MIéRCOLES 17 DE AGOSTO DEL 2005 / EDICION No. 23904 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




La cultura de la muerte

Tres días después del asesinato del periodista Adolfo Olivas, corresponsal de LA PRENSA en Estelí, todavía no se conoce con certeza el móvil de este crimen que otra vez enluta a los periodistas de este Diario y a todo el gremio de trabajadores de la información.

En vista de que Adolfo Olivas estuvo informando, recientemente, sobre operaciones del narcotráfico internacional en Nicaragua; y porque él habría comentado que se sentía amenazado como consecuencia de esas informaciones, se ha conjeturado que tras su asesinato podría estar el crimen organizado.

Por otro lado, es comprensible la alarma del periodismo nicaragüense ante el asesinato de Adolfo Olivas. Todavía está fresca la sangre de otros dos periodistas —Carlos José Guadamuz y María José Bravo— que fueron asesinados premeditadamente, por motivos políticos. Además, en no pocos casos, criminales comunes y sobre todo narco delincuentes, al ser llevados ante los tribunales y condenados por éstos, han amenazado a periodistas que informaron sobre los delitos que cometieron. Y por cierto que esto ocurre en muchas partes del mundo, lo que hace del periodismo una profesión de alto riesgo personal.

En lo que se refiere al asesinato del corresponsal de LA PRENSA en Estelí, una presunción de los investigadores de la Policía Nacional es que se trata de un crimen común, de ésos que ocurren todos los días incluso por motivos baladíes, como sería en este caso la disputa por el monto de una carrera de taxi.

En realidad, aunque las autoridades gubernamentales se ufanan habitualmente de que Nicaragua es el país centroamericano que tiene el índice más bajo de criminalidad —y las estadísticas así lo indican—, sin embargo la realidad es que hay mucha criminalidad en el país y los medios informativos siempre están reportando homicidios y asesinatos.

Como resultado de sus estudios sobre la criminalidad, el eminente siquiatra austriaco Sigmund Freud (1856-1939), aseguraba que en el caso de los seres humanos, matar representa el poder omnipotente del amo absoluto, la posibilidad de dominar por medio del exterminio del otro. El poder de la muerte, explicaba Freud, es el espejo narcisista del propio afán de poder, del propio ideal de ser el ídolo del poder, y por lo tanto “matar es una jactancia narcisista del propio poder”.

En Nicaragua, si bien no se puede asegurar que la cultura de la muerte predomina sobre la cultura de la vida, hay una marcada inclinación a resolver por medio de la fuerza los problemas de las relaciones sociales y del poder político. Y esto conlleva a una práctica habitual transgresora, a la violación sistemática de la ley de manera socializada e institucionalizada, sobre todo de las normas que ordenan las bases morales de la convivencia humana.

De manera que alguien que tiene un nivel educativo y cultural muy bajo, y que además anda armado, con relativa facilidad echa mano del arma y la utiliza contra otra persona con la que discute por cualquier problema, por ejemplo, por unos cuantos pesos de más o de menos en el precio de una carrera de taxi.

Por eso es que tiene mucha pertinencia —y debería ser atendida como se merece— la prédica de la Iglesia Católica y de otras denominaciones religiosas, así como la actividad de instituciones como LA PRENSA, que apuntan a la inculcación, recuperación y fortalecimiento de los valores, para erradicar la cultura de la muerte y hacer que prevalezca la cultura de la vida, el amor al prójimo, la solidaridad y la solución pacífica de todos los problemas y conflictos, de cualquier causa e índole que sean.

Pero también las autoridades de Gobierno están obligadas a actuar con diligencia y severidad, tanto en el mejoramiento de la educación general, cívica y moral de los nicaragüenses, como en la prevención del delito y la persecución de la delincuencia, para garantizar la seguridad y la vida de las personas honradas y poner a buen recaudo a los delincuentes y procurar su rehabilitación.

En todo caso, esperamos que en el caso del asesinato del corresponsal de LA PRENSA en Estelí, Adolfo Olivas, la Policía Nacional esclarezca públicamente los móviles del crimen, y que la justicia le sea aplicada al criminal con todo el rigor con que se debe aplicar en estos casos.
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