Aerofumigación en picada
Carol Munguía CORRESPONSAL / CHINANDEGA economia@laprensa.com.ni
Serias dificultades enfrenta la aerofumigación en Chinandega, según coinciden los empresarios. Pocos rubros agrícolas utilizan esta costosa operación para combatir las plagas, ya que según los productores aumenta sus costos de producción.
Luis Paniagua, gerente de la Compañía de Fumigación de Chinandega, dijo que se puede subsistir de la actividad.
En operación se contabilizan tres aeronaves de la marca americana Trush Commander, con motores polacos, que laboran aplicando nematicidas en las bananeras y en un corto período de septiembre a noviembre realizan aplicaciones a la caña de azúcar, maní, soya y granos básicos.
“Es un trabajo para sobrevivir”, dijo Paniagua, quien estimó que de aquellos años del auge algodonero sólo un diez por ciento del personal labora para la aerofumigación.
Por los altos niveles de contaminación en la pista El Picacho, la de mayor importancia en el departamento, el Ministerio de Salud (Minsa) prohibió desde los años noventa manipular insecticida y ahora en tales instalaciones sólo se realizan labores para mantenimiento, despegues y aterrizajes de la flota aérea.
Es en la pista El Bálsamo, 15 kilómetros al noroeste de Chinandega, que se efectúa la labor de cargar tres aeronaves disponibles y un helicóptero que le da servicio a dos ingenios azucareros.
EL AUGE DE LOS AÑOS SETENTA
El desarrollo en la aerofumigación local alcanzó gran auge en la década del setenta, pero se “esfumó” con el ocaso del algodón y sólo quedó una interesante referencia.
El empresario y ex aerofumigador, Manuel Cano Sarria, aseguró que la pista El Picacho data de los años cincuenta. “Estaban los aviones Piper Belitank conocidos como los aviones de trapo”, recordó.
Sucesivamente en los años sesenta llegaron los Piper Pony que cargaban 80 galones de insecticida.
El técnico aviador Ramiro Álvarez recordó que la pista ubicada en el sector norte de la ciudad era para pequeños aeroplanos, fue construida a principios de la década del cincuenta con zacate de gallina, lo apropiado en su época para el deslizamiento aéreo. Para entonces se contrataba a aviadores norteamericanos.
“Con el boom algodonero no había capacidad y la flota fue sustituida por los Trush Commander en 1974, con capacidad de 400 galones y motor de 600 caballos, y requerían una buena pista de aterrizaje”, indicó.
El piloto de helicópteros Francisco Gavarrete dijo con nostalgia que la época dorada es la del setenta, cuando se contabilizaban un centenar de aeronaves y 20 helicópteros fumigaban los plantíos de algodón en el departamento, con salidas del aeropuerto El Picacho cada cinco minutos.
ACCIDENTES Y HAZAÑAS
En Chinandega se recuerdan varios accidentes aéreos, especialmente el de Napoleón Ubilla, quien cayó en las inmediaciones de Jiquilillo, y sus restos fueron encontrados con severas quemaduras.
En el aniversario del fatal evento la flota de aviones le rendía tributo en el cementerio municipal.
En la temporada algodonera alrededor de 600 personas laboraban en la actividad de la aerofumigación.
Sólo un avión requería del piloto, un mecánico categoría A, dos B y tres de la C. También había oficinistas, cargadores, ayudantes y conductores, refiere Manuel Cano Sarria.
El ahora Vicealcalde de Chinandega, Isaac Travers, pilotó 15 años sobre los algodonales de Chinandega y experimentó accidentes que, dice, gracias a Dios supo manejar.
La industria de la aerofumigación también ha decaído, en parte, por el cultivo de otros rubros que no necesitan tales servicios, ya sea porque las plagas se combaten a través de otros métodos, porque son cultivos resistentes, o bien porque también ha ganado terreno la aplicación de métodos del manejo integrado de plagas.
Esto se combina con adecuadas labores culturales al cultivo, incluida la limpieza, lo que impide en cierta forma que se desarrollen plagas que puedan poner en peligro el desarrollo de las plantas y la posterior recolección de la cosecha.
PLANES ALGODONEROS
Algunas entidades del Gobierno como el Ministerio Agropecuario y Forestal (Magfor) buscan “revivir” el cultivo del algodón, pero pensando en un desarrollo sostenible para no contaminar el ambiente con plaguicidas.

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