Reportaje especial
Sueños entre el albañal
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En ese mundo gris se tejen historias dramáticas de vida y muerte: niños con plomo en la sangre, jóvenes aplastados bajo camiones de basura, miseria, prostitución infantil, drogas y violencia criminal. Entre la podredumbre moral y el tufo de la escoria está Meraris y su dulce sueño de salir de ese infierno |
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José Adán Silva nacionales@laprensa.com.ni
Ha tenido mucha suerte a sus 14 años: no mamó su primer biberón entre la fetidez de la basura y entró a “trabajar” muy tarde, a los 8. Cosa rara en este ambiente agrio y pútrido donde los niños, si no nacen entre los cerros de bazofias, juegan y corretean entre los desechos hasta alcanzar una edad en que pelearán contra zopilotes, perros y vacas por un pedazo de pan, o llegarán a la sangre contra el rival de turno, por un trozo de metal o vidrio.
Se llama Meraris y tiene un gran sueño: ser alguien en la vida y salir del basurero. Ahora mismo lo más importante para ella es ayudar a su familia, cuidar de sus hermanas menores, mejorar la maldita clase de ciencias sociales que la tiene histérica y, si acaso se puede, comprar un disco con lo mejor de la música reggaetón, porque después de una paliza de ocho horas o más entre la selva de basura, bailar es un derecho que ella reclama como mínima compensación por el esfuerzo del día.
Meraris Elizabeth Rivera Hernández, 14 años, estudiante de primer año en el colegio Rubén Darío. Morena, de rasgos indígenas y sonrisa fácil; se muestra tímida al comienzo de la charla, pero cambia a expresiva cuando reconozco la existencia del ritmo reggaetón y comparto que Daddy Yankee canta mejor que Don Omar.
Ella no vive directamente en el basurero La Chureca, sino en el barrio Acahualinca, a unas cuadras del mayor vertedero de cielo abierto del país; pero llega diario, junto a su padre, a buscar material reciclable en los cerros de desperdicio.
Tiene ya su propia vara para escarbar, sabe qué material es de valor y cuál es basura y sabe —porque lo ha visto con sus propios ojos— cuándo es momento de pelear y cuándo es mejor retirarse.
Llega a las ocho de la mañana al basurero, y si el día está bueno, se irá a las seis de la tarde. Vidrio, metal, cuero, ropas y papel, le dejarán al final del día entre 50 y 70 córdobas. Con eso, más los otros 100 que su padre obtendrá al final de la jornada, se alimentarán los que quedan en casa: su hermana Ruth, de 12 años; Karen, de 11 y la tierna, de 6 años; todas bajo el cuido de su madre.
“Si me sobra algo, me compro alguna cosita que me guste y dejo algo para comer en la escuela”, dice ella y recuerda entonces que el próximo sábado tendrá que enfrentar un examen de Ciencias Sociales que la tiene al borde de la histeria.
HERIDAS PROFUNDAS
Decir que ella puede ganar hasta 70 córdobas en un día se oye algo tan fácil para quienes no conocen sus manos y la planta de sus pies: son verdaderos mapas de cicatrices, que guardan el recuerdo de la carne que cedió un tajo ante el filo de un vidrio o la punta de un metal y no porque ande descalza.
Meraris usa chinelas de goma y tiene zapatos de cuero, pero muchas veces el vidrio es más fuerte que las suelas de sus calzados.
“Hay vidrios que no nos fijamos y los picos de botella lo traspasan, eso es a cada rato y duele”, cuenta la niña que prefiere el dolor de un vidrio en su carne que una aguja en sus huesos, pues a inicios de este año vivió lo que para ella ha sido lo peor de su vida: la aguja de una jeringa se le incrustó en su pie derecho y le tocó un hueso.
Pasó postrada un mes en su casa y se curó más por las ganas de vivir que por el remedio que le prodigaron sus padres: enjuagues de hierbas y plasmas de jabón y agua tibia.
Ya otras veces se ha enfermado de la garganta y el estómago por el humo y el polvo que emana a diario de la basura y sus padres han tenido que darle pastillas porque al hospital nunca van: “Mi papa dice que en los hospitales nunca nos atienden a los pobres, por eso no vamos”.
Hace muchas lunas que se le extinguió el asco por los olores y ahora no se inmuta ante la inmundicia: “Los tufos más feos son los de los hospitales”, dice Meraris. “Antes me le corría a los malos olores, pero ahora ya no porque ahí pueden venir buenas cosas”.
CONTAMINANTES
Eddy Pérez, promotor del organismo no gubernamental Dos Generaciones, comenta que las enfermedades entre las personas que trabajan en La Chureca son cosas comunes: “De pronto se nos enferman y se mueren rápido. Cuando llegamos al hospital nos dicen que ya era demasiado tarde, pero si vos los ves antes de morirse se ven tan sanos, que nadie creería que tienen una enfermedad”, comenta.
