Francisco Umbral: Memoria viva y rebelde
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El escritor español Francisco Umbral. |
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Carmelo Lattassa/Efe reportajes
Umbral tiene muchos méritos, todos merecidos, entre ellos el de ser un gran trabajador. Hasta el punto de que, en vez de estar disfrutando de un dulce retiro, ha preferido seguir haciendo las veces de francotirador en la columna que escribe en un prestigioso diario de España. No le ha detenido ni tan siquiera la enfermedad que le ha aquejado los últimos tiempos. No pide compasión, y tampoco la tiene con nadie, por supuesto literariamente hablando. Es tal vez por eso que Días felices de Argüelles es un libro de gran importancia en la obra de este grande de las letras hispanas.
¿Es usted un eterno rebelde?
No pertenezco a ningún grupo, pero si así fuese, sería un grupo que ya está mayor, que ha envejecido en la disputa por la verdad. Y la verdad no es buena, ni necesaria, ni noble; la verdad es sólo una herramienta para decidir el qué hacer. Por eso pertenezco tal vez a un grupo de bandidos. De bandidos por naturaleza, de ladrones, porque la posguerra nos hizo ladrones ya que había muchos ricos y mucho que robar.
Estoy humildemente acomodado, pero ya no le robo nada a nadie, ni siquiera robo metáforas a los grandes maestros que siempre han sido los mismos para mí. Lo único que espero es que ya no se me atribuyan más hijos bastardos con la alta burguesía madrileña, porque me crea un problema que no sé cómo resolverlo, y además ya no tengo edad.
¿De todas las mujeres que aparecen en su libro cuál no le ha vuelto a dirigir la palabra?
Recuerdo en Escocia a una mujer que me invitaba a comer, y me daba trece platos, todos de pescado. Claro, aquello era agobiante, inevitablemente dejamos de dirigirnos la palabra, porque era un intercambio de pescado tal que parecíamos una empresa de atunes y sardinas.
Ha escrito en la mayoría de los diarios de España ¿podría describir el panorama periodístico de España en la actualidad?
Eso da para una conferencia, pero en resumen creo que el panorama periodístico ha mejorado sustancialmente. El periodismo gana en proporción a la libertad, a medida que se han ido consiguiendo mayores libertades, la libertad periodística ha crecido. Se dicen más cosas, más verdades y mentiras, pero tiene una presencia ineludible. De hecho, los periódicos se compran mucho más y se usan mucho más. La libertad concede un ámbito más amplio, y más verdadero a la prensa.
Eso también da mucho margen para que se escriban falsos testimonios, se abuse de esas libertades y que se dé la escritura partidista y algunas deformaciones como el separatismo, el cantonalismo, el nacionalismo, la periferia y todo eso. Por eso decir España cada vez está peor visto y resulta incluso un poco “gay”.
Esto no sé qué solución tiene pero creo que si la hay es política y no periodística. Necesitamos una prensa más justa y verdadera, hoy más que nunca. Hace falta que dejemos de recoger en las noticias cosas que no merecen la pena ser comentadas ni en el autobús. Hemos ganado mucho gracias a la democracia, al socialismo y al liberalismo económico, pero no nos podemos dormir en los laureles.
ADMIRACIÓN ABSOLUTA POR CAMILO JOSÉ CELA
¿Lleva tiempo publicando memorias, le queda algo por contar?
Creo que me queda por contar todo lo que no tiene ningún interés, todo lo que no vale la pena ser contado. Hay cosas que no vale la pena contar, para eso están las cartas al director, que suelen resultar totalmente anodinas.
Admira a Camilo José Cela, ¿alguna rectificación al respecto?
No, no tengo nada que rectificar, mi admiración por Camilo José Cela es absoluta. El contacto máximo que he tenido con su literatura me ha proporcionado mucha sabiduría. Las desavenencias que se produjeron en torno a él, tiene que ver con ciertas cosas que he escrito y que aluden a algunas mujeres.
Sólo escribí pasajes en la vida de un maestro que había sufrido mucho con el asunto de las mujeres, y esto no le gustó a ciertas señoras que fueron directamente aludidas. Por eso no es que tenga algo que rectificar, es que no sé qué rectificar.
¿Por qué no abordó el tema de los viajes en otros libros?
Porque para mí era más urgente hablar del mundo de la literatura, de la posguerra, de Valle Inclán y lo que le rodeaba. Antes seleccionaba más lo inmediato que esta parte de viajes. El título de Días felices en Argüelles está puesto con cierta ironía porque apenas pasa por Argüelles. Pero este libro no está escrito porque me sienta preso de Madrid, tampoco hay nostalgia, lo hice con ánimo de cosa ligera y rápida.
Cuando uno escribe sus memorias, aprende sobre todo sobre sí mismo. Hay episodios, arte y cosas que deben ser consideradas despacio y que si no se escriben, no irán a ninguna parte. La mejor manera de conocerse a uno mismo es escribiendo
EN BREVE
Francisco Umbral nació en Madrid el 11 de mayo de 1935, aunque siendo muy niño es llevado a Valladolid, donde residirá durante su juventud y se inicia como periodista bajo el magisterio del escritor Miguel Delibes con quien, a partir de 1958, daría sus primeros pasos en el diario El Norte de Castilla.
De su obra literaria destacan: Memorias de un niño de derechas (1972), Las ninfas (premio Nadal, 1975), La noche que llegué al café Gijón (1977), Trilogía de Madrid (1984) y Leyenda del César Visionario (premio de la Crítica, 1992).
El año 1964 consigue el Premio Nacional de Cuentos Gabriel Miró, en 1975 el Carlos Arniches de la Sociedad General de Autores, y el Eugenio Nadal.
Doctor “honoris causa” de la Universidad Complutense, en 1996, recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y, un año después, el Premio Nacional de Literatura.
En el 2000 es galardonado con el Premio Cervantes de Literatura, cuyo jurado consideró que su obra había contribuido a enriquecer el legado literario del castellano haciendo especial hincapié en su faceta de creador e innovador del lenguaje.
El escritor Francisco Umbral (Madrid, España, 1935), publica sus memorias de viajes en Días felices en Argüelles, libro en el que según él mismo afirma “sólo hablo bien de mi gata”. Umbral invierte en 23 capítulos su intención de construir sus memorias, llenas de faltas de respeto a mucha gente, pero también de una saludable crítica a los personajes de su tiempo 
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