JUEVES 23 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23581 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el escritor

Foto  

 

Jorge Eduardo Arellano



A lo largo de sus 53 años y 85 días de vida, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (23-IX-1924/10-I-1978) manejó la pluma constante e intensamente. No fue, a plenitud, un creador literario (sólo se conoce un poema titulado Rojo, en un periódico de los años cuarenta: El Universitario). Pero sí un autor, un transmisor de ideas, un cronista, marcado y absorbido por la política. Es decir, un periodista que devino a la larga en narrador y por una especial circunstancia.

Con el ejemplo paradigmático de su padre, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya (1891-1952), que como él fue abogado y periodista, el primer tipo de escritura que asedió fue la disertación académica o monografía de grado en México: El Derecho del Trabajo en Nicaragua (1948). Nada nuevo contenía, excepto el trasfondo ideológico social cristiano que ya se vislumbra en su pensamiento reformista.

El segundo tipo correspondió a la denuncia testimonial del régimen que repudiara siempre: “Los Somoza: la estirpe sangrienta” (1957), editada también en México y reeditada en Argentina, Nicaragua y, de nuevo, en México, con prólogo de Gregorio Selser. Se trata de una crónica objetiva e impactante de su encarcelamiento en Managua, condenado por el atentado mortal del Presidente, general Anastasio Somoza García, el 21 de septiembre de 1956.

La tercera forma discursiva a que recurrió Pedro Joaquín fue el diario personal, en dos oportunidades. Uno surgido de la experiencia carcelaria a raíz de su captura como guerrillero en Olama y los Mollejones, expedición aerotransportada desde Costa Rica en mayo de 1959; el otro de su madurez política, anotado por su hijo Carlos Fernando: Diario Político (1990), escrito entre febrero de 1975 y diciembre de 1977.

Una cuarta forma a través de la cual expresó su escritura fue el reportaje de reconocimiento geográfico, cultural e histórico de nuestras zonas fronterizas: la de con Costa Rica y el Río San Juan: Los pies descalzos de Nicaragua (1966) y la del norte con Honduras y el Río Coco: Nuestra Frontera Recortada (1967). Mas no se reducen a esas dimensiones: ambos descubren una Nicaragua marginal y hermosa, una voluntad de hacer patria y conciencia nacional.

Un quinto discurso es el propio del ensayo político, coyuntural y programático. Tres folletos, poco conocidos, los ilustran: Hacia una acción política (1965), 3 diálogos a la fuerza con Somoza (1973) y Negación de un proceso democrático y violación de los Derechos Humanos de Nicaragua (1976). En los tres plasma sus ideas democráticas y el proyecto que defendía.

El sexto discurso al que recurrió, tras asumir la dirección de LA PRENSA en 1950 —aunque la codirigía desde el 48— fue el de su tribuna diaria en el periódico de su propiedad: los editoriales. Éste fue el vehículo en el que volcó su oposición sostenida e intransigente al “somozato”, pero no sólo eso: también el diseño de una Nueva República, que él llamaba “de papel” y confiaba, con el apoyo cívico del pueblo, en instaurar. Dos muestras selectivas de sus editoriales se han realizado. Una compilada de Rolando Steiner, quien los editó en el volumen 5 p.m. (1967), hora en la que los leía desde la Radio Centauro. La otra de José Emiliano Balladares, quien los reunió en Revista del Pensamiento Centroamericano (Núm. 158, Enero-Marzo, 1978): Tres décadas de pensamiento editorial. Si aquél las dividió en seis apartados (Principios y reflexiones, Material social, Problemas comunitarios, Récord de una dinastía, Enfoques internacionales y Enseñanza de los entierros), éste en siete (Un hombre de bien, Coyunturas, Abogado de la dignidad humana, Nacionalización del Ejército, Proyección pública de la iniciativas privadas, La Revolución de la Honradez y Varia lección). Bastan estos acápites para rendirse cuenta tanto de los aspectos doctrinales y abstractos como de los pernales y concretos que asediaban su pluma y pensamiento.

Pero el séptimo discurso —menos convencional y hasta inesperado de alguna manera— fue el que, aprovechando la censura oficial desatada de 1975 a 1977, logró dar: el narrativo. Dos novelas cortas: Juan Marchena (1976) y Richter 7 más un libro de narraciones: El enigma de las alemanas (1977), distinguido con el primer premio en el concurso promovido por el Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica el 12 de octubre de 1977.

Sin duda, en este discurso radica su contribución a la narrativa nicaragüense contemporánea, independientemente de la praxis política de su autor. En Jesús Marchena, Pedro Joaquín perfila un personaje popular, en torno del cual convergen historias de ricas connotaciones orales dentro del entorno rural del departamento de Rivas; en Richter 7 sondea la frustración nacional como horrible pesadilla, al mismo tiempo real e irreal, en el contexto del terremoto de 1972, fijando una radiografía de la capital destruida y del sistema político tenebroso; y en El enigma de las alemanas y otros cuentos demuestra la habilidad al asimilar la impronta de la lectura de Gabriel García Márquez.

Perteneciente a su tercer libro (otra radiografía: la interna de un país que aparece como una gran provincia de desheredados bajo el dominio de un poder ominoso) el relato, o narración larga, Tolentino Camacho es el más creativo de las piezas que lo conforman. Inspirado en el personaje histórico Félix Pedro López, trata de la alucinante vicisitud de un pobre maestro que, víctima de una broma, se cree candidato para las elecciones presidenciales en oposición al dictador. Camacho termina por tener un seguimiento popular que turba al presidente vitalicio del país. De aquí la decisión del “mandatario” de pasar a la contraofensiva, y ordena prisión de Camacho.

Fundándose en su dura experiencia personal, Pedro Joaquín denuncia la violencia de los soldados frecuentemente gratuita, y por eso más desconcertante. De la prisión, Tolentino Camacho vuelve a la libertad con mínimas ventajas materiales —fondos para una revista cultural, un aumento de estipendio—, previa renuncia con declaración escrita a toda actividad política; renuncia que al final redacta por aquellas acaloradas insistencias de la esposa. Y vuelve la tranquilidad para el Presidente, personaje en el cual el escritor representa claramente a Somoza García, descrito como un grueso señor mezcla de latifundista y “cowboy”. No es “Tolentino Camacho” la única pieza sobresaliente de su último libro; pero sí la más apasionante. Y tendría que ser incluida en una antología del cuento nacional e incluso centroamericano.

El autor es historiador
.


---
 
 

Derechos Reservados 2002. La información contenida en este medio de comunicación, no puede ser reproducida ni publicada, parcial o totalmente, en ningún otro medio de comunicación privado o público, sin el consentimiento por escrito de LA PRENSA S.A
 

 

“Pedro vive entre nosotros”

Sobre Pedro Joaquín Chamorro Cardenal

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el escritor

El Patriota en sus ochenta