Mi nacimiento
Carlos Garzón Bellanger
En el año 1943, cerca de la Navidad, la Segunda Guerra Mundial estaba en lo fino, la humanidad vivía horrorizada. Al otro lado del mundo, en la Libertad Chontales, todo era paz. La actividad minera estaba en su apogeo, muchos extranjeros expertos en minas de oro llagaron buscando fortuna.
Doña Migdalia —mi madre—, tierna señora, de origen Alemán, tez blanca, cabello rubio, cara fina perfilada, de ojos claros, vivos, inteligentes, cuerpo de venus, muy trabajadora, honrada, emprendedora, “mota” de padre y madre desde los trece años, pero con gran espíritu de lucha.
En ese pueblo los hornos para hornear el pan son hechos con ladrillos de barro refractarios, combinados con tierra caliza en forma de media naranja, con dos ventanas, para aumentar o bajar el calor, según el tipo de horneado. Ahí se producen cosa de horno, es pan casero a base de maíz nesquizado, después molido formando una masa, agregando queso o dulce de rapadura obtenido de la caña de azúcar.
La Migdalita después de hornear las rosquillas, las empanadas y las hojaldras, forma dos grupos y los guarda en dos paniquines como zurrones, y dice: “uno para la comida y el otro para venderlo, y así mato dos pájaros con una piedra: vendo y como, para volver a comer y vender”.
En ese momento le da el primer dolor de parto, luego se dispone a barrer el horno con monte de escoba lisa, con una pala recoge las brasas para apagarlas en un caldero lleno de agua, evitando un incendio. Continúan los dolores; en la medida que avanzan, su rostro se transforma en agradable sonrisa, esperando con ansiedad y alegría el nacimiento de un nuevo hijo. Los dolores son mas seguidos, llama a su marido: “¡Toño, Toño, corré y mandá a traer a la Mama Chilo, el tierno está por venir! Son las 10 de la noche del 24 de diciembre de 1943, el cipote pegaba sus primeros gritos respirando por cuenta propia.
Tomado de su autobiografía inédita. 
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