Pintura
José Aragón: pintor de lo cotidiano
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 | El pintor nicaragüense, José Aragón, presentó recientemente en España el libro Siempre nos quedará la poesía, una edición con sus dibujos y pinturas acompañados de la poesía de algunos escritores nicaragüenses. Su pintura refleja parte de las escenas cotidianas en un ambiente rural y primitivista |
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José María Cortés
La belleza del mundo es una revelación abrasadora. El material del pintor —lienzo, madera o papel; acrílico, acuarela o plumilla— reinventa la realidad hasta llevarla a la exaltación del color y la forma. La pintura del nicaragüense José Aragón es una ordalía, un método de averiguación en el que el artista nos muestra lo que hay más allá de la simple apariencia. Es una crónica en la que sobresalen las identidades; un mundo que se explica a sí mismo a partir de figuras humanas, más que de paisajes. Estas figuras concentran expresividad en las manos, en el tronco y en los ojos extáticos. Son esfinges de pupilas fijas. No sólo reflejan la naturaleza: la sienten. Ocupan un lugar pertinente en el espacio y el tiempo, como los páramos sombreados por nubes pasajeras que describe el escritor mexicano Juan Rulfo.
La América de Aragón es pétrea. El pintor se aproxima a un silencio milenario que se transmite de generación en generación a través del gesto y la palabra, más que de la escritura. Él mismo proviene de una tradición oral recibida en la infancia cuando su abuela, en un jardín de flores silvestres y tamarindos, contaba historias que se entrelazaban con otros relatos de familiares y amigos. En Tipitapa, su tierra natal.
Romper el espejo de la vida para mirar dentro del ser; indagar el modo natural de cada cosa para explorar el alma del pueblo. Aragón es un pintor primitivista en el sentido más consecuente. Su pincel y su plumilla luchan contra el olvido. Pertenece a una generación que vivió el dolor de una guerra de diez años en las fronteras de Nicaragua y Costa Rica y de la que muchos regresaron con mutilaciones físicas y secuelas psíquicas, tal como lo retrató Ken Loach en La canción de Carla.
La visión nicaragüense del mundo no es lúgubre; no hay sitio para la tristeza. Sus niños de la calle describen la esperanza más que el desgarro. No tienen nada que ver, por ejemplo, con los niños pobres de Castelao, o de Sebastiâo Salgado; tampoco con la estética impoluta de Cartier Breson.
La licencia del artista, a la hora de recrear el mundo, es una forma de libertad. Pero sólo se puede valorar esta libertad si se reconoce la realidad objetiva. Aragón se siente figurativo porque, en su pintura, paisaje y paisanaje forman una unidad temática. No es un pintor costumbrista, jamás aceptaría este privilegio.
Los bodegones describen una civilización fragmentada. En el surco abierto por algunos de sus maestros, como el ecuatoriano Osvaldo Guayasamín, Aragón levanta sus propios motivos. En uno de ellos, el indio se desgaja de la máscara. Los elementos de estos bodegones están dispuestos según la secreta geometría de la tradición. En ellos, la naturaleza muerta rememora un de los mitos clásicos con más arraigo en el arte contemporáneo: el movimiento de los cuerpos inanimados o el alma de los objetos.
En el cuadro La ceramista, una mujer abraza amorosamente un cuenco de barro. Es la madre que envuelve con sus largas extremidades a la tierra transformada. Las mujeres de Aragón, indias de cuello de cisne, ojos melancólicos o atareadas madres que transportan fardos sobre sus cabezas, son marfiles y ébanos de carne y deseo, firmemente plantadas sobre la tierra de sus ancestros.
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