MIéRCOLES 10 DE AGOSTO DEL 2005 / EDICION No. 238097 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Nicaragua se “recupera”

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Alejandro Vogel

El otro día un amigo, quien conoció mejor que yo lo devastador que fue la época sandinista para Nicaragua y su estructura de valores, me contó una historia de la cual todavía no logro recuperarme. El tema salió cuando relataba un cuento sobre una visita reciente a su casa de las personas que estaban levantando el censo de la población.

La persona que estaba llevando a cabo el censo en su casa quedó admirada de su estética, amplitud y el microclima de que gozaba la vivienda como resultado de los árboles frondosos plantados en la propiedad de mi amigo. El comentario del trabajador fue que cuando ganara Daniel en las próximas elecciones éste sería un tipo de casa que a él le gustaría “recuperar”.

Mi amigo, al no entender a qué se refería, pues supuso que este hombre había sido víctima de alguna expropiación indebida o alguna injusticia similar como una herencia mal repartida por ejemplo, le preguntó que cómo era eso de recuperar. El trabajador del censo le comentó que en esa época se estilaba “recuperar” de las clases pudientes los bienes que toda la vida en realidad les habían pertenecido a los más desposeídos, todo esto orquestado, motivado, avalado e incitado por el régimen dirigido por este famoso Daniel quien aparentemente ayudaba de una forma solidaria a “recuperar” a la gente cosas que de forma inexplicable se habían extraviado.

Todavía confundido, mi amigo hace más preguntas sobre este acto de recuperación, y al seguir indagando descubre que la confusión era una cuestión más que de una semántica aparentemente insignificante; era algo de fondo. Lo que sucedía ni más ni menos es que cuando alguien hablaba de “recuperar” algo en aquel tiempo, realmente se refería a lo que los seres humanos comúnmente y desde la fundación de la tierra hemos llamado robar. Pero como los ricos siempre lo habían tenido fácil, y que la única forma en que podrían haber llegado a tener tanta riqueza era que en algún momento se la hubieran robado a alguien, entonces todo esto simplemente se trataba de un mero acto de recuperación, o volver a su legítimo dueño, esto o aquello. Tuvimos la sensación de que de repente nos habían “recuperado” la alfombra debajo de nuestros pies.

Mi amigo, desconcertado, y yo, al escuchar el cuento no supimos en qué momento el robar gradual y sutilmente se convirtió en “recuperar”. Lo que sí pudimos ver es lo desastroso que resultaría que Daniel, el “recuperador”, volviera a liderar una campaña de “recuperación” masiva en nuestro país. Pensamos un rato, y concluimos que si este señor llegara de nuevo al poder, el adulterio se convertiría en una canita al aire o más deportivamente un desliz; las mentiras serían más blancas que nunca, y que habría que tener mucho cuidado con que alguien pretendiera recuperarle por ejemplo la virginidad a una hija. La gente llegaría tarde al trabajo, después de pegárseles las sabanas y no por haraganes, se pasarían de tragos en lugar de emborracharse, nos defenderíamos del fisco en lugar de defraudarlo, y los hombres tendríamos compañeras en lugar de cónyuges.

Nicaragua se encuentra en coma, en cuidados intensivos, todavía recuperándose del “recupere” al que fue sometida. Esperemos que cuando despierte logre ver el blanco y el negro como colores muy distintos. Que logre llamarle al pan, pan, y al vino, vino. Que surja del sueño hipnótico del relativismo moral, que la propiedad tenga dueño, y que reconozca de un discurso confuso e incoherente el frotar de manos de quienes esperan con ansias el regreso de los tiempos dorados en que un hombre podía “recuperar” algo para sí con la frente muy en alto.

Mi amigo y yo reflexionando, concluimos de esta anécdota que lo que realmente necesita Nicaragua recuperar es el temor de Dios, la vergüenza, la convicción de valores absolutos y verdades universales, el convencimiento de que las cosas tienen precio especialmente si valen la pena, y que lo que cuesta no hay que hacerlo fiesta, mucho menos piñata.

El autor es Administrador de Empresas.
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