Pérez pertenece a esta organización que desde 1992 trabaja directamente con los niños de ese basurero para orientarles y ayudarles a salir. La tarea no es fácil y de diez niños a quienes ellos ayudan para sacarlos de ese mundo, al menos cinco regresan a vivir y trabajar al botadero donde cada día unas 2,000 personas, la mitad de ellas menores de 18 años y de éstas al menos 500 con menos de 15, se parten la vida entre el metal y el vidrio en busca de algo con que enfrentar la vida.
Y precisamente, en busca de esa vida han ocurrido las tragedias. Más del 30 por ciento de los niños que viven y trabajan en el basurero, padece altos niveles de plomo, mercurio y DDT en la sangre, por exposición a la basura y al consumo de pescado del Lago de Managua, reveló el año pasado un estudio que realizó la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-Managua.
La investigación, realizada a 240 niños y niñas, arrojó que altas concentraciones de mercurio, hasta dos veces mayor que en quienes viven en ambientes saludables e higiénicos, corren por las venas de los niños recolectores de basura.
EL ANCIANO BOTADO
En La Chureca cada año se encuentran al menos cinco cadáveres de personas apuñaladas, ahogadas, baleadas o simplemente abandonadas. Algunas personas se logran identificar y regresar a sus deudos; otras son quemadas en el lugar o trasladadas a un osario público.
Pero no sólo cadáveres se mandan a botar en el lugar donde Meraris busca su alimento. Hace dos años los recolectores encontraron a un anciano vivo, que alguien mandó a botar de noche.
En enero del 2004, Miriam Aguirre Velásquez, una recolectora de metales, encontró en un lienzo rojo el cuerpo aún tibio de una bebé recién nacida a la que abandonaron con todo y cordón umbilical.
En junio del 2003, Douglas Rafael Borda Bermúdez, de 19 años, murió bajo las llantas de un camión recolector de basura. Intentó sacar debajo del camión una lata y el chofer no lo vio al momento de arrancar la máquina.
En el 2002, dos personas murieron al encontrar artefactos explosivos que quisieron desarmar para vender el metal.
El 8 de diciembre del mismo año pasado, tres niños, hermanos todos, murieron envenenados al comer unos dulces contaminados con pesticidas. Daniel Ezequiel, José Alberto y Moisés Rubén Orozco Rodríguez, de 6, 4 y 3 años, murieron al comer los caramelos encontrados en un juguete plástico.
Ellos habitaban en La Chureca con sus padres quienes, para huir de la tragedia, abandonaron para siempre el vertedero y nunca más se supo de ellos.
DESEO DE SALIR
Hace dos años, la Policía Nacional identificaba al menos 45 expendios de drogas en los alrededores del vertedero. Las drogas, el licor y la prostitución, están poblados en este submundo donde a diario ocurren riñas que dejan sangre sobre la basura, cuando dos o más recolectores reclaman para sí algún objeto de valor reciclable. “Hasta se puñalean, yo mejor me aparto”, cuenta Meraris.
Ella asegura que quiere salir de ahí, tener una casa bonita y vivir bien para comprar un equipo de sonido y escuchar las canciones de Daddy Yankee.
“Algún día no voy a trabajar ahí y voy a ser alguien. Ahorita no sé, tal vez adelante, la verdad no se me ha venido, yo quiero ser alguien, pero ya vamos a ver qué puedo ser”, dice, sonríe y se pone de pie, como dando por terminada la entrevista.
Megabasurero La Chureca
La Chureca es el mayor basurero municipal a cielo abierto que existe en el país. Se fundó en 1975 al Occidente de Managua, entre el barrio Acahualinca y las costas del lago de Managua.
Desde entonces recibe los desechos de toda Managua y ha venido creciendo hasta ocupar 50 hectáreas y subir 20 metros sobre su nivel natural.
Cerca de 147 familias se asentaron en un costado del basurero y levantaron un barrio con casas de cartón, ripios de madera, pedazos de lata y materiales reciclables extraídos de la basura, donde viven al menos 930 personas.
Según datos del Centro Dos Generaciones, cerca de 1,900 personas se vinculan diariamente al trabajo en el basurero, ya sea recolectando desechos, vendiendo comida y comprando materiales como metales y vidrios.
En mayo del 2004 el Centro Nicaragüense de Promoción de la Juventud y la Infancia Dos Generaciones, instaló un censo comunitario en Acahualinca y La Chureca. Cifras que maneja el centro revelan que unos mil niños, niñas y adolescentes menores de 17 años viven y laboran en ese lugar.
El 71 por ciento de este total estudia regularmente en la escuela y un 29 por ciento de ellos está fuera del sistema escolar. Un 25 por ciento trabaja solamente o combina el trabajo con el estudio. El tipo de trabajo se circunscribe en: recolectar materiales reciclables (19%), clasificar, lavar y limpiar material reciclable (36%), realizar trabajo doméstico (27%), vender productos (8%) y realizar otras actividades (10%). (José Adán Silva)

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