JUEVES 15 DE DICIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 24024 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE






La “fuerza” de los caudillos

Según la última encuesta de CID/Gallup, cuyos principales datos se publicaron en LA PRENSA de ayer miércoles 14 de diciembre, la honestidad es la principal cualidad que según la mayoría de los nicaragüenses debe tener un candidato a la Presidencia de la República. O sea que los caudillos de los partidos políticos no califican en la preferencia mayoritaria de los ciudadanos.

“La idea del ‘hombre’ es una figura que ya no parece tener importancia al ubicarse en último lugar de las cualidades requeridas”, se dice en el enfoque de la encuesta. “Un líder fuerte, que durante mucho tiempo tuvo una gran importancia, ha cedido para dar paso a un líder honesto, preocupado por los demás y que ayuda a los más necesitados”.

Al respecto cabe recordar que cuando, a principios de octubre pasado, vino a Nicaragua el Subsecretario de Estado norteamericano para Asuntos del Hemisferio Occidental, Robert Zoellick, un periodista le preguntó cómo explicaba que, según él —Zoellick— Daniel Ortega y Arnoldo Alemán son obsoletos y deben salirse del escenario político, pero sus partidos FSLN y PLC arrasaron con más del noventa por ciento de los votos en las elecciones municipales celebradas apenas en noviembre del año pasado. El funcionario norteamericano no atinó a dar una respuesta clara y convincente.

Pero por supuesto que hay una explicación. Es cierto, como dice la encuesta de CID/Gallup, que los caudillos son obsoletos y repudiados por la mayoría de los ciudadanos. Pero siguen dominando la escena política nacional y sus dos partidos ejercen hasta ahora la hegemonía electoral, porque su fuerza no radica en el respaldo de la población, sino que se basa en poderosas y bien experimentadas maquinarias partidistas, en el aprovechamiento de las instituciones y los recursos del Estado y el manejo de millonarias sumas de dinero y fuentes externas de financiamiento de sus campañas electorales y actividades permanentes. Además, la hegemonía perversa de los caudillos sigue causando daño a la sociedad, porque los ciudadanos todavía no se han decidido a mandarlos al basurero de la historia, por medio del acto electoral que es como corresponde hacerlo en un sistema democrático.

En realidad, no es a los ciudadanos a quienes los caudillos les han sorbido el seso. Son los miembros de las nomenclaturas partidistas los que se arroban al escuchar las palabras y ver la imagen de su líder, aunque sea por medio del vídeo, como se apreció en las patéticas imágenes transmitidas por televisión desde la convención del PLC celebrada en Managua hace un par de semanas.

Ahora bien, las razones por las cuales las maquinarias partidistas se mantienen fieles a su líder son diversas, van desde de la alienación hasta el sentido de lealtad porque gracias al caudillo pudieron salir de pobres o multiplicaron sus fortunas; y además hay un espíritu de solidaridad entre cómplices , pues la defensa del caudillo es clave de la protección personal.

Se conoce que la política democrática se construye por medio de una combinación compleja —que no siempre se resuelve positivamente—, de liderazgos personales fuertes y ciudadanías conscientes y participativas. Sin santo —líder— no hay procesión, dicen habitualmente los analistas políticos; lo cual es cierto, pero también es verdad que sin respaldo de multitudes tampoco hay procesión ni “santo”.

Sin embargo, hay líderes y líderes. Es decir, hay políticos que aprovechan sus cualidades naturales de liderazgo para tomar el poder con fines corruptos, para proyectarse como indispensables y rodearse de incondicionales que les ayudan a controlar a las masas y a ejercer el poder en forma autoritaria y autocrática. Así como también hay líderes de arraigadas y sólidas convicciones democráticas, que usan su liderazgo para resolver los problemas sociales y para educar cívica y políticamente a la ciudadanía, líderes que no se aferran al poder público y lo abandonan cuando han cumplido su mandato popular — aunque sigan ejerciendo liderazgo sobre sus comunidades políticas—, y facilitan el ejercicio de la soberanía popular en vez de robarse el cetro y el tesoro del soberano, que es el conjunto de ciudadanos al que comúnmente se le llama pueblo.

Líderes de esa talla es que los ciudadanos nicaragüenses están esperando que aparezcan, para votar por ellos, según la encuesta de CID/Gallup. Y por el bien de Nicaragua, ojalá que aparecieran.
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