la orfandad a los privilegiados a pesar de las sombras, no revelando el más pequeño tormento, paseando con sentido automático como si fuese a prisa o quisiera demostrar que el sentido ausente carece de importancia. No sugiere las lástimas sino la admiración.
Con Constantinidis conversamos en fluido español, hablador torrencial de varios idiomas y dialectos, consecuencias de su peregrinaje por el mundo. Con bastón o sin bastón, con silla de ruedas o sin silla, con vida o sin vida, vaya el humilde laurel de nuestra parte y el que acaba de encenderse en la ilustre fisonomía de su virtuosismo demostrado en los mejores escenarios de la bolita globalizada. 
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