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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 18 DE SEPTIEMBRE DE 2004
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La abuela de los Incer

Foto  
.Y su libro Serán cenizas

Vereda, óleo sobre tela, 2003, Mario Agüero.

 

Jorge Eduardo Arellano

Angelita Robleto de Barquero —maestra graduada al inicio del siglo XX— nos narra su vida y la de los suyos en un espacio entrañable: Boaco. Ciudad terminal, culta y oculta, esta población ha merecido numerosas páginas monográficas y de memorias, firmadas por intelectuales e hijos suyos como Julián N. Guerrero (1907-1993), don Emilio Sobalvarro, Moisés Sotelo, Salvador López Zamorán y, por supuesto, Armando Incer Barquero (1930), nieto mayor de la autora.

Pero esta obra de título quevediano —escogido por el último, editor literario a la vez— es única en su género. En primer lugar, la escribe una mujer y en edad avanzada, si no me equivoco, sin precedente en el país. Una esposa, madre y abuela, cuya vocación y ejercicio magisterial sellan su personalidad.

Espontáneamente, con un fluir oral a flor de sentimiento y un trasfondo ético cristiano, despliega una privilegiada memoria para fijar sus recuerdos. Los primeros son los de su Camoapa natal. Entonces —hablo de la última década del siglo XIX—, “un humilde pueblito... formado por pobres casucas en su mayoría de techos de paja y teniendo por piso el duro suelo, limpio y reluciente, merced a la laboriosidad de sus moradores, quienes contínuamente hacían embarros para mantener compacto el polvo que el tráfico desprendía de la superficie”. (p. 12)

Así, tan detalladas como la anterior, son las descripciones de los inmuebles donde vivió. A los cuatro años, la trasladan a Boaco, donde aprende a leer con su madrina la señorita Flora Bermúdez y se admira de los cerros —coronados de cruces— que circundan el pueblo y de las pozas profundas de su río Lutero. Ya crecidita, el joven que iba a ser su marido —Manuel Barquero— saca su nombre, en una carrera de cintas. Esto hizo exclamar a su madre: ¡Es un presagio!

Además de la parroquia de Santiago, le impresiona ver a los indios, atados codo a codo, conducidos a los cortes de café en las Sierras de Managua; por algo en 1892 habían atacado Boaco, siendo rechazados por sus pobladores al mando de Rigoberto Cabezas.

Ángela estudia con la maestra boaqueña Queta Morgan de Solórzano, con quien, además, aprende a tejer con aguja de gancho. Es testigo del impulso que le da a la ciudad —elevada a esta categoría el 4 de marzo de 1895— el Alcalde Mariano Buitrago, de origen granadino. Recita un discurso —redactado por su padre Segundo Robleto— en la velada que se organiza con motivo de la bienvenida del siglo XX. Obtiene la máxima nota de sobresaliente en una escuela nacional de Granada y recibe su primera comunión en la iglesia de La Merced el 8 de diciembre de 1902.

Luego ingresó al Instituto de Señoritas de Managua, graduándose en dos años de Maestra de Instrucción Primaria. En la promoción, representando al centro, pronuncia el discurso ante el Presidente J. Santos Zelaya, a quien ella y sus condiscípulos le obsequian un águila. El gobernante la felicita dándole la mano. Otros cinco mandatarios lo harán a lo largo de su existencia.

Una existencia que abarca la de sus numerosos descendientes y la de toda una ciudad y sus familias, además de acontecimientos históricos, locales y nacionales. Uno fue el de la efímera “Revolución de los Vapores” en 1903 que encabezaron Emiliano Chamorro —tomándose el “Victoria”— y el doctor Juan Eligio Obando en Juigalpa, cabecera del departamento de Chontales, pero que neutralizó Zelaya. Éste —recuerda la autora— “quiso castigar a la ciudad de Juigalpa trasladando la cabecera departamental a Boaco y cambiando el nombre de Chontales por el de Jerez, como un homenaje al gran unionista centroamericano...”

Otro hecho importante fue la creación del propio departamento de Boaco en febrero de 1936, celebrada con bailes, picnic y una carroza alegórica que elaboró el artista Ernesto Brown —futuro yerno de doña Ángela— y recorrió la ciudad llevando a seis señoritas que simbolizaban a los correspondientes municipios: la cabecera, Camoapa, San José de los Remates, Teustepe, Santa Lucía y San Lorenzo.

Pero el recuerdo político más emotivo fue la entrada triunfante del ejército liberal —en el que venía su marido— a principios de 1927. La autora se declara ardiente partidaria de la causa o bando constitucionalista que reclamaba la presidencia de la República para el vicepresidente liberal Juan Baustista Sacasa, tras el golpe de Estado del conservador Emiliano Chamorro al presidente Carlos J. Solórzano el 25 de octubre de 1925. Por eso se le quedaría en la memoria esta cuarteta, transmitida a sus nietos:



Emiliano quiere la ubre
para que el pueblo retoce,
como en el 4 de octubre
de mil novecientos doce.




Sin embargo, mantiene su objetividad al censurar el saqueo que algunos miembros de ese ejército hicieron del almacén de don Octaviano Espinosa. “Es doloroso consignar este suceso —escribe, después de proclamar su identidad liberal— pero por sujetarme a la verdad lo dejó aquí anotado” (p. 125).

En fin, esta microhistoria —que cuenta con un índice onomástico, algo insólito en nuestro medio— consta de diecisiete capítulos, breves y amenos, cargados de emoción y cariño, de opiniones sinceras y preciosos detalles de la vida cotidiana de esa ciudad singular que ha sido Boaco. Pero no es posible referirlo por falta de espacio. Sólo destacaré cuatro aspectos de la autora. Ante todo, su personalidad de maestra, desarrollada durante casi toda su vida y que la llevó a cultivar la afición por la geografía y la historia; de su puño y letra, por ejemplo, copió el poema Juan de Dios Peza sobre la guerra de Independencia de México. Luego, cabe señalar su primera publicación: el folleto México imponderable (Managua, Artes Gráficas, 1948), crónica de un viaje deslumbrante para la boaqueña entregada a formar niños y niñas; sus actuaciones teatrales en las obras del padre José Nieborowsky y su promoción del deporte en su pequeña ciudad. Así, fue Presidenta del Club “Chontal” de baloncesto femenino en 1919. Una foto reproducida en su libro de memorias, la registra rodeada de once integrantes de ese equipo, cuyo himno de cuatro cuartetas escribió Francisco Barquero R. El equipo rival también era de Boaco y se llamaba “Quetzal”.

El nieto mayor la retrata en un párrafo: “Angelita R[obleto] de Barquero era la madre, la abuela, la maestra. Sentada en su vieja y grande mecedora, revivía viejos tiempos; con sus palabras nos hizo conocer a los abuelos, trajo la Historia Patria a nuestro alcance y nos infundió ese afán de ascender, de conversar, de vivir plenamente una edad, un tiempo dichoso que ahora vemos tan lejano...”

Escritor  
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La abuela de los Incer


Rescatados de la memoria