MIéRCOLES 15 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23573 / ACTUALIZADA 12:01 am





EL HUMOR DE




Política y libertad

Silvio Méndez-Navarrete*

“Nunca se podrá repetir bastante, que no hay nada más fecundo en maravillas, que el arte de ser libre; pero tampoco nada más duro que el aprendizaje de la libertad”. Tocqueville

En estos días de la Patria es oportuno reflexionar acerca de la política en su definición “arte de gobernar”. La pregunta es: ¿Tienen nuestros gobernantes ese arte? ¿son los políticos de ahora para “el bien común” o son asalariados para únicamente librar y mantener una lucha de poder por medio de la manipulación de las facultades que se le han conferido en sus funciones? ¿quiénes dan primacía a manipulaciones sin respeto a valores morales?

La respuesta a todo esto la brinda diariamente la noticia que nos llega por los medios, informando de las continuas transgresiones que se dan en cada poder del Estado. Nada justifica la transgresión de los postulados fundamentales de la ética, los éxitos así logrados, por medio de la transgresión, aunque aparentemente provechosos y brillantes, son absolutamente deleznables y perjudiciales a la Nación.

En este comportamiento no se ve un ideal, una mística que entrañe positivamente —no demagógicamente— las elevadas aspiraciones del bien común, que no estorbe la labor práctica, realista, que lo propicie, ilumine, fecunde. Creen que el hombre no puede ser gobernado sino con la perfidia, el soborno, la crueldad y el engaño, en vez de hacerlo en una estructura fuerte, progresista, apoyada en la lealtad, el interés general, la verdad, la justicia y esto sin dejar de ser un político hábil y sagaz. Convencerse de que se puede ser honorable y buen político.

Aspiremos a que nuestro gobierno pueda ser representado por individuos con opiniones henchidas de savia vital, que lleven consigo esferas de fieles intérpretes de nuestra Constitución, que no ofrezcan una imagen falsa de la realidad sino que persigan cómo practicar formas morales de gobernar, sistemas de representación, doctrinas y teorías que nos guíen hacia un solo destino: libertad y democracia.

No cedamos nunca nuestro derecho, aunque sea éste combatido por el oleaje tempestuoso de coacciones virulentas, paradigma de fortaleza que irradie elevación moral y claridad de gloria, que nos guíe en la vía hacia el logro de grandes ideales, esencia de la civilización y cultura. Clamemos sin descanso por nuestras libertades civiles y políticas; éstas, en ningún tiempo ni latitud pecarán de excesivas porque forman la parte nuclear que para su desarrollo necesita el espíritu humano. Reclamémoslas, tenaz y generosamente, para nosotros y nuestros adversarios, tomando en cuenta que la libertad es como la luz y como el aire: sostiene a los vivos y pudre y descompone a los muertos.

Es incuestionable que un sentimiento de inquieta gallardía y de majestuosa dignidad, ha ennoblecido con su fuego nuestra luchas dilatadas y sangrientas. Hay que destruir los prejuicios de indiferencia y abstención política, porque es criminal abandonarla al dinamismo de los más audaces. Un alejamiento muy prolongado de las prácticas cívicas ha sido siempre el origen de las dictaduras. Recordemos que la política es la antología de esfuerzos sistematizados hacia el bien común y no un laberinto de concupiscencia y ambiciones.

Reclamamos constantemente nuestros derechos, pero también debemos hablar de nuestros deberes como personas, empleados, estudiantes, políticos, etc. y respondamos lealmente a las solicitaciones del alma colectiva, en vez de que nos domine el individualismo anárquico, disfraz de fría egolatría, dirigiendo nuestra vista más allá de nuestro solar y contemplemos las maravillosas perspectivas colectivas que se avizoran. Hay que ir siempre al pueblo, tirando a un lado nuestro egoísmo y disolviendo nuestro esfuerzo en la gigantesca tarea de los demás.

Las enormes conquistas de las que se enorgullece el género humano no han sido nunca obra de un individuo sino de grupos que aunan esfuerzos para lograr la glorificación del género humano. El hombre cristiano sabe que la obra común debe ser dirigida a mejorar la vida humana misma, a hacer posible que todos vivan en este mundo como hombres libres y gocen de los frutos de la cultura y el espíritu, manifiesta en el respeto y la fraternidad.

Éstas son algunas ideas que no son “puras sombras ni teorías grises, sino sangre vital de las cosas convertidas en sangre vital de los hombres, llamadas a representar el papel esencial de su tiempo”. Meinecke.

* El autor es ingeniero, candidato PhD en Ciencias Políticas
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