Canossa
Ramiro Argüello Hurtado
Un hombre con atuendo de penitente (por las trazas un mendigo) asciende penosamente por el serpenteante sendero que lleva al castillo de Carrossa, resort vacacional del Santo Padre Gregorio VII.
El menesteroso no es un menesteroso cualquiera: no es otro que Enrique IV, de la casa de Franconia, emperador de Sacro Imperio Germánico. Ha estado inmerso en un violento y encrespado conflicto con el papado por la asignación de los beneficios eclesiásticos y el privilegio de otorgar la dignidad de las investiduras.
Está en juego la primacía entre el poder temporal y el poder espiritual.
El mundo occidental y cristiano observa en vilo.
El penitente se postra y se retracta. Gregorio (nombre de pila: Hildebrando) no cede un ápice. El invierno de 1077 fue particularmente severo. Tres días y tres noches hizo esperar el Papa al mendicante. Desde la Torre de los Homenajes Hildebrando contempla al falso arrepentido y sonríe, frotándose las manos.
El poder espiritual se había impuesto sobre el poder temporal.
Cambio de escena: un sol de justicia castiga la Catedral Metropolitana de la capital de un país irremediablemente tercermundista. Un hombre acongojado con atuendo de penitente (por las trazas un mendigo) solicita el perdón del purpurado. El peregrino no es un peregrino cualquiera: ni es otro que Daniel Alemán (o Arnoldo Ortega, como gustéis), falso arrepentido.
El propietario del capelo cardenalicio extiende el ungüento salutífero, el linimento paliativo, la pomada miracolosa. Frotándose las manos, sonríe seguro de su fortaleza y magnanimidad. De hinojos hagamos nuestra la dádiva del pastor de la grey.
Médico

|