Diego Raudez, humilde hasta el final
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Granadinos llegaron en gran número a vela de Diego Raudez |
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Diego Raudez.
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Gerald Hernández deportes@laprensa.com.ni
No hubo mucho espacio para los lamentos, sino para los remembranzas, porque entre una anécdota y otra pasó el tiempo en la vela del querido y emblemático pelotero granadino Diego Raudez, quien falleció la mañana de ayer y está tarde será enterrado.
Como en su época de lanzador, cuando el público se desbordaba en el estadio para contemplar sus lanzamientos de bola submarina que provocaban estragos en los bateadores y le valieron para ser llamado el “Rey del Ponche”, así mismo un gran número de personas -entre ellos antiguos compañeros de equipo- llegaron a su vela en el barrio El Domingazo de Granada, donde Raudez, de 54 años, vivía junto a su hermano menor, Marcos, siete años menos que él. Esto no significa que estaba sólo, porque en las casa aledañas viven la mayoría de sus familiares, incluyendo su hijo Julio, quien ha seguido sus pasos y es uno de los mejores lanzadores de nuestro beisbol.
Raudez batalló durante cuatro días en el Hospital Amistad Japón-Nicaragua de Granada, pero finalmente no pudo abanicar a la muerte a pesar de su valentía y disposición que le caracterizaron durante toda su luminosa carrera, que incluye el récord de ponches en una temporada con 220 en 1983, así como la marca de 20 “fusilados” en un partido ante la Costa Atlántica el 2 de diciembre de 1982.
BUEN PADRE
“Fue un padre bastante cercano a mí. Siempre me daba consejos, especialmente este año en el cual muchas cosas me salieron mal en el Campeonato Nacional y también que me dieron de baja de los Gigantes en las Ligas Menores”, recuerda su hijo Julio, quien es miembro del staff de pitcheo de la Selección Nacional, como lo fue su padre. “Me decía que no me rindiera. Siempre estaba pendiente de mi actuación como jugador. Desde niño me llevaba al estadio y fue creciendo en mí el interés por este deporte”, agregó.
Entre los viejos compañeros de equipo de los Tiburones que llegaron a la vela estaban Larry Zavala, Sebastián Jiménez, Róger Acevedo, Bayardo Dávila, Radbony Sánchez, Bosco Sánchez, Juan Álvarez, Silvio Sevilla y Manuel Espinoza, además de Donald Calderón, con quien jugó en el Bóer en 1992, justamente el año de su retiro, y Jorge Luis Avellán, con quien nunca jugó pero que le une una gran amistad con su hijo Julio.
LA BOLA SUBMARINA
“Si mal no recuerdo, Diego empezó a jugar en 1977 en la Liga Roberto Clemente con el Granada”, considera Sebastián “Chachán” Jiménez, uno de sus amigos más cercanos.
Según “Chachán”, a Raudez nadie le enseñó a lanzar su famosa bola submarina, que nunca más se ha vuelto a ver en nuestro beisbol. “Desde la Liga Mayor A ya tenía ese estilo de lanzar. Nadie se lo enseñó”, asegura Jiménez.
Larry Zavala jugó en la década de los 80 con Raudez y lo que más le impresionó fue su humildad. “Nunca se creció, siempre fue el mismo, por eso mucho lo querían los fanáticos de Granada y toda Nicaragua. Una de las cosas que más recuerdo era su humildad y que siempre, ganara o perdiera, saludaba a los fanáticos agitando su gorra”, rememoró Zavala, quien se lamentó que las autoridades deportes no atienden a las viejas glorias del beisbol.
ENFRENTABA A HEBERTO
“Era el único que se le paraba duro a Heberto Portobanco -el riguroso manager de los Tiburones-“, recuerda Róger Acevedo. “Una vez que estaban discutiendo, Heberto le dijo que se quedaba sin salario y Raudez le respondió: ‘comete los riales son sal’, pero terminó pagándole porque Raudez ganaba juegos”, contó el campo corto nandaimeño.
Radbony Sánchez y Bayardo Dávila eran dos novatitos cuando Raudez estaba en su apogeo. “Nos orientaba a los lanzadores nuevos y de él aprendí a lanzar con valor”, asegura Sánchez, mientras que Dávila también admiró mucho la valentía del estelar carabinero: “siempre era bravo en el montículo. Recuerdo que le avisaba a los bateadores lo que iba a tirar como una forma de retarlos”.
RETABA A LOS CUBANOS
Entre las anécdotas que más se recuerdan de Raudez era que le gustaba retar a los bateadores y de todo calibre, porque también se metía con los cubanos.
“Una vez apostó uniforme contra uniforme con el cubano Víctor Mesa a que lo poncharía y le ganó. Mesa después le dijo que no podía entregarle la prenda”, cuenta Radbony.

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