SáBADO 20 DE AGOSTO DEL 2005 / EDICION No. 23907 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




El libre comercio

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Federico Cuadra Román

¿Sería comercialmente lógico que Managua prohibiera a sus residentes adquirir bienes más baratos y de mejor calidad producidos en Nueva Segovia y viceversa, alegando que sus costos de producción son diferentes y, por tanto, para permitir que sus respectivos habitantes puedan adquirir los bienes más baratos producidos en el otro departamento, sería necesario primero “homologar” las escalas salariales y corregir las desigualdades (“asimetrías”) en los costos de producción entre ambos departamentos? Además, para asegurar que los productores con desventajas competitivas en ambos departamentos tengan el tiempo suficiente para “prepararse” para el libre comercio, ¿habría que establecer cuotas y desgravaciones progresivas de manera que los consumidores de ambos departamentos no puedan acceder de inmediato a los bienes más baratos y de mejor calidad, sino que los obliguen a comprar bienes más caros y de menor calidad hasta que los productores ineficientes de esos bienes ya estén listos para competir en igualdad de condiciones, lo cual, muy probablemente, nunca ocurrirá?

Cualquier habitante de Managua y Nueva Segovia consideraría disparatado tal razonamiento. Sin embargo, a grandes rasgos ese es el razonamiento utilizado en los tratados de libre comercio, especialmente por los populistas del FSLN que cínicamente azuzan, sin fundamentos reales, el temor de los productores del campo a ser desplazados ante la invasión de productos “gringos” más baratos que los obligarán a abandonar sus labores como campesinos y “tener que trabajar” en nuevas empresas controladas por “extranjeros” que los tratarán como esclavos, cuando , en realidad, lo que sucederá es que, por fin, los campesinos tendrán la oportunidad de salir del yugo de un trabajo propio de bestias de carga que apenas les da para el autoconsumo y que los mantiene en condiciones de vida infrahumanas, pudiendo por primera vez en su vida acceder a trabajos dignos en actividades que sí compiten en un mundo globalizado.

¿Cambiaría la lógica comercial si en vez de Managua y Nueva Segovia se tratara de El Salvador y Guatemala o Estados Unidos y Nicaragua? Si continuamos cambiando los nombres de los participantes en las transacciones comerciales concluiríamos que, en última instancia, la lógica del intercambio comercial no está en función de países, departamentos, ciudades o empresas sino de individuos. Al final de cuentas, son los individuos los que producen y consumen bienes y la transacción comercial no es más que un intercambio de bienes entre individuos productores y consumidores. Cada individuo es a la vez productor y consumidor de bienes. Para que un individuo pueda consumir bienes que no tiene, primero tiene que producir bienes que pueda cambiar por los que no tiene, esa es la razón de ser del comercio.

Los bienes que cada individuo produce constituyen su propiedad. El uso que haga de su propiedad sólo él lo puede decidir, es su derecho. Sólo el individuo sabe qué es lo que quiere a la hora de cambiar sus bienes por otros. Nadie puede ni debe intervenir en la decisión que el individuo haga del uso que quiera darle a su propiedad. Por eso el respeto a la propiedad es el respeto a la libertad. El libre comercio no es más que el respeto a la libertad del individuo de intercambiar los bienes que produce por los bienes que necesita. Cualquier restricción al libre comercio es una restricción a la libertad del individuo, a su derecho a decidir qué hacer con su propiedad. Precisamente, el objetivo final del libre comercio internacional debería ser que este derecho fundamental del individuo no esté restringido por fronteras geopolíticas.

Detrás de cada transacción comercial, libremente concertada, hay individuos que deciden que lo que obtienen vale más de lo que dan, en términos de la necesidad que tienen del bien que están adquiriendo y del bien que están cediendo. Consecuentemente, el libre comercio implica, necesariamente, un enriquecimiento de todos los individuos participantes. La suma de las decisiones soberanas que los individuos toman constantemente en el proceso de intercambiar libremente sus bienes constituye el mercado. Por tanto, en la medida que se respete el libre comercio, el mercado constituye la expresión colectiva de la soberanía del individuo. Es en el mercado donde se manifiesta la voluntad colectiva, donde diariamente se decide qué es lo que la sociedad quiere, siempre y cuando se cumpla la condición del libre comercio. Por eso se afirma que la libertad y el mercado nacen, crecen, padecen y mueren juntos. Donde no hay libertad no hay mercado.

¿Deben las leyes dictar cómo debe funcionar el mercado? O, más bien, ¿deben las leyes limitarse a garantizar que se respetan las transacciones libremente concertadas por los ciudadanos en el mercado? ¿Creen ustedes que un grupo de burócratas están mejor capacitados para decidir lo que más nos conviene que la sabiduría colectiva expresada en las miles de millones de interacciones individuales que conforman el mercado? ¿Creen que es al Estado a quien le corresponde planificar la economía del país, interviniendo para ajustar los “errores” de la naturaleza egoísta del individuo? ¿Creen siquiera que tal pretensión sea posible? Ante los resultados históricos, me inclino a pensar que quienes así creen, los socialistas populistas, han caído en la “fatal arrogancia” descrita por el premio Nobel de economía, Friedrich A. Hayek.

En mi opinión, la función del Estado debe limitarse a promover el libre funcionamiento del mercado interviniendo únicamente para garantizar el cumplimiento de las leyes que protegen la propiedad privada y las libertades del individuo. Sólo así lograremos el progreso material y espiritual que todos anhelamos. Dios mediante, espero tener la oportunidad de profundizar en la defensa de estas ideas en subsecuentes artículos.

El autor es abogado.
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