DOMINGO 10 DE ABRIL DEL 2005 / EDICION No. 23775 / ACTUALIZADA 02:30am





EL HUMOR DE




Medallón de Karol Wojtyla

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Jorge Eduardo Arellano

Como León XIII (1810-1903), quien cerró estelarmente el siglo pasado, Juan Pablo II (1920-2005) concluyó —con no menos espectacularidad— el XX. Si el “águila blanca” fue autor de la Rerum Novarum (1891) —lúcida respuesta a ese universalista mesiánico llamado Carlos Marx, cuya filosofía materialista determinaría la ciencia social de nuestro tiempo—, el contemporáneo no sólo fortaleció la misión divina de la Iglesia, sino que en el plano temporal fue el gran vencedor de Lenin.

Esta es la tesis de André Frossard desarrollada en su voluminoso libro El mundo de Juan Pablo II donde plantea, como causa del colapso comunista, la debilidad e inconsistencia antropológica del marxismo que redujo al hombre a mera función económica, considerando el resto ilusión metafísica, fábula religiosa, opio para los oprimidos. En otras palabras, el marxismo desvinculó la vida del espíritu. Y un proclamador de éste, desde su dominada y sufriente Polonia contra el Kremlin, fue siempre Karol Wojtyla.

En realidad, el hombre no puede vivir sin pan; pero tampoco sin espíritu, sin su relación con lo sagrado o lo “numinoso” (los sentidos de “creatura” y de “dependencia” surgen de esa realidad y no a la inversa), como diría Rudolf Otto. Igualmente no puede aceptar que le anulen esas necesidades de su cuerpo y de su alma. O, mejor dicho, su pan consagrado por el cielo. Pero vino el comunismo y arrancó ese bien terrenal-espiritual durante setenta años, no sin antes surgir Gorbachov, otorgando ciertas libertades (la Perestroika) y algunas verdades (la Glasnot) para propiciar, sin desearlo, su descalabro.

El sistema comunista había comenzado a tener su futuro vencedor en el cardenal Wojtyla, a partir de su elección papal en Roma el 16 de octubre de 1978. Once años después se desplomaba el Muro de Berlín, mientras Juan Pablo II enarbolaba la flameante gloria de Cristo, tras una labor ostensible y profunda a nivel mundial. Porque gracias a él, versofraseando a Apollinaire, “en Europa sólo tú no eres antiguo, ¡oh Cristianismo! y el europeo más moderno eras vos, Papa Juan Pablo II”. Tal es, en apretadísimo resumen, la tesis de Frossard sobre el Vicario del Amor que visitó Nicaragua en dos ocasiones: una, en medio de las tensiones de la Guerra Fría, cuando sufrió la apoteosis de la barbarie ideologizada; la otra; ya el país en paz, para recibir un verdadero homenaje en desagravio.

Como lo revela en su autobiografía, Juan Pablo II cruzó el Umbral de la Esperanza, exhortando: “No tengan miedo, no se acobarden”. Y en esa misma obra testamentaria nos recuerda que Cristo es la Roca viva que entregó a Pedro y a sus herederos y estará con todos al final de los tiempos. Porque él, como siervo de los siervos de Dios, imploró con su corazón al Tú trascendente y cósmico, en nombre de toda la creación; y, guiado por el Espíritu, predicó la superior dignidad de los hijos de Dios y proclamó su obra gloriosa.

Con ese fin, el Papa rezaba por todas las iglesias, por los misioneros y las vocaciones, por los que sufren y los difuntos, con las alegrías y las esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de hoy. Al mismo tiempo, redescubrió la piedad de San Luis Gringnon y actualizó a María —Redemptoris Mater—, desde la Anunciación, —pasando por el Nacimiento de Belén, el Banquete de las Bodas de Caná en Galilea y la Cruz sobre el Gólgota—, hasta el cenáculo de Pentecostés.

Por fin, como León XIII, Karol Wojtyla escribió versos. Los suyos, al contrario de los que aquél, no fueron consejos a la juventud, simples plegarias o recreos académicos, sino otra cosa. Autor del poemario Perfiles del Cirineo —Simón de Cirene, quien ayudó a cargar la cruz a Cristo—, Wojtyla fue un poeta de la solidaridad humana y de los obreros, de la comunión de los santos y de la Madre. Cantor de Estanislao (el obispo mártir de Cracovia, sacrificado por el rey Bodeslao en 1079), también ejecutó vuelos místicos y almacenó gran cantidad de futuro: “En mí se unen herencia y profecía”. No en vano su pontificado lo predijo en 1848 otro poeta eslavo, Julius Slowacki: “Amenazarán peligros /Entonces Dios todopoderoso /con un sonar universal de campanas /elevará al trono a un eslavo /como su nuevo Papa”.

El autor es director de la Academia Nicaragüense de la Lengua
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