MIéRCOLES 10 DE AGOSTO DEL 2005 / EDICION No. 238097 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE





Opinión económica
Costa Rica a la deriva

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Rigoberto Stewart
AIPE

SAN JOSÉ, COSTA RICA.— Durante el mes de junio varios políticos costarricenses, entre ellos dos candidatos presidenciales, peregrinaron a Washington para solicitar la no aprobación del tratado comercial entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (DR-Cafta, por sus siglas en inglés). Una de las quejas de los más férreos opositores es el perjuicio que el tratado acarrearía a los agricultores de Costa Rica, quienes no podrían competir con la agricultura subsidiada de Estados Unidos. Esta queja está basada en un error conceptual. Los despistados políticos del Tercer Mundo están convencidos de que lo importante es la producción de determinados bienes, cuando en realidad es el consumo de esos bienes lo único que verdaderamente importa.

Me explico. El sistema de especialización e intercambio —representado por el comercio— cuenta con sólo dos mecanismos para incrementar la riqueza creada con los mismos recursos: (1) El ingreso de nuevos actores con mejores formas de satisfacer necesidades de consumo y (2) el descubrimiento, por parte de los viejos participantes, de esas mejores formas. No hay más. Ambos mecanismos tienen la misma dinámica: la más moderna y mejor forma de satisfacer una necesidad de consumo desplaza a la vieja; los proveedores de ésta deben cambiar de actividad. Ésta es una condición sine qua non para la creación de riqueza. Como este simple y determinante concepto elude la comprensión de nuestros políticos, lo explicaremos con una situación hipotética y otra real.

¿Y los médicos? Imaginemos una situación en la cual Dios habla a los ticos y les dice que tiene la intención de eliminar todas las enfermedades en Costa Rica, pero primero quiere saber su opinión al respecto (en realidad desea medir la dimensión de nuestra estupidez). Salvo la legión de políticos que desdeñan el bienestar del ser humano, nadie se atrevería a decirle a Dios que no; por el contrario, todos se alegrarían con sólo imaginar que ninguno se volvería a enfermar hasta el día de su muerte. Nadie se atrevería a decirle a Dios que queremos seguir padeciendo enfermedades para que así los médicos (y todos los trabajadores de la salud) puedan seguir trabajando.

¿Por qué no? Porque sin las enfermedades todos estaríamos mejor, incluidos los médicos. Además del beneficio de la abolición de sus enfermedades, los doctores tendrían la opción de usar sus conocimientos y destrezas en otras actividades, generando así mayores beneficios tanto para ellos como para la sociedad; o podrían emigrar a países menos afortunados y ahí ayudar a resolver los problemas de salud.

Los subsidios externos. Al reducir los precios de los alimentos afectados, los subsidios agrícolas de los países ricos son equivalentes a la eliminación de las enfermedades porque resultan ser mejores formas de satisfacer nuestras necesidades de consumo de alimentos. Además, se convierten en riqueza no sólo para los consumidores de esos bienes, sino también para la mayoría de la población del país pobre. Como ejemplo, supongamos que a raíz del subsidio externo, el arroz llega a Costa Rica al 20 por ciento del costo local. Esto implica una ganancia para todos los que consumen arroz. Pero eso no es todo. Al pagar menos por el arroz, todos esos consumidores tienen más dinero para consumir otros bienes: frijoles, carne, verduras, libros, zapatos y un largo etcétera. En todas esas actividades se genera mayor producción, empleo y ganancias. Así, ese subsidio genera los siguientes ganadores y perdedores. Beneficiados en el campo: (1) todos los que consumen arroz: peones agrícolas y no agrícolas, sastres, zapateros, pulperos. (2) Campesinos que no producen arroz: ganan doble, arroz más barato y sus productos más caros. (3) Beneficiados urbanos: todos los que consumen arroz: taxistas, periodistas, limpiabotas, curas, pulperos, secretarias, empleados públicos. Perdedores en el campo: los pocos grandes empresarios, los cuales se han enriquecido inmensamente en base a las transferencias forzadas desde los bolsillos de los pobres a través de políticas proteccionistas diseñadas con ese fin.

Acto criminal. Todo lo anterior trasciende la capacidad mental de los que a punta de violaciones de nuestros derechos humanos básicos —el derecho de propiedad y el concomitante derecho a la libertad comercial— pretenden conducirnos a la tierra prometida. Justifican sus violaciones alegando que, en libertad, tomaríamos las decisiones equivocadas. Está claro, sin embargo, que son ellos los incapaces mentales, pues entienden todo al revés. Cuando en el contexto del Tratado de Libre Comercio y fuera de él un político jura defender a los productores agrícolas exhibe su supina ignorancia de lo expuesto aquí. Propone frenar el único mecanismo por medio del cual el sistema de especialización e intercambio crea riqueza para todos, incluyendo a los campesinos. Éstos terminan sacrificados en el altar de la estupidez de sus gratuitos seudoprotectores.

El autor es Director del Instituto para la Libertad y el Análisis de Políticas Públicas en Costa Rica.

(c) www.aipenet.com
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