Un nuevo Pacto Providencial
Franklin Gavarrete C.
Aunque Lewites y Montealegre sean los precan-didatos presidenciales más populares, es difícil que alguno gane las elecciones por sí solo. Actuar cada uno por su lado sólo favorecería a Ortega, pues el voto se dividiría aún más por la participación de Apre y el PLC. Por lo tanto, es políticamente lógico que un acuerdo entre don Herty y don Eduardo sea la mejor fórmula ganadora para terminar con la influencia de los caudillos y enrumbar el país hacia una verdadera democracia.
Aunque pareciera imposible conciliar sus antecedentes y aspiraciones, existen precedentes históricos de acuerdos similares cuando la paz, la estabilidad y el progreso de la Patria han estado en peligro. El más dramático fue el Pacto Providencial de Máximo Jerez y Tomás Martínez, cuando los filibusteros quisieron apoderarse de Nicaragua para establecer un sistema autoritario, foráneo y esclavista. En ese tiempo la división entre las partes era todavía más profunda que las actuales diferencias entre don Eduardo Montealegre y don Herty Lewites, puesto que no sólo habían problemas políticos sino una larga lista de injurias y acciones armadas. Ahora que no ha llegado la sangre al río, todo se puede arreglar.
Otro ejemplo histórico reciente es el triunfo de la UNO, cuando partidos y personas de las más variadas tendencias lograron ponerse de acuerdo para salvar la República de la dictadura sandinista y su guerra fratricida. Si los supuestos irreconciliables de Alemán y Ortega pudieron pactar para repartirse la influencia y el erario nacional, ¿por qué no van a ponerse de acuerdo dos personas que en su vida política han demostrado capacidad administrativa, carisma popular y confiabilidad en el manejo de las finanzas públicas, para restablecer el orden constitucional, la confianza en la democracia y en las entidades estatales y propiciar el bienestar de la población?
Indudablemente se necesita un catalítico para limar asperezas. Este aglutinante podría ser el Movimiento por Nicaragua, que ha demostrado sinceridad en sus motivaciones, altruismo en sus intenciones y poder de coordinación entre las diferentes tendencias, como lo hizo en la organización de la marchas. Podría principiarse con un comité de ambos precandidatos, para recalcar las coincidencias, conciliar las diferencias y negociar los asuntos difíciles de acordar.
Por el momento, un punto importante para los dos precandidatos es que carecen de partido. De modo que si Movimiento por Nicaragua obtiene una especie de coordinación patriótica con alguno de los partidos habilitados para participar en las elecciones, tendría algo bueno que ofrecer a los precandidatos para que unan sus esfuerzos. Si dicho partido fuera Apre, tendríamos una coalición prácticamente invencible.
Cada lado tiene que reconocer los aspectos positivos del otro. Hay que darle mérito a la integridad de Montealegre, que fue fiel a sus principios y no abandonó la responsabilidad que le dio don Enrique, a pesar que se sabía que ello le podía costar el rechazo del caudillo liberal y la marginación del partido. También hay que comprender que, en los tiempos de la oposición a Somoza, la única alternativa armada era el FSLN y que era lógico que si Lewites participó en la insurrección, lo hiciera también en la administración. Sin embargo, tiene el mérito de que fue un ministro emprendedor, no se le acusa de piñatero ni de malversador de los fondos de la comuna.
Una coalición como la sugerida haría historia, sería un ejemplo de nobleza, patriotismo y de renuncia personal para las generaciones futuras y contribuiría a formar una cultura de paz y entendimiento cuando los intereses de la Patria estén en juego. En todo caso, lo peor que nos puede pasar, es que Lewites y Montealegre acordaran optar por la Presidencia uno después del otro, lo cual sería un pacto más aceptable que tener de nuevo un Alemán o un Ortega.
El autor es empresario.

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