JUEVES 25 DE AGOSTO DEL 2005 / EDICION No. 23912 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




El crimen político

Un gran revuelo causó la declaración del predicador evangélico estadounidense, Pat Robertson, acerca de que el gobierno de Estados Unidos debería mandar a asesinar al dictador pro castrista de Venezuela, coronel Hugo Chávez, antes que se tenga que enfrascar en otro conflicto como el de Irak que le costaría miles de millones de dólares.

La sorprendente declaración de Robertson fue particularmente impactante, porque nadie espera que alguien que hace ostentación de fe cristiana y que inclusive se dedica profesionalmente a predicar el cristianismo, pida o justifique el asesinato de otra persona.

Es cierto que en el Antiguo Testamento se encuentran expresiones como: “Si alguno se ensoberbeciere contra su prójimo y lo matare con alevosía, de mi altar lo quitarás para que muera” (Éxodo 21:14). Pero eso se refiere a un acto específico de hacer justicia —no de tomar represalia contra nadie— mediante la pena de muerte, según las costumbres de las antiguas tribus semíticas. Y eso es un obsoleto principio de justicia basado en la llamada ley del Talión (“vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”. Éxodo 21:23, 24 y 25).

En el mismo Antiguo Testamento quedó absolutamente claro que el respeto incondicional a la vida humana es parte de la esencia de la doctrina religiosa judeo-cristiana. Y además condena el asesinato de manera expresa e inequívoca: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:10), dijo Dios a Caín después de que éste asesinó a su hermano Abel. “No matarás” (Éxodo 20:13), se expresa imperativamente en uno de los Diez Mandamientos que Dios transmitió a la humanidad por medio de Moisés.

Por su parte, Jesús de Nazareth, el padre fundador del cristianismo, recordó en su grandioso Sermón de la Montaña (en el que reelaboró los Diez Mandamientos del Antiguo Testamento): “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio” (Mateo 5:21).

El cristianismo es tan consecuente con el respeto a la vida y el rechazo a la cultura de la muerte, que la Iglesia Católica y casi todas las denominaciones evangélicas defienden inclusive el derecho a la existencia del niño que todavía no ha nacido pero ya fue concebido, rechazan la pena de muerte aún en los casos de los crímenes más horrendos , y condenan el suicidio según el criterio de que nadie puede poner fin a la vida ajena ni a la propia.

Resulta inadmisible, pues, que un predicador cristiano le pida a su gobierno —cualquiera que este sea— que asesine a alguna persona, sea de su propio país o de otro, gobernante o ciudadano común y corriente.

El asesinato político se ha usado desde los comienzos de la historia. Algunos de los asesinatos políticos más célebres han sido los de Julio César, Thomas Becket, Jean Marat, Abraham Lincoln, Rasputín, León Trostky, Mahatma Gandhi, los hermanos Kennedy, Olof Palme e Isac Rabin. Pero eso no significa que se deba justificar el asesinato político, y mucho menos incitar a que se ejecute. Y aunque el predicador estadounidense Pat Robertson no tenga ninguna responsabilidad en el gobierno de Estados Unidos, es una personalidad muy influyente en su país y sus expresiones tienen trascendencia incluso internacional.

En este caso lo inaceptable es la hipocresía de quienes se rasgan las vestiduras y claman contra el predicador gringo Pat Robertson, porque éste pide el asesinato del dictador izquierdista venezolano, pero ellos han practicado el asesinato como estrategia política y asesinaron con premeditación criminal a seres humanos como Anastasio Somoza D., en Asunción del Paraguay; a José Benito Bravo, en Honduras; a Jorge Salazar, en El Crucero de Managua; a Enrique Bermúdez, en la ciudad de Managua; a Arges Sequeira Mangas, en León; a Narciso Zepeda, en Chinandega y Carlos José Guadamuz, en Managua, etc.

Las personas, inclusive las que se dedican a la política —de izquierda, derecha o de centro— tienen la obligación de ser coherentes. Y por lo tanto deben reconocer que la vida humana es sagrada e inviolable, quien quiera que sea la persona: Hugo Chávez o Anastasio Somoza; Enrique Bermúdez o monseñor Oscar Romero. De modo que quien mata o manda a matar a alguien porque es su enemigo político, es tan criminal y despreciable como cualquier otro asesino.
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