La Patria en la memoria
Joaquín Absalón Pastora*
En el altar de la Madre Patria, septiembre es reverendo. Inclinados en homenaje, acompañados del símbolo de la bandera, se aglutinan —coinciden— en su trayecto hechos que han dejado constancia en la memoria para ser documentos perpetuos.
De ahí que septiembre haya sido escogido por el destino fértil de la “tierra que nos vio nacer” para que en sólo dos de sus días se junten las efemérides de dos diferentes acontecimientos: 14 y 15 de septiembre.
El 14 es guerrero. Está saturado de piedras emergentes y de disparos agotados. Representa al ideal de la liberación. Una piedra voló de las manos del héroe al blanco del intruso derribado para dejar el más claro ejemplo de bravura, de justa cólera.
El 15 de septiembre, hace 183 años, se hizo pública la proclama de la independencia de Centroamérica pero por otra vía: cívica, razonada, laurel en las agallas de los padres cultos. Fortaleza en las barbas y en el talento.
Luego dolorosamente advino la pasión partidaria, la sangre sobre los ríos, los bandos irreconciliables, la prisa irracional del pleito interno conservados hasta el presente en una sucesión que desde aquellos días hasta los nuestros ha tenido sólo abreviados oasis de paz.
“La cultura de la paz” es una frase de homilía. Su eco se oye en el capelo ornamentado del Cardenal cuando la pronuncia. Y bien que se haga énfasis en ella cada vez que la reincidente inestabilidad la hace tartamudear. Bien puede ser emblema sustantivo de una campaña destinada a opacar los nubarrones puestos en el mismo alero donde el amor puso a un hijo, donde está fijo el membrete del ombligo.
Nicaragua también tuvo otro septiembre, el de 1956. Brillante, insurrecto, torturado cuando la espada de turno caía sobre las espaldas de quienes pensando primero en ella, expusieron y sacrificaron sus vidas.
En este septiembre, recuerdo a quienes fueron protagonistas de la reciente historia. Las paradojas memoriales indican que es más fácil recordar lo más viejo. Lo que está en la punta de la planta herida es más susceptible de arrinconar.
Tras la remembranza de las hechuras frescas es inevitable no entrar a la reflexión. Deduzco que septiembre de 1956 debe figurar en los textos libertarios de Nicaragua en consonancia con las proezas antiguas. En ese 21 un tirano cayó al suelo mientras invocaba a Terpsícore en el Club de Obreros de León. Por cierto, los obreros sólo estaban en el nombre del centro. Los balazos salieron de la pistola enfurecida de un desconocido que se hizo público en un solo instante: Rigoberto López Pérez. Éste y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (quien curiosamente este 23 de septiembre estaría cumpliendo ochenta años) entregaron sus vidas por Nicaragua. Y éste es un gesto que debe afirmarse en efemérides patrias. Todo aquello contribuyó a abrir las puertas de una democracia que la es, aunque sufra fisuras que le ponen los propios hombres que no saben administrarla. Ese septiembre fue el escenario suculento de los juicios donde los herederos de una corona inventada por la ambición del continuismo “se despacharon hermoso” según el decir de ellos y de sus esbirros. Vieron con placer cómo miles de nicaragüenses caían en sus manos por cualquier sospecha trivial.
Y vamos por fecha: 26 de septiembre de 1959. En el Diario de un preso, que conservo sólo envejecido por el tiempo, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal confiesa que no se daba al acusado ninguna oportunidad de defenderse en el período de investigación. “Únicamente se permitió la defensa o examen de testimonios acusadores cuando éstos habían sido acumulados por el fiscal”. Uno de ellos —teniente académico, doctor en leyes—, se hizo contra el continuismo yéndose al destierro que le correspondió tanto a militares como a líderes cívicos de la oposición, cuya mayoría la integraron liberales independientes, contra quienes explotó con mayor encono la llama de la acusación.
Los defensores eran obstaculizados por dos militares: Aparicio Artola y José María Tercero. Tribunal telefónico, indica un pie de foto de la época, porque toda decisión era consultada.
Edwin Castro comparece —y poeta de cuerpo y alma fuertes—, escribe a Ruth en versos finales: “En el agua tranquila sentirás la presencia que llenará los cauces abiertos por mi ausencia”.
Siempre tendremos una corona que entregarles.
* El autor es periodista

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