JUEVES 21 DE ABRIL DEL 2005 / EDICION No. 23786 / ACTUALIZADA 02:45 am





EL HUMOR DE




El Papa que se necesita

El nombramiento del cardenal alemán Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) como nuevo Romano Pontífice de la Iglesia Católica cayó como un balde de agua fría sobre quienes esperaban que el sucesor de Juan Pablo II sería un “liberal” a la medida de sus gustos políticos y deseos ideológicos.

Sin embargo, para todos los verdaderos católicos y no sólo para los “conservadores”, cualquiera que hubiera sido el elegido tenía que ser bien recibido. En realidad, independientemente de los nacionalismos y regionalismos, y al margen de las preferencias de cómo y por quién debería ser conducida la Iglesia Católica, el nombramiento del Papa, el reconocimiento a su santidad y el respeto a su liderazgo y apostolado no tiene por qué cambiar debido a que se elige a una persona en vez de a otra.

Es más, la Iglesia Católica es universal y no tiene nacionalidad. Sólo por razones administrativas es que se habla de Iglesia de Alemania o Iglesia de Nicaragua. La Iglesia Católica representa una religión, una creencia, una fe que viene de Dios y trasciende etnias, razas, naciones y países. Un católico alemán, religioso o laico, es igual que otro católico de Nigeria en África, o de Honduras en Hispanoamérica.

Por supuesto que cada persona y líder tiene su estilo. Y aún en el caso de la Iglesia Católica su pontífice máximo pone en el ejercicio de la autoridad que le ha sido conferida la marca de su propia personalidad. Pero nada más. En términos generales se puede decir que todos los cardenales son conservadores y todos son también progresistas.

Por supuesto que la elección de uno u otro cardenal como nuevo Papa representa la visión y el sentimiento de lo que la mayoría de los cardenales electores cree que debe priorizarse en la Iglesia Católica, ahora mismo y en los años venideros. De manera que en el papado del cardenal Ratzinger habrá por una parte continuidad del pontificado del Papa Juan Pablo II, pero seguramente que con mayor énfasis en lo doctrinario, en la hermenéutica de la doctrina católica, en la espiritualidad.

Por otro lado, es interesante observar cómo en la elección del cardenal Josef Ratzinger se rompió la supuesta tradición de que los papables no resultan Papa, o, como dice la expresión popular en Roma, “quien entra Papa al cónclave sale cardenal”. Pero el cardenal Ratzinger era uno de los más papables, y salió Papa.

Realmente, desde antes del cónclave hubo señales que indicaban que Ratzinger sería el ungido. Su protagonismo durante la agonía y el funeral de Juan Pablo II fue extraordinario. Él era el decano del Colegio de Cardenales y a él le correspondió oficiar la misa solemne en el funeral de Juan Pablo II. Y antes de la elección pronunció una conferencia magistral sobre asuntos de la doctrina y la fe, ante sus pares cardenalicios.

Inclusive, desde antes de que Juan Pablo II enfermara de gravedad, un representante de Radio Vaticano, Stefan Kempis, le dijo a Deutsche Welle que el cardenal alemán, “era el más apto por sus valores y sus capacidades intelectuales”, para ser el próximo Papa. Además, el padre Eberhard von Gemmingen, también de Radio Vaticano, vaticinó que “Ratzinger obtendría la mayoría a su favor —en el cónclave cardenalicio— en la primera votación”. Su único error fue que la escogencia se hizo en la segunda votación.

Debido a que el cardenal Ratzinger ha estado al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, desde la cual hizo una defensa seria pero ilustrada y sabia de la Iglesia Católica, sus adversarios se encargaron de crear una leyenda negra en torno al ahora nuevo Papa. Pero, como aseguró a principios de febrero el antes mencionado Stefan Kempis, que conoce muy de cerca a Josef Ratzinger, éste “es uno de los pocos —entre los cardenales— que escucha y se interesa por su interlocutor”.

Sin dudas que debido a su edad el reinado de Benedicto XVI será relativamente breve. Pero por su sabiduría, su cultura, su firmeza de fe y la bondad con que trata a los demás, éste es el Papa que necesita la Iglesia Católica para llenar el inmenso vacío que dejó Juan Pablo II.
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