La “piñata”, quince años después
El lunes de esta semana LA PRENSA publicó un reportaje especial sobre la “piñata” sandinista, como se le llama a la gigantesca apropiación abusiva de propiedades y bienes ajenos —pertenecientes al Estado y a muchísimas personas particulares— que hiciera el FSLN después que perdió las elecciones del 25 de febrero de 1990 y de que se viera obligado a entregar el Gobierno, el 25 de abril del mismo año.
“Uno no se imagina que un país como Nicaragua, que exporta escasos 600 millones de dólares anuales, haya pagado en los últimos 15 años, mil 104 millones de dólares en ‘bonos de indemnización’ para resolver el problema de la propiedad, generado por la denominada ‘piñata’ sandinista”, señala el periodista Jorge Loáisiga en el reportaje estelar del lunes recién pasado. Y agrega el investigador periodístico que: “Otros 500 millones de dólares, financiados con el Presupuesto General de la República y préstamos de la comunidad internacional, se han unido para sufragar los gastos del aparato burocrático que intenta resolver el problema de los miles de casos de la propiedad surgidos desde 1979, a raíz de las confiscaciones del régimen sandinista liderado por Daniel Ortega”.
La justificación que dieron los sandinistas a la “piñata” fue que se trataba de una obra de “justicia social”, para favorecer con viviendas, terrenos urbanos, propiedades agrarias y diversos otros bienes, a miles de familias humildes de Nicaragua que habían apoyado la revolución; pero también para “compensar” a los combatientes sandinistas que arriesgaron la vida en la clandestinidad y la lucha armada contra el somocismo, pues, como dijera el general sandinista ahora retirado, Humberto Ortega, no podían bajar del poder en bicicleta.
En realidad, el aspecto más significativo de la “piñata” sandinista no fue la repartición de viviendas y lotes urbanos populares, sino el descomunal enriquecimiento de un reducido número de personas —que ahora son dueños de toda clase de empresas industriales, agrarias y de servicios, lo mismo que de bienes artísticos y culturales, inclusive de carácter religioso, que “desaparecieron” de templos y museos— que forman la nueva oligarquía sandinista cuya riqueza como grupo económico se estima que es la segunda o tercera del país.
Ahora bien, el costo terriblemente oneroso de la piñata sandinista no es sólo la enorme cantidad de dinero del Presupuesto nacional que se ha usado y se debe seguir erogando para indemnizar a los antiguos propietarios, a quienes les robaron sus propiedades y bienes materiales, ni el gran gasto en los trámites burocráticos de las dependencias estatales encargadas de atender el problema de la propiedad. Otro problema tan grave como ése, o peor inclusive, es el de la inseguridad jurídica y de la inestabilidad social de la propiedad, que hay todavía en muchas partes del país como secuela de la “piñata” sandinista. Inestabilidad e inseguridad de la propiedad que es el mayor freno al desarrollo nacional y que cada uno de los tres gobiernos democráticos que sucedieron al sandinista, no han podido resolver, y en algunos casos más bien lo empeoraron.
Es muy importante y necesario recordar esos acontecimientos históricos que dejaron una profunda e imborrable huella en la sociedad nicaragüense. Hechos como la “piñata” sandinista no se deben olvidar jamás, pues “el pasado, si no es plenamente asimilado, se hace siempre presente”, según señaló correctamente el filósofo mexicano recientemente fallecido, Leopoldo Zea, tal como lo recordara Alejandro Serrano Caldera en un artículo de opinión publicado en LA PRENSA del domingo 3 de abril corriente. O, como dice el filósofo norteamericano George Santayana: “Los que no aprenden de los errores del pasado están condenados a repetirlos”.
En realidad, según diversos analistas políticos el FSLN podría ganar las próximas elecciones nacionales y volver a dominar todo el poder de la nación. Y como sigue siendo el mismo partido revolucionario, socialista y enemigo de la propiedad privada de la “oligarquía” —como llaman los sandinistas a todos los propietarios y empresarios que no son ellos mismos o sus aliados y simpatizantes—, cabe entonces la posibilidad y es justificado el temor de que al volver a dominar todo el poder del Estado el FSLN hará más o menos lo mismo que hizo en los años ochenta del siglo recién pasado, incluyendo una nueva “piñata” sandinista.

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