Pintura
José Aragón y el sentido del dibujo
Francesc Galí
Mi interés por la obra del joven pintor nicaragüense José Aragón, nació un día en el que la casualidad puso en mis manos el catálogo de una muestra que estaba exhibiendo en una galería de Sant Cugat del Vallés : la representación gráfica del cuadro, que daba imagen y color a la misma, me llevó a visitar la exposición. Una suerte de figuraciones a las que la calidad del dibujo, unida a la bella y contenida coloración cuenta, todavía, con una composición estructurada con rigor objetivo y exacto sentido plástico.
Criterio que, a lo largo de la visita y del posterior tiempo —breve pero compartido— que le tengo conocido, su quehacer, siempre ajustado a la verdad y a su interpretación sensible, me ha llevado a apreciar su obra: tanto que, ahora mismo, haciendo uso de mi condición de crítico de arte, me he autorizado a recomendarla a dos acreditadas galerías —una en Madrid y otra en Barcelona— que oportunamente le expondrán sus pinturas y dibujos.
Dibujos y pinturas que tengo la certeza que, José Aragón, poniendo en juego dos extremos que tiene convertidos en complementarios, le vale para cumplir su obra.
¿Cuáles son los mismos? Acertaré si digo que el uso de la representación objetiva cuando la imagen procede del sueño; dar rienda suelta a los recuerdos si es lo que pretende dejar plasmada la realidad. Ida y vuelta de un hacer que centra y expresa una figuración que goza de los beneficios que el oficio y la sensibilidad atesoran, de nuevo ¿cuáles? Los que provienen de una caligrafía abierta y legible; los que incorpora el color —materia que no precisa del grosor ni de la orografía para que el volumen tenga su peso— tal un vestido a la medida; lo que tiene su origen en los temas —inspirados siempre en su tierra de origen, su gente y costumbres— que se constituyen en permanentes protagonistas de su hacer y, todavía, aquellos que poéticamente asumen sus interpretaciones: suma de privilegios que le vale para aunar, en sus dibujos y pinturas aquello, de índole espiritual, que es su cada día —hecho de costumbre y “padrenuestro” de recuerdos y sueños—.
Y es que cuando José Aragón se dispone a crear su obra, le sucede algo parecido a lo que el poeta Mario Cajina-Vega tiene escrito en sus versos:
“Me ha vuelto a dar por hablar, por lágrimas, por quién sabe, por nada, por Ni- caragua”.
Sí, Nicaragua, su gente, sus costumbres, también sus sueños ocupan una mente —como es la suya— regida por el sentimiento: espacio anímico que José Aragón traduce en su obra —contenida a la vez que apasionada— de poeta plástico. Sirva este escrito de testimonio de que así la contemplo y valoro.
(Miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte) 
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