VIERNES 12 DE AGOSTO DEL 2005 / EDICION No. 23899 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Los valores: de la cuna a la tumba

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Joaquín Absalón Pastora
japastora@hotmail.com

Nació y crece El libro de los valores. Germina el proyecto educativo en los momentos en que más se le necesita, cuando los antivalores se ensañan contra el destino superior merecido por Nicaragua. Hacia la ausencia inocente de las nuevas generaciones se dirigen los temas.

Cuenta con el auspicio de Café Soluble, Petronic, Canal 2 y Enitel Aló. Aclaro que a todos se les debe agradecer por igual, explico un distintivo en cuanto a que una transnacional apoye proyectos culturales nicaragüenses y más si son como éste, de cristalina y fértil estirpe. En lo personal —lo confieso— trato de soltarme del riguroso nacionalismo al no gustarme mucho el influjo foráneo en lo que ha sido nuestro. Enitel pasó por ese proceso y de ahí que el reconocimiento alcance con holgura.

El libro de los valores será de volumen carnoso en la medida en que la disciplina de los mayores induzca a los menores a juntar los fascículos que aparecen en LA PRENSA, bastando la voluntad de ser coleccionados y de nutrirse en cada uno de ellos para lactar en correspondencia la cultura sobre cada constructiva motivación.

Tomo al azar una de sus páginas. Encuentro el tema de la “Tolerancia”, ilustre en la búsqueda y la localización de una vida mejor. Voltaire le quita las púas al camino cuando dice: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Esa firmeza reconoce el derecho que bulle y palpita en las regiones del afuera anímico y mental partiendo de que cada cabeza es un universo aparte, o yendo a lo que pareciendo simple tiene fondo: “Vive y deja vivir”, emblema oral que abre la ventana de los otros dos grandes temas relacionados: “La Paz” y “La Libertad”.

Van sucediéndose los fascículos llevando cada uno un mensaje claro y vivificante. Vivificante y no relativo en la unión del preceptista y del orientado a fortalecer la familia.

Diría que El libro de los valores es un catecismo espiritual donde aprendido el abecedario de la armonía se extiende una tarjeta de invitación para asistir a la fiesta de la reflexión, y esto va con todos en cualquiera de las edades en las cuales aprender será siempre de ineludible utilidad.

Si entendemos el cómputo biológico no estamos acaso entrelazándonos con las majestades estables de la salud? Y si se da su justa dimensión a las evaluaciones económicas medimos lo nocivo que son los excesos de la avaricia, lo cual permite comprender que también se necesita de los aportes de la economía para ser beneficiarios de las delicias de la felicidad. Y así solazándose en la sucesión tienen su espacio —igualmente vital— los valores estéticos, esplendentes cuando muestran a la belleza en todas sus admiradas comisuras, incluido todo lo que tiene que ver con la valoración intelectual, religiosa y moral.

Más de una vez se ha dicho que al tema de la educación le corresponde estar encima de otros, no obstante ser fundamentales. La educación integral parte de la cuna y expira en la tumba por aquello de que nunca terminamos de aprender. Por algo Sócrates filosofaba con la negación: “Yo sólo sé que no sé nada”.

Según estadísticas el niño latinoamericano está retrasado en tres, cuatro y hasta cinco años respecto de la edad de algún niño de un país industrializado. Son las realidades en este mundo subculto abrazado ahora por la audacia tecnológica y por el fenómeno de la globalización, un término que antes sólo me parecía denso y sonoro. Por ello viene como “anillo al dedo” esa filigrana de la cultura.

El autor es periodista.
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