La antigua Managua musical
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 | Una mirada a lo que fue Managua en 1915, sus personajes y las melodías que se tocaban en aquel entonces |
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Banco nacional. Funcionó de 1912 a 1931. |
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JoaquÍn Absalón Pastora
Poner la vista en la imagen del pasado, en su estatua olvidada, amalgama un giro que produce quebrantos en la rutina.
Estar al lado del ilustre fallecido, Don Alejandro Zúñiga Castillo, produjo la ruptura del tedio que a veces traduce a eso, el egoísmo de la modernidad, en su inclinación de anular al ayer. Lo oímos y leímos —y por ello vienen a estos antojos de la remembranza, su palabra y su pluma. Así como Carlos A. Bravo contaba las anécdotas de leche de Chontales, así Don Alejandro lo hacía con Managua tomada su visión en la pluralidad de las esquinas de su cultura, de sus costumbres, de sus personajes. Así la describe en el año 1915 en lo que ella era en el ámbito de la música, cuando sus pocos habitantes —jóvenes y viejos— rebasaban con su presencia los linderos del Parque Central en cuyo interior los jueves y domingos ejecutaba en concierto la banda de los supremos poderes, música distinguida, de autores como Rossini y Verdi, los italianos entre los más presentados y la nuestra también.
El ánimo de los concurrentes tenía una doble portada: escuchar y aprender a tocar los instrumentos que andaban en las manos y las bocas de cada uno de los especialistas en las distintas ramas de la música. Conciertos aupados por la tranquilidad de los crepúsculos en traslape con las introducciones del anochecer. Entre cinco de la tarde y ocho de la noche podían estar ahí, cientos de admiradores de aquella causa por la que no se pagaba ningún centavo para ingresar. Un espectáculo absolutamente gratuito que pronto murió para no volver al mundo eufónico de los vivos de la actualidad y de los cuales sólo quedaron los hallazgos.
Alejandro Zúñiga Castillo, a quien conocí en la adolescencia, fue uno de los doce apóstoles políticos del PLI que firmaron la proclama rebelde contra Somoza García en 1944, pero además de eso, como lo dejo dicho, cultor de los sabores de la ciudad devorada por los terremotos. Sustraemos de su tesoro humano, de su talega artística, los nombres de figuras que merecen trascender de nuevo en la página pública, más no sólo en el cruce de las epístolas privadas cobijados por la tinta que los reconoció en su tiempo pero que ahora guarda distancia de ellos. Se vienen a la memoria según el documentado contemporáneo de ellos, Carlos Tünnermann, Luis Medal, Francisco Soto, Luis Felipe Urroz hijo, las señoritas Trini Medal y Chepita de Trinidad, Indalecio Hernández procedente de México. Alberto Selva, Virgilio Medal, Luis Abraham Delgadillo, Rafael A. Huezo y Federico Ripley. Ocupa éste el mayor espacio en esta búsqueda y encuentro del pretérito.
¿De donde vino Federico A. Ripley quizá pariente de aquel provocador de incrédulos? Vino del extranjero y cayó vertical sobre la alfombra recoletas, de Managua. Sí, es bien conocido por los señores de la época. Fue el más espontáneo y vocativo agitador de los pianos, el más insistente y revelador en cuanto a difundir las esencias de Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Liszt y Chopin, su homónimo. El piano era el instrumento más apetecido, seguido por la guitarra, el violín, la flauta, el violoncello y la mandolina.
Todo el mundo quería tener acceso al Teatro Variedades. Éste era algo así como nuestro Rubén Darío de hoy. Tenía esa jerarquía porque por él anduvieron las más selectas compañías de zarzuelas, compañías célebres de ópera como la Bracale y el consagrado tenor Hipólito Lázaro. Sólo para mencionar a una de las pocas atracciones que fluían detrás de sus cortinajes. Llamaba la atención el predominio numérico de los jóvenes respecto de los mayores en el cultivo del brillante y lustroso placer de escuchar y de tocar. Pero el piano ejercía en los casos concretos de la vanidad, el injusto y contradictorio rol de ser tan mimado que en algunos casos vivía asociado con el silencio, pues en las salas de ciertas casas se le usaba como una prenda decorativa, cubierto con un capote que lo libraba del agua y del polvo.
Pero había alguien que no obstante su desventura económica, se encargaba de peregrinar por esas casas para incitar a los dueños a darles su merecido ejercicio. Éste era Federico A. Ripley. Los de piano propio accedían a que el virtuoso los tocara con la seguridad de que no iba a concebirse en la ejecución ningún manoseo o el peligro de desafinarlos sino, por el contrario, mantenerlos con el timbre justo en su normalidad. Era, pues, un técnico sentimental, un afinador sin ser eso específicamente. Hacía tan fervoroso el manejo del teclado que sobre él caían sus propias lágrimas según el testimonio de quienes comprobaron su reiterado afán de sacarlos del mutismo. Pronto se convirtió en un ejecutante en los intermedios del Teatro Variedades, del Hotel Versalles y de los salones privados como el de Don José Anzoategui, uno de sus mecenas.
Admirador de Ripley fue el compositor, crítico y profesor Luis Abraham Delgadillo, quién mitigó la pobreza del excelente y virtuoso migrante que cuando llegó a conciliar el sueño eterno prefirió el reposo en un tálamo citadino, donde puede leerse el epitafio escrito por el propio Delgadillo sobre la forma de una lira: “Ya estás en tu reino, el de la suprema armonía, yo llegaré hasta ti”. 
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