Narrativa
Propuesta
 |
|
|
Breve panorama de la ciudad de León. |
| |
Omar Elvir
Yo no lo maté doctor, de veras, sé que va a ser difícil probarlo en el juicio, pero aunque parezca mentira, ¡yo no fui! Le voy a contar todo, a ver cómo armamos mi defensa... nadie me va a creer... tal vez ni usted... pero eso fue lo que pasó... o al menos lo que yo supe.
“Salinas llegó a mi casa, yo lo invité, quería hablar con él sobre algunos negocios: proponerle una sociedad. Es cierto; sólo estábamos él y yo (el resto de mi familia estaba en Poneloya). Nos acomodamos en la sala. Tomamos, no mucho. Discutimos mi propuesta, él aceptó, empezamos a hacer cálculos y proyectos para el negocio, fue cosa como de hora y media. Hasta que Salinas tuvo ganas de orinar. Le indiqué dónde estaba el baño y me quedé esperándolo en la sala; pasaron como cinco minutos. Salinas no volvía. Oí un ruido, una especie de gemido, fui a ver... si le pasaba algo.
“La puerta del baño estaba abierta, vi a Salinas desfalleciente, con un desatornillador clavado en el cuello. Intenté auxiliarlo. Llamé a la ambulancia. El baño no tenía ventanas y su único acceso era el que usó Salinas. Para que alguien entrara, tenía forzosamente que pasar por donde yo estaba. ¿Qué le parece doctor? Está jodido esto ¿verdad?”
Frustración
Ahí estaba; en el suelo, rodeado por el estupor de sus contertulios quienes confundidos por lo rápido que pasó todo, no sabían qué hacer.
—Denle aire... Ifigenio ¿me oís?.. no respira... llevémoslo al hospital.
La rápida sucesión de eventos captó la atención de los parroquianos de las otras mesas. Ese ya no era Ifigenio; sólo su cadáver; un pedazo de carne inerte, tibio aún, pero inerte. Una mano sobre el pecho, la otra en dirección a una botella que yacía cercana al cuerpo. En el rostro una mueca indescifrable, tal vez sorpresa, rabia o dolor. Su corazón no latía; hacía un momento trabajaba muy rápido bombeando sangre a todos los rincones del organismo: a los pulmones donde se mantenía la violenta respiración; al cerebro cuya facultad de raciocinio estaba temporal y convenientemente bloqueada para —de forma inconsciente, claro— dar rienda suelta a los impulsos e instintos primarios, necesarios para una pelea.
No sólo sangre bombeó el corazón de Ifigenio; también la cólera lo recorrió de pies a cabeza. Cólera que lo llevó a levantarse de forma abrupta de la mesa de tragos —dispuesto a todo, blandiendo amenazante una botella vacía— mientras la parte racional de su cerebro era bloqueada, su rostro se endurecía y la temperatura corporal aumentaba a tal punto que todo él parecía arder.
Cólera causada directamente por la colección de imágenes vergonzosas y humillantes que atravesó como un rayo su mente, luego de que sus oídos recibieran la fatídica revelación: “Ayer me cogí a tu mujer...”
Pero el corazón se detuvo, la cólera, la rabia y el desconcierto se asociaron para la bofetada final.
Se detuvo y cortó de un tajo la reacción vengadora y justiciera de Ifigenio.
Omar Elvir (León, 1982). Fundador de la Revista Agujero, en el 2002-2003. Egresado de la carrera de derecho en la Unan-León. 
|