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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 20 DE AGOSTO DE 2005
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Louis Armstrong: gracia en el jazz

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Armstrong llevó el jazz a los grandes escenarios.

 

Joaquín Absalón Pastora

Borbón Street sigue siendo la fotografía mejor tomada de Nueva Orleans. Cuando la cámara de la creación disparó sus luces sobre esa calle diseñada por la arquitectura del libertinaje, debió quedar esculpida para siempre la noche capaz de mantenerse de pié con el sostén de una sola nota.

En ese ambiente creció Louis Armstrong (1901) cuya muerte (Nueva York, 1971) partió en más de mil pedazos las vigilias de Broadway en New York, pintado en gris por el silencio de su trompeta.

Conocida su trayectoria, Armstrong puso al jazz en los grandes escenarios. Lo mismo hizo el dignificador Duke Ellington. Aquel joven se sentaba en las horas cenicientas, tupidas de misterio y peligro del muelle, cuna del ritmo que se destapa con la improvisación. Ahí en esas esquinas daba carácter libre a su trompeta sin la brújula de ninguna partitura inductora. Ad libitum el muchacho negro, orgulloso de su raza en cuanto más pura era en tiempos de fuego discriminador, afinaba sin abrumarle el pitazo de los navíos. Su propósito era ser el descubridor de la perfección. De ahí que según confesión propia, su destino estaba ligado a la posibilidad de morir ensayando.

Era el comienzo y perseveró, un “agógico” fuera del común denominador, en omisión del “tempo” en música, inexistente en él, porque primaria era en el propósito de sus búsquedas agotar todas las perspectivas del instrumento de viento asignado a la familia de los metales, aprovechar los pistones que le conceden el privilegio de transitar sin tropiezos en el camino cromático.

Cuando descubrió todos los brillos que ella tenía —brillantes y penetrantes— se dedicó a ser el ordenador simétrico del ritmo, elemento constitutivo de la música enriqueciendo la pauta del compás en la gloria de los teatros, quedando las aceras de las esquinas y el filo nocturno de los muelles para el pretérito superado.

El hombre pasó a ser un concertino en Borbón por supuesto llevado más allá. Borbón era para matricular sus galas y ser el preludio de su fortuna. Inamovible y profundo dentro de la estrella que le correspondió, deslumbró a las urbes dentro de las cuales nunca dejará de mencionarse a Nueva York.

Ignoro qué tiempo duró el procedimiento para soltarse de su cuna. Fue ahí en Borbón en cuya calle se juntaban más de trescientos “cabarets” entre puerta y puerta unidas con sólo frágiles paredes de separación, donde logré ver su concierto de jazz. Dos eran los exponentes que lucían su trompeta en esta escandalosa sucesión de barras y escenarios: All Hirst y nuestro personaje. Desde la estancia alucinada podía verse su compostura de militante de la excentricidad con aquella voz ronca, tarjeta oral de presentación que él transformaba gratamente en paradojal eufonía. Cantaba e insistía en hacerlo mientras parecía danzar con la trompeta cuya templada estructura y notorio dorado andaba en sus manos. Hacía de director, de vocalista y de ejecutante solista. Pero detrás de él —era un sexteto— había cinco más: pianista, percusionista, trombonista, saxofonista y bajista. Siempre se mantuvo la sintonía ejemplar con estos instrumentistas que demostraron ser en el follaje espeso del concierto, embajadores de la nota a un timbre señalado por el “show man” sopesados todos por la inequívoca recepción auditiva. No obstante la pluralidad armónica del sexteto, Armstrong era el dominante sin menospreciarse la preponderancia del piano en cuyos matices básicos se aprecian preciosos acentos del jazz.

Aplaudido el conjunto debíase admitir rotundamente al estelar quedando firme su vanidad en la difusión de los apegos rítmicos, melodiosos y dinámicos.

Ya había superado ampliamente la distinción de ser el músico más carismático de jazz. Pasaron en la presentación los grandes temas que lo caracterizaron: Potato bead blues, Stardust, Hello Dolly, It’s a wonderful world y High society, llevados también al celuloide. Hello Dolly en plena boga en la década 60-70, años en que se sintió festivamente aludido por el Rock and Roll. Se implicaba en sus pliegues porque el rock recogió complementos del blues surgido de la música popular negra y de elementos del folclor americano. Rondaba en el “pop” mediante la conciliación de las tendencias extraídas precisamente del rock y del blues. Se introdujo a lo que jocosamente fue conocido como “la olla podrida”, el “popurri” cuyos temas eran de poco desarrollo, antagónicos con la formación de un solo universo.

Nadie mejor ni más lleno de todas las cualidades para ser “jazzista” íntegro, nato y vocativo improvisador, oyéndolo entre saxofón, trombón y trompeta, un concertante ajustado a los cambios de toda modernidad aunque el suyo haya recibido la influencia del “jazz” antiguo en confraternidad con la anchura melódica. Un refinado en su género, un puntualista del nombre, la imagen reticente a ser retocada.  
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Louis Armstrong: gracia en el jazz