La rueda de la fortuna
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 | Presentamos el capítulo 6 de la nueva novela de Manuel Martínez, La rueda de la fortuna, una historia ambientada en la lucha de los jóvenes contra la dictadura de los Somoza y en la que su autor se revela como un testigo de los acontecimientos |
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Hombre de ciudad. Técnica mixta. |
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Manuel Martínez
De donde sea que vengás, Eleana, Eleanita mi amor, me alegraré de verte. Cuando regresés, si es que algún día volvés por estos lares, te estaré esperando, te dije el día que te fuiste. ¿Te acordás? Te acompañé a la terminal y te vi montarte en el bus sin que te voltearas a verme, a mirar hacia atrás, porque, ¿Para qué? Si cuando uno se marcha a otro destino es mejor rápido y sin despedidas, sin moqueras. Ibas de viaje hacia Managua, a la universidad y me acuerdo como si fuera ahora mismo. Te lo repito, te dije al oído, te veré bajar del bus y te voy a seguir despacio andando por estas calles de la ilusión. Pero si vos no estás aquí, seguiré solo por estas calles de la amargura. Si vos no estás aquí, mi vida será un rato sí y otro no, canturreando o tarareándote en el recuerdo. Y te fuiste riendo, Eleana porque te daba risa mi locura y yo te seguí viéndote a través de la ventana del bus que se alejaba por la calle del Mercado, buscando la salida de la ciudad. Eleana recordó la carta de Chico Potosme al bajar del bus, casi al caer la tarde.
La retahíla de Chico, incrédulo delante de Eleana Quintero. Ella se reía fascinada con los piropos del dichoso yonofuí, del dicharachero que era Potosme, lengua suelta, pico de oro, hablador y adulador, dulceando su fraseo, susurrándole al oído, inventándola toda a ella, recreando a Eleana en la verbosidad provocada por ese encanto risueño de ella, y Eleana gozando encantada de oírlo porque le gustaba. Y a él le gustaba esa delgadez rolliza de sus brazos y piernas, su pelo lacio negro y su rostro por sus ojos grandes café oscuro.
— Y decime, corazón mío, ¿dónde te perdiste, mi amor, todo este tiempo? Te ves un poco más delgada. ¿Acaso te trataron mal? Es que se te nota al verte porque no es fácil olvidarse de esas pequeñeces, ¿verdad Eleanita?
Chico Potosme fantaseaba con asombro juvenil delante de Eleana, con el desparpajo labioso diciéndole: amor, mi Eleanita, mi Eleanita del alma. Voy a llevarte a la playa de Poneloya, a las alturas del Momotombo a pasear, pasearemos juntos por las isletas de Granada, nos iremos a Corn Island o a Big Lagoon, allá lejos por Laguna de Perlas. Y si no bajaba hasta los cuernos de la luna plateada, creciente, o luna llena mejor para que te ilumine. Y Eleana gozando con esos susurros sentimentales de Potosme.
Cada año, la escena era idéntica a las fantasías de Chico Potosme. Él salió de repente a encontrarla en el mismo sitio donde cinco años atrás había ido a despedirla. Y como antes en plena calle, en pleno mediodía gris, con el cielo desgajándose sobre la cúpula de catedral y sus torres. Veía los blancos calizos desvaídos de los edificios públicos, los tejados de las casas lavados por la lluvia, el olor oscuro del agua empozada, el paisaje urbano de tejados rojo lamoso, los patios húmedos, interiores enjardinados y las azoteas. Iba él en medio del gentío que vestía de floreado en apariencia de prosperidad naciente. Eleana miró el trajín de la calle céntrica del comercio, en eso que Chico la reconocía y la acompañaba entre alegre y nervioso hasta su casa.
