Verdad y aventura del Quijote
Francisco Umbral
El Quijote es una novela a dos voces, un relato duplicado donde cada episodio, cada novedad, cada sorpresa es pasada primero por el filtro fino y retórico del Caballero, y luego por el filtro grueso, tosco y verídico del escudero. O bien al revés. Mediante este juego comprobamos que lo que es verdad en una voz es mentira en la otra y a la inversa. Así, en el Discurso de las Armas y las Letras Don Quijote dice la verdad y su verdad, adelgaza la voz hasta el punto de que a quien se oye, detrás de él, es a Miguel de Cervantes predicando a los españoles. Y cuando Sancho Panza refiere, por ejemplo, los palos que le han dado en el famoso manteo, todo tiene verdad inmediata, pero también advertimos cuándo y cómo el escudero se da a exagerar.
Estudiaba Borges este asunto llegando a la conclusión de que el mayor encanto del libro está en ese vaivén entre lo culto y lo popular, tan delicadamente llevado por Cervantes y que tanto ameniza la novela. El Quijote es libro que puede leerse como novela de aventuras, alegremente, y puede leerse como ejercicio doble y múltiple del castellano, o sea estudiarse.
Esto se ve mucho más claro si comparamos El Quijote con la novela del siglo XX. Marcel Proust, Joyce, Thomas Mann, Huxley, Musil, etc., inventan la novela de reflexión, de inacción o de acción interior, pensativa, psicologista o puramente lírica, llegando a la “prosa del Arte”, que es como nuestro inolvidable Lázaro Carreter definía este género. Se trata de una reacción muy fuerte, aunque elegantemente llevada, contra la novela quijotesca, que no había perdido vigencia pero sí categoría social, descendiendo de los caballeros andantes a los burócratas galdosianos, por ejemplo.
La acción, la aventura, anda ya por alturas siderales, con la ciencia/ficción, de modo que no hay parentesco con El Quijote y demás picarescas y caballerías, salvo el curioso episodio de Sancho en caballo artificial, que es efectivamente un cuento de ciencia/ficción prodigiosamente adelantado en el tiempo.
Precisamente, lo que fascina al lector de la serie negra o del western o de los piratas es la novela intelectual, la herborización de la novela en otras mil novelas interiores, como se da en El Quijote. Toda la novela del siglo XX ha sido estática, conversacional, meditabunda, psicologista, irónica y perezosa. Hay que volver a los griegos para encontrar una narración tan viva y alocada como El Quijote. La eternidad de este libro está en que no ha perdido el encanto de la aventura, pero anuncia ya el enlagunamiento de la reflexión.
La eternidad de este libro está en que no ha perdido el encanto de la aventura, pero anuncia la reflexión. 
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