De labores solis
Fanor Téllez
Te vimos salir aquella primera vez con tu báculo de acero como quien entre un puñado de hombres zarandeados por la tempestad se levanta para enseñarnos el trabajo de no tener miedo. Apenas, momentos antes, eras Karol Wojtyla, Obispo de Cracovia, seminarista de las catacumbas, un eslavo en la corte de Roma insinuando el signo de un reino para todos, una voz en el concilio, que Pablo VI quiso para bien de sí y de sus Cardenales, una Cuaresma donde fueras padre de todo ejercicio espiritual, y así, premonitoriamente, siervo de los siervos de Dios. Venías del terror de la svástica. Venías del terror de la hoz y el martillo. Y veías el terror del vacío en el reino de Mammón, Mammón, que se hacía ilusiones contigo, Mammón, que no entiende, Mammón, que es el caldo de todos los crímenes modernos y antiguos. Los magazines apresuraron unos datos: el poeta, el atleta, el pensador. Pero esa vez, ungido Juan Pablo II, joven y fuerte en la oscuridad de una época fascinada por la muerte y la idolatría, supimos, que tu verdadero venir era de donde el corazón del hombre late con poder del corazón del resucitado, quien tres veces preguntó a Pedro por el amor y tres veces le mandó apacentar a sus ovejas y tenías la quietud para distinguir al lobo y la atención para mantener el rebaño, que sólo dan las rodillas. Y venías también de una profecía, que Francesco Forgione, raile crucificado, con precisión te dijo al oído. Como Juan, el de Zebedeo, al pie del madero, te volviste a María, hijo entero, en un mundo que se niega la ternura de ser madre y de ser hijo y cómo y en cuántos lugares y veces, su señal ha dicho: no teman. Como tú en el principio: No tengan miedo de creer el Evangelio. Y cuando apareciste con tu vestido de Papa resplandeciste tanto, que esas vestiduras fueron aún pálidas y cualquier jactancioso salvador contemporáneo vino a verse como era, luz negra, falso profeta alucinado por sus sueños. Tú por la luz de Cristo revestido, diste el oriente, guardaste la doctrina y la unidad del cuerpo y la fe. No tengan miedo de creer, nos dijiste a todos, comenzando así un fin de tiempo. Un nuevo mundo. Y ya no hay muro de Berlín y la Cortina de Hierro se rasgó ¿quién contra Dios los podrá levantar? Tú con voz del Espíritu sellaste un tiempo, diciendo: Dios ha vencido en el Este. Pero aún otro campeón habrá de alzarse entre los humildes y otras cortinas y muros habrán de caer así hasta el fin, que las vírgenes prudentes aguardan con su lámpara y aceite suficiente de repuesto. Te vimos hacer la paz con los barbados patriarcas orientales y meditar en alta voz la unidad de todos con gestos cordiales a los hijos de Lutero. Te vimos clamar a la misericordia en Auschwitz mientras los rabinos cavilaban sobre la ceniza todavía tibia. Y en Jerusalén ante el Islam dijiste tu misa y callaste mientras el almuédano cantaba desde el minarete y fue justo y humilde y sabio reconocer y abrazar a Galileo Galilei y amplio compartir con el grato y fino tibetano Dalai Lama. No has tenido miedo de llevarnos a la paz. Ni la borrasca ni el oleaje ni la noche detuvieron tus pasos y los pasos de quien anuncia la paz son deleitosos para el excluido, el perseguido, el opreso, pero para el que respira muerte suenan como espanto. Esto es lo que sienten los demonios al solo nombre de Cristo, cubiertos de vergüenza. Y esto ha sido tu anuncio, el golpe urgido de sandalias en la vía hasta los confines de la tierra. Desde que te vimos salir con tu báculo, has hecho el trabajo del sol. 
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