MARTES 14 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23572 / ACTUALIZADA 12:37 am





EL HUMOR DE




Protagonistas de la Guerra Nacional

Jorge Eduardo Arellano

Aparte de los dirigentes de los otros países centroamericanos, tres figuras históricas de Nicaragua se destacaron en la Guerra Nacional antifilibustera, provocada por William Walker, instrumento del Destino Manifiesto, corriente intelectual y “mesiánica” que impulsaba el expansionismo de Estados Unidos, sosteniendo: 1. La incapacidad de los pueblos de nuestra América para gobernarse a sí mismos; 2. La autovaloración de creerse la potencia emergente, un pueblo escogido y superior que podía y debía dominar a los países dominados al sur de Río Bravo; 3. La atribución de la incapacidad referida al mestizaje entre blanco e indígena y 4. La necesidad, en consecuencia, de reducir o eliminar esa base mestiza y sustituirla por la esclavitud negra e indígena, únicas fuerzas de hacer marchar el progreso de la sociedad bajo la dirección de la raza blanca.

Profundizando en esta dimensión, el primer especialista en el tema, William O. Scroggs, autor de Filibusteros y financieros, fue explícito: “Walker no sólo quería restablecer la esclavitud (suprimida en Centroamérica en 1824), sino reanudar el tráfico de esclavos africanos que serían llevados de Estados Unidos a la América Central...”

Contra la ejecución de la política walkerista del “five or none” (“cinco o ninguna”, es decir, los cinco Estados centroamericanos), estuvo a la cabeza de la resistencia nicaragüense el general Tomás Martínez, el primer líder “nacional” surgido en el Estado que aún no comenzaba a ser verdaderamente una nación. Hijo de leonés y granadina —nieta de la heroica joven defensora del Castillo de la Inmaculada: Rafaela Herrera—, su temprana actividad comercial a lomo de mula por el interior del país —especialmente en Chontales, Matagalpa y Segovia, donde entabló múltiples amistades— le facilitaron ese destino.

Desvinculado de la carrera de las armas, su involuntaria pero activa y organizadora participación en la Guerra Civil de 1854, desde las filas legitimistas, comenzó a darle popularidad. Luego, con la presencia de las huestes filibusteras, advirtió que la guerra iba a adquirir dimensión centroamericana. Por eso se marchó a El Salvador y Guatemala para obtener ayuda —demostrando pericia diplomática— y organizó el Ejército del Septentrión que inició la resistencia nacional y la ofensiva centroamericana contra el filibusterismo.

“Hoy estamos ya entregamos a los yanques, pero yo no lo estoy...” le comunicó en carta del 23 de octubre de 1855, diez días después de la toma de Granada por Walker, al general Fernando Chamorro, compañero de armas y de partido, luego victorioso sobre los filibusteros en la batalla del Jocote el 5 de marzo de 1857, la única en campo abierto de la guerra. “Yo quiero ser nicaragüense gobernado por nicaragüenses” concluía su decisión patriótica. Y Martínez lo fue y gobernó Nicaragua con el unánime consentimiento en su primer período de las fuerzas tradicionales en confrontación, cuyos partidos reconciliaría sin abandonar su carácter militar de facto y su mentalidad de propietario, pues creía que “el hombre sin propiedad es peligroso”. Así, tras recibirlo en la situación más desastrosa, supo conducir al país estableciendo las bases de la “patria agraria” de los patricios progresistas que dirigieron la vida social, económica y política durante la segunda mitad del siglo XIX hasta el advenimiento de la Revolución Liberal de 1893.

La segunda figura histórica nicaragüense fue Fernando Chamorro Alfaro (1824-1863), hijo menor de un criollo: Pedro Chamorro Argüello, víctima de la disolución anárquica desatada en Nicaragua a raíz de la independencia. Fernando, bachiller en Filosofía y Derecho Civil, acompañó en todas sus campañas a su medio hermano mayor Fruto y colaboró con Martínez organizando el Ejército del Septentrión. Fue el inmediato superior de José Dolores Estrada (1792-1869), entonces coronel, quien hizo morder el polvo en San Jacinto a los invasores rubios.

Esta gesta perdura en nuestra memoria colectiva y su principal héroe —“Tata Lolo” Estrada, entonces de 65 años— ha sido glorificado. Mulato, nació en Nandaime y tomó parte en las asonadas libertarias a principios del siglo. El 9 de agosto de 1851 fue nombrado capitán de la Compañía del Medio Batallón de las Milicias de Managua. En la guerra civil de 1854 peleó al lado del bando legitimista. Antes de San Jacinto ya era una personalidad: valiente, respetable y querido, sin ser culto ni hombre de ideas, sino de principios —honestidad y rectitud ante todo— que determinaron su vida. Por eso en San Jacinto tomó la decisión cumbre de su vida: resistir hasta la muerte. “Firmes —gritaba a sus soldados—, ¡firmes hasta acabar el último!”, según su primer biógrafo, amigo y protector Faustino Arellano (1837-1905).

Estrada no era oligarca, como lo llamó una “historiadorcita”. ¿Oligarca alguien que de muy joven se vio obligado a insertarse en una de las capas medias coloniales como era la milicia? ¿Un ayudante de su padre, pequeño propietario rural, como sería él —ya mayor—, pero sin poseer nunca vivienda propia hasta que uno de sus más cercanos admiradores le donó una para que viviera con su hermana Magdalena? Por tanto, su figura e ingreso a la galería de nuestros héroes no necesitó ser reelaborada. Su acción fue reconocida inmediatamente por sus compatriotas.

En Masaya se le recibió bajo un arco triunfal de flores. Los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Costa Rica le otorgaron reconocimientos en 1858. Este mismo año unos amigos iniciaron en Managua la conmemoración de la batalla, tradición que se continuaría a lo largo del siglo XIX. Varios poetas cantaron su gesta antes de fallecer. En el gobierno de Roberto Sacasa (1889-93) se decretó erigir un monumento en la capital a “la gloriosa jornada de San Jacinto” uno de los barcos de nuestra Marina de Guerra en tiempos de José Santos Zelaya fue bautizado “San Jacinto”. Y en 1917, durante la Restauración Conservadora, se instauró la “Jura de la Bandera”, ocupando Estrada la figura central.

A José Dolores Estrada, el escritor Enrique Guzmán lo llamaría “nuestro Cincinato”, aludiendo al general y político romano, cónsul en 1460 antes de Cristo que labraba su campo cuando llegó la Embajada del Senado para comunicarle que le había sido otorgado el poder. Venció y volvió a empuñar el arado. Lo mismo que Estrada en su exilio costarricense cuando escribió desde el Guanacaste el 23 de julio de 1866: “Yo estoy aquí haciendo un limpiecito, para ver si puedo sembrar unas matas de tabaco”. Tres años después fallecía.

En cuanto a Fernando Chamorro, perdió su vida —en Honduras y a traición— a los 39 años y su nobleza y heroísmo impresionaron a José T. Olivares, poeta liberal que decidió bautizarle “el Bayardo nicaragüense”. Es decir, el “caballero sin tacha y sin miedo nuestro”, refiriéndose al señor de Bayard Pierre Terrail (1476-1524), capitán francés al servicio de sus reyes, armado caballero tras la batalla de Marignano en 1515.

* El autor es historiador
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