Arte
Boceto de la pintura colombiana
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 | La muestra se exhibe en el Palacio Nacional de la Cultura hasta el 20 de septiembre |
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Dixon Moya
Como artista aprendiz, intento dibujar un boceto de la pintura colombiana del último cuarto del siglo XX en Colombia. No es casualidad que actualmente el artista plástico vivo más reconocido en el mundo entero sea Fernando Botero. ¿Acaso, se preguntarán algunos, es un caso aislado? ¿La fruta jugosa en medio del desierto? Falso. Con Botero, podríamos hacer el mismo parangón de García Márquez en la literatura colombiana. Son dos árboles tan fuertes, tan grandes que en ocasiones eclipsan a los bosques.
El inicio del siglo XX en la pintura colombiana tuvo dos claros ejes de producción: Bogotá y Medellín. El arte bogotano, desarrollado en una ciudad fría, algo oscura, autodefinida como elegante, con clara tendencia a favorecer las profesiones liberales como el derecho y la medicina (de allí que todos seamos doctores en Bogotá). Pintura ligada a lo religioso, al costumbrismo idealista, al romanticismo, al retratismo de los rostros del poder central. Mientras que en Medellín, se realizaba la verdadera revolución industrial colombiana con la creación de empresas y fábricas, como las textileras, con una suerte de valores diferentes a la bohemia capitalina. Ideas ligadas al trabajo, lo que tuvo una manifestación plástica propia.
El siglo XX se desenvolvió con toda su complejidad, la urbanización creciente, la aparición de clases profesionales y obreras frente a los sectores tradicionales aristocráticos, de naturaleza rural, la descentralización, la irrupción de regiones creativas como las costas caribe y pacífica, otras ciudades se sumaron a las andinas en materia de vida artística: Barranquilla, Cartagena, Cali. Tres nombres comenzaron a destacarse de un conjunto heterogéneo de artistas: los caribeños Alejandro Obregón y Enrique Grau y el antioqueño Fernando Botero.
Las problemáticas sociales y políticas del país, alimentaron la paleta de los creadores, pero ante todo, la necesidad de explorar nuevas temáticas estéticas, de buscar voces originales, el deber de todo artista. Para la década de los ochenta cuando se promulgaban cambios decisivos en Nicaragua, el escritor y maestro de cronopios, Julio Cortázar, haciendo eco del anhelo nicaragüense de contar con un gran museo de arte, lanzó una convocatoria al mundo, de la cual hicieron eco cuarenta pintores colombianos, algunos de los cuales ya eran figuras reconocidas; otros se constituían en promesas de futuro. Como si fuera una selección hecha cuidadosamente, el azar nos entregó una muestra de las diversas tendencias que para finales del siglo XX se imponían en el universo pictórico colombiano.
De aquellos artistas que respondieron al llamado del escritor argentino, con ánimo de aportar a la cultura de Nicaragua y refrendar los lazos de amistad que siempre han existido entre nuestros pueblos, se destacan el ya mencionado Enrique Grau, David Manzur, Luis Caballero, Maripaz Jaramillo, Ana Mercedes Hoyos, Eduardo Ramírez Villamizar, Manuel Hernández, Heriberto Cogollo, Saturnino Ramírez. Algunos fallecidos, otros que siguen palpitando y pincelando. Estilos y temáticas diversas, lo figurativo, lo abstracto, surrealismo, geometría, lo cotidiano y social. Durante algunos años, los cuadros de los artistas permanecieron en un oscuro sótano, lejos de su hogar natural, la mirada de los espectadores.
En afortunada colaboración, el Instituto Nicaragüense de Cultura y la Embajada de Colombia, unieron esfuerzos para recuperar este legado, patrimonio de Nicaragua, símbolo de la fraternidad colombiana. El maestro Julio Valle Castillo, curador de la exposición, mencionaba que aquí no había un cuadro igual a otro, no puede hablarse de una escuela o de un estilo colectivo, se aprecia la necesidad individual de expresarse con voz original. Para los interesados, la exposición estará abierta hasta el 20 de septiembre en el Palacio Nacional de la Cultura
Los colores de la bandera colombiana, amarillo, azul y rojo, son los colores primarios. Eso lo sabe bien cualquier artista. Colombia es otra forma de decir arte vivo. Hay un cuadro en particular de esa colección que me gusta, el del maestro Enrique Grau, un pastel sobre papel que nos deja una mano grande y poderosa sosteniendo una delicada rosa, una muestra de ofrecimiento gentil. Así concibo esta colección de artistas colombianos para Nicaragua, el regalo sincero y cariñoso que un amigo hace a otro. 
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