La ciudad despertaba hacendosa al alba. Amanecía con sus pregones, relinchos y rebuznos de bestias de montar y de carga, cagajones de caballo regados por las calles, motores fatigados de buses y camiones soltando los pitazos rugientes a la hora de salida y mulas cargueras arreadas por campesinos que cruzaban las calles hasta la plaza pública, más bien plaza de armas porque era la plaza del Comando, hasta el Mercado, cruzaban el parque sombreado por las araucarias y las viejas banquetas de concreto solas, el kiosco y la glorieta verde celeste. La plaza semejaba un centro armónico, abierto por los cuatro frentes de catedral, del Comando, la fachada del edificio de la Municipalidad y del Club Social, como un eje de ese centro que oscila por sus cuatro costados. A mediodía, en apariencia de abandono, la gente dormita una siesta vencidos por la modorra. Es la hora de los bostezos, de un atardecer caluroso que lento y perezoso crece y decrece en un descenso curvilíneo, hasta posarse en el silencio de esa rutina cronométrica de la ciudad. El fragor del sol domina la ciudad y pareciera dormitar, mientras los establecimientos cierran sus puertas y la vida se traslada a los bares, comedores y restaurantes.
A Chico Potosme el regreso de Eleana le traía recuerdos de los barrios de Managua, junto a Fausto Perelas y a Crescencio Plata. Potosme por un instante se olvida de Eleana. Expectante espera el próximo movimiento de fichas de Fausto quien amenaza con un doble, mientras Crescencio observa el cambio de escenario en espera de su turno. Juegan tablero bajo la sombra de los robles blancos florecidos del parque Frixione, sentados en una banca gris de concreto.
— El que come de último, come mejor. Doble. Mueva ficha.
— Sesudo el hombre, pues, dijo Perelas. Crescencio a la espera de sitio, “Fausto acabará rápido con Potosme, este Potosme es poco memorioso”.
— Los hermanos Mambrús se fueron a la guerra, dijo Chico, quizás para ganar tiempo.
— Mambrús no, Mambrú.
(“Fausto cree saberlo todo”, piensa Crescencio).
— ¡Ah, este Fausto! Si son los hermanos Marduz. Los Marduces.
— No. Esos dos eran curanderos o brujos de Juigalpa, dicen las buenas lenguas, o de Estelí creo yo que era su procedencia, dijo Crescencio.
— Pero es Mambrú el que se va a la guerra y no Mardux, insiste Fausto.
— Se fueron o desaparecieron como el capitán Landa o el mismo Nilo Perelas. Y Chico Potosme mueve otra ficha y de payaso como si el juego no fuera algo serio y casi perdiendo, entona:
— Do, re, mi, fa, sol, la,
No sé si volverá.
Y Fausto rememora: “Mirundún, mirusté.”
(Qué tarasca con Mambrú, piensa Chico Potosme y memorioso recuerda: “qué virotes, que bufones, qué tontera, Nilo Perelas. Qué trompudo, qué tripón, el violón, do, re, mi, fa, sol, la, no sé si volverás”).
— Y qué es de Nilo Perelas, contame Chico, preguntó Eleana y saca a Chico de sus recuerdos.
— Dejó de enviar cartas hace casi un año o tal vez hasta más, quién sabe.
— Se acabaron pues las historias extrañas que contaba Nilo a su regreso.
— Pensábamos que quizás había muerto por fin. Tantas veces lo habían matado antes, que ya daba lo mismo darlo por muerto.
— Pero con Nilo nunca se sabe, vos sabés.
— Pero antes de que nos olvidáramos de él regresó tan campante hace un mes. Llegó de sopetón al salón de La Maruca y como si nunca se hubiera ido se presentó todo catrín. Hizo lo de siempre, escuchó los cuentos y la perorata del capitán Landa, hasta que La Maruquita lo mandó a callar. Y él estuvo tan rogado que no se le oyó la voz por esa noche, pero todo fue que soltara la lengua y no paró de contar sus penas y glorias en el extranjero.
Después lo encontré dos o tres veces sin querer donde La Maruca y, como siempre, desapareció otra vez sin decirle nada a nadie. Vos sabés Eleanitá que Nilo es como un fantasma, una especie de cadejo. Está y no está, viene a visitar a su madre, a saludar —dice él— a la gente y desaparece así como vino. Pareciera que se lo tragaran las sombras y luego a los meses o a los años reaparece a media calle, nítido, acicalado, empolvado, como galán de cine. Pero todas esas historias suyas son puro cuento de él para impresionarnos. Creo que Nilo inventa esas historias no sólo para dar lata con sus misteriosas desapariciones, sino para demostrar que él es mejor que todos nosotros.
