Nicaragua como idea y proyecto
Alejandro Serrano Caldera*
Nicaragua vive una crisis profunda que no es sólo de naturaleza económica, porque es, sobre todo, una crisis de valores. ¿Qué pasa con nuestro país que pareciera desmoronarse? ¿dónde está la raíz más honda de lo que ocurre? ¿dónde la solución a tanta degradación y desesperanza?
Todos los días vemos, oímos y leemos crónicas del espanto cotidiano. Asesinatos y violaciones de niñas y niños en el propio seno de sus familias y de parte de quienes están llamados a protegerlos; suicidios de jóvenes en número que no tiene precedentes; corrupción en la administración pública y en todos los niveles de la sociedad; drogas, pandillas, miseria, desempleo, inseguridad, temor.
La Policía, que hace un enorme esfuerzo, clama por más recursos y se declara públicamente imposibilitada ante sus dramáticas limitaciones, de enfrentar la delincuencia que crece cada día.
El problema, que por supuesto es económico y social, es sobre todo moral. La crisis socioeconómica está produciendo una caída perpendicular de los valores, una desmoralización profunda y un desmigajamiento de toda ilusión y de toda esperanza.
Ningún país sobrevive dignamente a una situación como la que Nicaragua padece en la actualidad, la que además de aguda se ha vuelto una crónica. El estado de cosas que se vive, o mejor que se sobrevive, no es de exclusiva responsabilidad del Gobierno, pues todos estos padecimientos no son sólo de hoy sino también de ayer, son acumulados y estructurales y por lo tanto la responsabilidad trasciende hacia otras circunstancias y momentos.
Pero lo anterior no excluye la responsabilidad de quienes gobiernan hoy, ni de quienes desde fuera de la administración pública, tienen el poder político y económico suficiente para contribuir a reorientar las cosas en nuestro país.
No es posible que el centro de interés de quienes de un lado y otro tienen la mayor responsabilidad, sea prioritariamente el de repartir y compartir el poder; es inaceptable que en un país con el 82% de pobreza, el 54% de indigencia y cerca del 50% de desempleo, se devenguen salarios que en algunos casos llegan a diez mil dólares y que los diputados estén pensando en aumentar su salario a cinco mil dólares, mientras en algunos sectores, como salud y educación, hay situaciones en que la remuneración no supera los quinientos córdobas.
El esfuerzo de todos, esto incluye a la sociedad civil, debe ser el de construir políticas, estrategias y acciones para combatir el desempleo, la miseria, la promiscuidad, la falta de viviendas, la droga, la prostitución y el desamparo de la niñez que deambula por las calles sin esperanza y sin horizonte. Esos niños de hoy, en esa situación, serán los delincuentes de mañana.
El empeño del Estado en todas sus expresiones, debe ser el fortalecimiento de las instituciones. Es negativo, desde todo punto de vista, tratar de subordinar a la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral, a la Contraloría General de la República, a los intereses de los pactos políticos. El empeño debe consistir en abrir espacios y no en cerrarlos; en fortalecer la democracia y no en debilitarla.
Nicaragua necesita urgentemente fortalecer la participación ciudadana; atender los intereses de la Nación, más que los intereses de grupos políticos y económicos; identificar objetivos comunes y planos de coincidencias mínimas en los cuales podamos todos organizar nuestras acciones en beneficio del país.
Unamuno dijo un día, ¡Muera el Quijote!, ante el “desastre” español de 1898, que evidenció la decadencia de España, clamando así el filósofo por clausurar todos los corredores que conducen a las glorias del pasado y renunciando en ese momento de doloroso desgarramiento, a todos los prestigios pretéritos para dejar abierta únicamente la puerta hacia el futuro, para reconstruir España a partir del esfuerzo y de los méritos de los hombres y mujeres de su tiempo.
Nosotros, los nicaragüenses de hoy, al contrario del grito de dolor y amor del gran español, debemos recuperar la fe en el futuro, recobrando el pasado y construyendo el presente; reconociendo nuestros valores de hoy y de ayer, que es una forma de reconocernos a nosotros mismos y de recobrar la identidad perdida. La cultura y la educación deberían ser los ejes principales para construir esa estructura histórica que denominan Nación. La esperanza en el futuro sólo será posible si recuperamos la fe en el presente. Trabajemos por ello, más allá de gobiernos, más allá de personas, más allá de partidos. Nicaragua es más que los fragmentos que la componen (o descomponen) hoy; es un destino, una esperanza, una idea que depende de todos nosotros.
* El autor es filósofo y académico de la Lengua. Texto tomado de su libro Hacia un proyecto de nación

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