VIERNES 17 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23576 / ACTUALIZADA 02:35 am





EL HUMOR DE




Sobre pláticas Bolaños-Ortega

El anunciado encuentro entre el presidente Enrique Bolaños y el líder sandinista Daniel Ortega, devuelve a ambos personajes al carrusel, ese juego mecánico que regresa incesantemente a los jugadores al punto de partida, sin que nada cambie.

En efecto, hasta la fecha las reuniones de esos personajes políticos no han logrado una relación beneficiosa para el país que fuera estable y de largo plazo, aunque tampoco -afortunadamente- han servido para que se repartan cuotas de poder. La culpa de la ineficacia de los reiterados intentos de llegar a un acuerdo de conveniencia nacional debe encontrarse en la cultura política nicaragüense, que con frecuencia sólo admite como remate la violencia o la complicidad prebendaria.

No obstante, el hecho de que sigan dispuestos a dialogar revela que las partes de algún modo se necesitan y procuran convenir en objetivos superiores, lo cual debe hacerse sin apresuramientos ni grandes expectativas, pues no es cierto que el país se está desmoronando ni que el desempleo, la falta de educación, la crisis del sistema de salud, etc., se resolverían sólo porque ellos se reunan y pusieran de acuerdo en cualquier cosa.

La democracia es un sistema político en el que gobierno y oposición desempeñan una dinamia que da equilibrio a la sociedad y al ejercicio de los poderes públicos. La mejor metáfora para entender esa contradicción en la que coexisten complementariedad y antagonismo, es imaginándose a los partidos políticos como al dios Jano, que tenía dos caras: mientras con una cara los partidos se cooptan en tareas concretas de beneficio al país, con la otra luchan denodadamente por el poder público.

Por otro lado, se debe advertir que en esta ocasión hay un cambio significativo en las circunstancias del juego. Ahora el intermediario no es un prelado, como se ha acostumbrado en Nicaragua, sino un laico; lo cual es positivo porque demuestra que la autoridad clerical ya no es indispensable para despejar conflictos. Ojalá que esto significara que estamos al comienzo de una saludable secularización de la política y que se dejará de confundir el rol del dignatario eclesiástico con el del facilitador político. Lo correcto es respetar el precepto de “dar al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios”, que disminuye las oportunidades para que el poder, que como dijo Lord Acton tiende inevitablemente a corromper, trate de compensar favores a fuerzas que deben permanecer coordinadas, pero no revueltas.

El alcalde sandinista de Managua, Herty Lewites, quien es el promotor del próximo encuentro de Bolaños con Ortega, seguramente busca mejorar su imagen presentándose como el elemento apropiado para destrabar confrontaciones. Como sea, por el bien del país hay que hacer votos para que predomine la sensatez y haya una mejor comunicación entre los interlocutores, sobre todo ahora que han decidido no discutir situaciones de determinadas personas, que despiertan suspicacias.

Ahora bien, una entente Bolaños-Ortega sería buena para Nicaragua si trajera mayor gobernabilidad democrática, si pusiera fin al afán parlamentario de cercenar las atribuciones presidenciales, si resolviera —en función de la despartidarización de la justicia— las disputas en torno a la ley de carrera judicial. En este campo el presidente Bolaños ya allanó el camino, al rechazar por inconstitucional las exclusiones propuestas en uno de los dictámenes de la comisión jurídica de la Asamblea Nacional, pero la otra parte debe a su vez ceder en cuanto a que ningún partido debe controlar la administración de justicia. Y sobre eal Consejo de la Judicatura, se pueden separar las funciones administrativas y jurídicas sin menoscabar la jurisdicción de la Corte Suprema de Justicia.

Por su parte, al cooperar con el Poder Ejecutivo la ganancia del FSLN sería que podría presentarse como factor de gobernabilidad, asumiendo el papel de trabajar con el Gobierno en asuntos de interés nacional en los que convengan. Además, posteriormente los intercambios bilaterales se podrían extender a las otras bancadas, pues cuando se buscan objetivos nacionales todos deben participar. Por el contrario, un extenso y heterogéneo “diálogo nacional” diluiría y prolongaría el intercambio, y propiciaría los atajos para buscar fines indignos y vergonzosos, como por ejemplo la amnistía para Arnoldo Alemán que ya fue condenado por corrupción.
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