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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 9 DE ABRIL DE 2005
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Für Elisa

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Blanca Castellón.

 

Sergio Ramírez

Hay una vieja anécdota literaria que se atribuye al humor de Borges, y trata de una vez que algún admirador suyo creyó reconocerlo en la calle, se acercó, y la preguntó: “¿Es usted Borges?” Y él, impertérrito, apoyándose en su bastón, respondió: “No, yo soy el otro”. Se confirmaba así a él mismo, con mucho humor, como el maestro de la dualidad. Por eso de la dualidad es que Borges tanto admiraba a Robert Louis Stevenson, el escritor victoriano que acabó de convencernos de que dentro de nosotros luchan siempre un doctor Jekyll y un Mister Hyde, ángel y demonio, aire y carne, infierno y cielo.

Pero el juego de las dualidades viene de lejos. Nada me acerca más a la fascinación del misterio que la lucha nocturna de Jacob con el ángel a orillas del río Jabok. Lucharon toda la noche, dice el antiguo testamento. ¿Pero qué clase de ángel era aquél? ¿Un ángel de inocencia, o el ángel caído en el precipicio de las tinieblas? ¿Era Jacob derrotándose a sí mismo, al mister Hyde que llevaba adentro? ¿O, prisionero dentro de sí mismo, luchaba Jacob por su libertad, el don más preciado que el cielo le ha otorgado a los hombres, y al que ningún tesoro enterrado bajo la tierra u oculto en el mar se le puede comparar, según Nuestro Señor Don Quijote?

Blanca Castellón, llena de gracia, podría responder igual que Borges: “Yo soy la otra”, o más simplemente: “Yo soy Elisa”. Un yo femenino compartido y disputado, que en su contienda de dualidades tiene por árbitro a la poesía. Y acercándonos nosotros a la frontera del misterio, podríamos preguntarle a ella también: ¿Contra quién lucha Elisa toda la noche? ¿A quién le reclama su libertad? ¿A quién termina sometiendo a sus dictados caprichosos? Blanca y Elisa, Elisa y Blanca, han luchado toda la noche. Son sus cuerpos iluminados los que resplandecen con el alba, exhaustos.

¿Pero cómo se consigue convivir con el ángel? Es esa dualidad la que Blanca Castellón nos explica en este libro de preguntas, Los juegos de Elisa; y debemos empezar por aceptar que el yo oculto que llevamos en nosotros, y que nos invita siempre de regreso al paraíso, sólo se puede explicar con preguntas. Elisa, la inocente, la despistada, la que “tiene fama de ausente, por su exagerada atención a la música que interpretan los años, cuando se desintegran en el interior”, es dueña de la espada de fuego que nos aleja del paraíso, y de la manzana “roja, brillante y pura” que nos invita a acercarnos siempre al árbol del bien y el mal.

¿Quién quiere jugar los juegos de Elisa?, “la enlunada, la loca la distante/ la que aprendió en la claridad inmensa/ los símbolos de Dios, en tierra y agua”, prestando a Manolo Cuadra las palabras de su soneto. Para aceptar la propuesta lúdica de este ser etéreo y huidizo, debemos pasar con ella al otro lado del espejo, el mundo donde todos los juegos son reales. Elisa es Alicia. Y son reales porque allá de aquel lado existe la plena libertad que nos es negada en este otro mundo, bajo la camisa de fuerza de las convenciones y los ritos sacramentales de cada día, que forman las reglas de la convivencia sana, frente a las que siempre terminamos rindiéndonos. Pero todos los juegos pueden ser jugados al otro lado del espejo, el país de Elisa, Elisa en el país de las algarabías. En cambio, aquí, de este lado, siempre “arranca la nota discordante de lo que llamamos mundo”.

Pero no hay juegos sin reglas, aún los juegos más desconcertados, o desconcertantes. Hay que sacar los pensamientos de la cabeza, como hace Elisa, la otra. “Con ellos decora los rincones vacíos del hogar. Llena las alacenas. Los coloca en repisas, mesas de noche, los reparte con equidad entre las flores malas de su jardín para que la dejen en paz. Para no enloquecer”.

¿Y a qué juega Elisa, al fin y al cabo? Juega a ser Blanca. ¿Y Blanca, a qué juega? ¿Quiere sacarse a Elisa de encima, o la quiere debajo de su piel? Al otro lado del espejo, cualquier cosa puede ocurrir. Los metales se transmutan, las entidades se confunden, las almas se desdoblan. Allá, no hay que rendir cuentas a nadie.

Y ese reino al otro lado del espejo, ¿qué territorio representa, o a cuál se parece más? Al de la infancia perdida, a la que sólo podemos regresar atravesando esa pared invisible pero tan sólida que forman los espejos, cuando llegamos a adultos. Siempre, de niños, nos inventamos otro yo que habla con nosotros, o lo inventamos para que hable con nosotros, porque desde entonces estamos buscando artilugios contra la soledad. Y desde entonces damos un nombre a ese otro yo compañero que nos acompaña en los juegos, al que hablamos con toda confianza, y al que nadie, sino nosotros, puede ver. Claro, vive al otro lado del espejo, y desde allá nos habla, y desde allá nos llama. Elisa nos llama a jugar. Es cuando los años comienzan a desintegrarse en el interior de nosotros, que más necesitamos a Elisa, y mientras ella no ha encontrado aún las respuestas, nosotros insistimos en hacerle todas las preguntas.

Desenfadada y triste, Elisa modula sus alegrías como quien pulsa las cuerdas de un arpa. Es un ser de risas muertas y algarabías mudas, como ella misma nos repite. Y exagera, exagera, todo el tiempo exagera. ¿Y qué es la libertad sino una exageración? Elisa no es una amiga confiable, porque vive en estado perpetuo de rebelión, y sus inconformidades son constantes. Un ser de cualidades extravagantes. Oigan, por ejemplo: “Endurece con pegamento las antiguas historias que su madre dejó escritas, para que jamás olvide de donde viene su mal genio y su afición por inventar los nuevos giros de la pasión”.

¿Pero de qué material está hecho el espejo a través del cual se pasa al otro lado, al mundo de Elisa? De la sustancia de la poesía. Ni Elisa ni Blanca existirían sino a través de las palabras. Un espejo lleno del “humo de la poesía puede confundirlo todo”. Pero cuando la humareda se despeja, lo que sobrevive son las palabras. Es por medio de las palabras que Blanca va a seguir siempre preguntando a Elisa.

¿Qué hay que hacer entonces para entender a Elisa? Lo mismo que hace ella, y lo que hace Blanca, hermana siamesa de Elisa, “que arroja sus bajas pasiones literarias por los escalones hacia el infierno”. Pues para no pisar tierra, hay que correr cielo.

A propósito del libro de Blanca Castellón  
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Für Elisa


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