La historia del rojito nicaragüense
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De acuerdo a las fuentes de Eddy Kühl, el origen del café se remonta desde el año 575 d. C., cuando se usó como bebida en Etiopía |
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Henry A. Petrie
Bajo el sello editorial Hispamer fue publicado Nicaragua y su café (2004; 376 Págs.) del empresario cafetalero e historiador matagalpino Eddy Kühl. En su forma y aspecto se trata de un hermoso, lujoso y costoso volumen, dirigido a un público lector de alto poder adquisitivo. Además de un breve por qué de la obra y de los agradecimientos, está estructurada por tres piezas de preámbulo —prólogo de Emilio Álvarez Montalván, elogio de Jorge Eduardo Arellano e introducción del autor—, catorce capítulos, una sección de anexos —siete documentos históricos en total— y los índices general y onomástico. A lo largo del libro se encuentran abundantes ilustraciones y fotografías históricas, en su mayoría.
El origen del café ha estado vinculado a leyendas, quizá la más conocida o popular es aquélla que se refiere al pastor Kaldi y sus cabras estimuladas por haber comido la fruta. Según se ha apuntado en diversos textos su consumo empezó en Abisinia, Etiopía, donde crecía en forma silvestre la modalidad llamada arábica. De aquí pasó a Arabia y a la India a través de peregrinos musulmanes que viajaban a La Meca. Sus propagadores principales fueron los holandeses que explotaron grandes plantaciones en sus colonias de Ceilán e Indonesia.
El traductor al francés de Las mil y una noches, Antonio Galland, tradujo también en 1699 The success of coffe (El éxito del café), considerado uno de los textos más antiguos que hace referencia al café, escrito por Abu-Bek —originario de La Meca— a inicios del siglo XV.
Eddy Kühl en su libro articula y profundiza en la historia del café en Nicaragua desde su introducción, difusión, incentivo y desarrollo del cultivo, proliferando en haciendas y beneficios —cuyo inventario es abundante—, hasta lograr su expansión e importantes índices de exportación. Se le ha considerado determinante en el proceso de formación de Nicaragua como estado moderno y en el alcance de grandes logros como el ferrocarril y el teléfono. Aparejado a la aparición de este grano, también tuvo lugar una significativa inmigración de europeos a nuestro país, en busca de oportunidades de inserción y crecimiento económico propio ante la crisis de Europa antes y después de la Primera Guerra Mundial.
De acuerdo a las fuentes de Kühl, el origen del café se remonta desde el año 575 d.C., cuando se usó como bebida en Etiopía. Según el investigador argentino Martín A. Cagliani, “el café llegó a Venecia, y por ende a Europa, en 1615. En 1643 aparece en París...” Luego, en su tránsito, siguió por las islas del Caribe en 1723 y conforme a la tesis del autor del libro que nos ocupa, “debió ser traído a Nicaragua en tiempos de la Colonia procedente de las islas del Mar Caribe: por contrabando, por refugiados haitianos o como planta decorativa” (p. 20), en 1796.
Según sus fuentes, precisa que las primeras plantaciones de café en Nicaragua se dieron en 1824-25 en la finca La Ceiba, jurisdicción de Jinotepe con el médico Manuel Matus Torres; su siembra comercial empezó en las Sierras de Managua un poco antes de 1845. Al respecto apunta: “El café empezó a tomar importancia comercial hasta 1850 por la demanda de los pasajeros a California durante la llamada Fiebre del Oro, quienes transmitieron el hábito de tomar café al pueblo local. Antes de eso se acostumbraba a tomar el tiste o chocolate hecho de cacao y maíz tostado y molido, el café desde tiempos de la Colonia sólo era tomado por el clero educado y élite según lo refiere Orlando Roberts en 1820 (p. 119).
El capítulo 7 refiere el cultivo del café en Matagalpa y Jinotega, departamentos de los que hemos conocido su particular volumen y fuerza productiva, que junto a los departamentos de Nueva Segovia, Madriz, Estelí y Chontales resultaron significativamente golpeados en su economía e infraestructura durante la guerra de los ochenta. Se nos entera que la primera persona en dedicarse a este cultivo en Matagalpa fue doña Katharina Braun en la finca La Lima, de San Ramón (1853-1857) y que La Fundadora, en Jinotega, ha sido la finca de café más grande de Nicaragua. En estos departamentos se radicaron numerosas familias europeas, contribuyendo al desarrollo de la región.
En la lectura encontraremos datos importantes y complementarios acerca de los distintos incentivos que aplicaron presidentes de Nicaragua, bondades de este cultivo, los niveles de rendimiento, calidad y exportación, así como apuntes de sus distintas crisis influidas por factores nacionales —guerras, fenómenos naturales— como internacionales.
Álvarez Montalván lo apunta en su prólogo, pero quiero ir más allá. El autor de este libro queda en deuda con los trabajadores del café. Ésos que vimos marchar desde haciendas lejanas en el norte del país clamando por trabajo y comida, ¿recuerdan? Fue producto de la crisis profunda de la producción cafetalera.
En 376 páginas, Eddy Kühl sólo dedica diez líneas para referirse a las condiciones sociales de los trabajadores. Amargo sabor, cuando ellos son protagonistas importantes de esa historia, también. ¿Qué se tiene que decir acerca de sus reales condiciones de trabajo, de vida, de sus beneficios? Existen muchos pequeños productores que en realidad son familias pobres dedicadas a este cultivo, ¿no cuentan? Lo que hoy existe como presente ha sido construido por acciones del pasado. El abaratamiento y emigración de la mano de obra nicaragüense es una realidad, en Costa Rica la afluencia es masiva. Siendo un libro que también analiza los elementos de la crisis cafetalera del siglo XXI, es inadmisible, precisamente por razones históricas, que no se haya profundizado en la problemática de ellos aunque sea por justicia.
El libro está disponible en librerías Hispamer. 
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