La ciudad construida a lomo de indio y de mula, sobre carretas y viejos sueños de un ferrocarril condenado a desaparecer, a caballo entre pueblón y el urbanismo provinciano de una ciudad tercer tipo, acorralada por la maleza y los by pass, era la ciudad que Eleana recordaba, una historia de levantamientos de indios alzados con machetes, palos y piedras sitiando la ciudad, en protesta contra los vejámenes y el maltrato de los patrones, contra su condición de siervos, hasta que los soldados del Gobierno, armados de rifles y cañones aplastaron revueltas y rebeliones. Casi un siglo y aquella fatiga del viaje, la rutina de una burguesía agraria floreciente: plantíos inmensos de café, extensos algodonales, de gente rica pero castrada, redomados por una suerte de acomodo, esos hacendados descendientes de una oligarquía esclerótica, apocada, millonarios de espuela y caballo, mezclada con inmigrantes europeos de fin de siglo e hijos de la soldadesca gringa de la guerra contra Sandino, una suerte de fascistas en contubernio con el Dictador, y Eleana viviendo y rechazando todo aquello que ella empezaba a considerar falso, mentira, verdad a medias. Un círculo con apariencia de ridículo y hasta divertido aquello, pero que a la larga era una burla, el escarnio, una farsa.
Y Chico vuelve a los recuerdos. Fausto y Crescencio ahora jugaban taba, temerosos uno de los otros que la taba cayera panameña y el empeño en lances y tiros, tirando la tabla al suelo apelmazado y limpio, respetando las reglas sí, jodido, dice Crescencio. “Sin trampas, pintando culo y cayendo carne. Con carne se gana, con culo se pierde, con pinina o panameña se gana doble, si no, no hay juego”. Fausto gimiente, jadeante, fofo, grasiento, lerdo y sordo, hasta para agacharse el achacoso gime y jadea que se le va el último hálito de vida que le queda.
— Ahora sí vas a ver quién gana, este es mi tiro de la suerte — balanceó la mano calculando el peso de la taba — . Y vas a tener que pagar doble, el muy hablantín, y tanto mate para nada, el pobre Fausto.
Eleana había confiado a Moisés y a José Imer Garmundia ese raro efecto del miedo o del temor provocado por los rumores, cuechos, cuentos, mentiras, medias verdades, mentiras enteras tenidas por ciertas entre la gente de alcurnia y los recién avenidos a los círculos del poder, lo disfrutaba ella, porque alguien desconocido tejía y enseguida propagaba enfrentamientos armados contra la Guardia, funcionaba como un aliciente para derrocar a la dictadura. Era como otro capítulo del pasaje bíblico de Josué, el efecto mágico del sofar hebreo derribando las murallas de Jericó, como está escrito en Jueces 7, 16, el sofar o las trompetas judías sirvió a la táctica guerrera de Gedeón, “la música allá y el rumor aquí, clarines y trompetas allá, bocas, labios y trompas aquí. Pero cruel además”, alucinó ella, que se quedara en pie ese muro de las lamentaciones, sin darse cuenta según Josué que eso es y sería la evidencia de lo que vendría a ser el primer y último destino de la humanidad en los tiempos venideros. Encarnaba en ella ese anhelo a veces oscuro e indescifrable. Era hija de un incendio voraz que por dentro la consumía, como en el verso del poeta “Jamás detectaron el incendio de su sangre”. Y por eso, ella mejor que nadie era consciente de que ninguno quedaría a salvo de los tentáculos de esas voces de la memoria, porque algún día las habladurías pasarían a ser ciertas “como conspiración, acciones armadas en lo espeso de la montaña y el derrocamiento de la tiranía”.
Eleana entró a la ciudad con el recuerdo de Chico Potosme, de Nilo Perelas y de Moisés. Se despidió de Chico con un beso y un abrazo de amigos. Pensó en ir a saludar esa noche a don Juan Hidalgo, por “si acaso, por los acosos de la vida, pues nunca se sabe, con tantas malas noticias y que además llegan ligero, y de esas aprehensiones una debe librarse rápido, encararlas”. Y antes de que Chico se despidiera, apretándole las manos y buscando con los labios la mejilla de Eleana, ella le preguntó si era cierto que el viejo Hidalgo estaba grave, moribundo. 
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