Democracia en América Latina
Kofi Annan
Hoy en día, los latinoamericanos están construyendo sus democracias con paso firme. La mayoría de ellas está sólidamente cimentadas en largas tradiciones democráticas. Otras, más jóvenes, todavía luchan por echar raíces fuertes. En cualquier caso, las sociedades latinoamericanas eligen a sus gobiernos en las urnas. Los resultados son a veces precarios y han encontrado oposición en la calle. Sin embargo, desde Venezuela hasta Bolivia, los enfrentamientos sociales potencialmente explosivos han sido resueltos dentro de un marco constitucional.
En los últimos 20 años América Latina ha luchado contra una inflación galopante, ha aumentado sus exportaciones, ha atraído inversión extranjera e incrementado la inversión en salud, educación y otros servicios sociales. Los resultados están ahí, a la vista de todos. Se ha sacado a muchos de la pobreza. Otros han comenzado a gozar de una vida de clase media. En la mayoría de las zonas urbanas, la población tiene hoy acceso al agua potable. La tasa de mortalidad infantil se ha reducido a casi la mitad de lo que era hace 25 años. La educación primaria es casi universal, y la enseñanza secundaria se acerca ahora al 60 por ciento. Además, se han hecho grandes progresos en la labor encaminada a que las niñas lleguen a los mismos niveles de educación superior que los niños, e incluso los superen.
No resulta sorprendente que todos estos logros se hayan alcanzado en un momento de avance de la democracia y del fortalecimiento constante del Estado de derecho.
¿Por qué, entonces, esa falta de confianza en sí mismo? ¿Cuál es el motivo de las frustraciones expresadas en los estudios y debates en torno al informe sobre la democracia que ha sido patrocinado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo? Sus autores han planteado una enojosa paradoja: América Latina ha forjado una excelente tradición democrática, pero la democracia aún no ha logrado responder realmente a las aspiraciones de los pobres de la región. El voto no ha producido un trabajo estable ni una mesa bien provista ni derechos de propiedad, y para muchos pueblos indígenas ni siquiera un sentido de verdadera participación en la vida política de sus países. La democracia todavía no logra derribar las barreras de la exclusión. Hoy en día, en algunos sectores, incluso se le pone en entredicho por ser parte del problema, y no de la solución. De ahí la tentación de recurrir a medios no democráticos.
Las dificultades a las que se enfrenta América Latina no se pueden abordar volviendo a los planteamientos fracasados de antaño. Sólo se pueden abordar a partir de los logros ya alcanzados, con amplias reformas que hagan de la promesa de la democracia una realidad para todos los ciudadanos. El objetivo debe ser que todo país latinoamericano se convierta no sólo en una democracia electoral, sino también en una democracia de los ciudadanos. Es preciso que éstos vean que se están protegiendo sus derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, y que sus necesidades más fundamentales son la mayor prioridad de sus gobernantes. Deben tener motivos para confiar en que su voto se traducirá en mejoras en su vida diaria, y permitirá a sus sociedades crear consenso sobre las reformas que se necesitan para lograr más avances democráticos.
Para ello hace falta, en primer lugar, liderazgo político, y el liderazgo también es responsabilidad de los partidos políticos y los sistemas de partidos, que se deben reformar si se pretende que desempeñen la función que deben desempeñar. Asimismo, se debe ampliar la participación de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones por medio de asociaciones auténticas entre los gobiernos y la sociedad civil.
Las instituciones públicas deben ser también suficientemente fuertes para resistir la corrupción, y suficientemente transparentes para ser sometidas a examen, y deben contar con los recursos que garanticen acceso a los servicios de salud, educación y demás servicios sociales básicos. En ningún otro ámbito es esto tan importante como en el de la educación, sobre la que descansa la fortaleza a largo plazo de sus democracias.
Sé que es difícil construir una sociedad más justa en casa si las reglas del juego no se cumplen a escala internacional. Comparto la opinión generalizada en la región de que necesitamos un orden internacional más justo y más eficaz. Un sistema multilateral más democrático. Aunque, si nos planteamos escoger entre democracia y desarrollo, o entre desarrollo y seguridad, estamos fingiendo opciones. Las grandes dificultades que entraña construir una democracia, fomentar el desarrollo y promover la seguridad, están estrechamente relacionadas, y todas las naciones tienen motivos para trabajar juntas con miras a vencerlas.
El autor es Secretario General de las Naciones Unidas

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