LUNES 13 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23571 / ACTUALIZADA 02:45 am





EL HUMOR DE




¡Todo para la educación!

Los días de las Fiestas de la Patria (conmemoración de la Batalla de San Jacinto y de la Independencia Nacional, el 14 y 15 de septiembre respectivamente), son propicios para hablar también de la educación. En realidad, libertad y educación son equivalentes, se condicionan de manera recíproca. “No hay una educación para la libertad, sino que la libertad es una educación”, sentenció el gran cultor de la identidad nacional, Pablo Antonio Cuadra (PAC).

La educación es determinante de la democracia, la libertad, el desarrollo cultural, el progreso material y la riqueza nacional. Es la base del conocimiento, de la ciencia y la tecnología, de los valores morales y los principios cívicos. Y también es la clave del desarrollo. Por eso las naciones más ricas del mundo son, al mismo tiempo, las más educadas. Países que no hace mucho tiempo era tan pobres o más que Nicaragua, como Singapur, Taiwan y otros, son ahora prósperos porque cambiaron el esquema de su gasto público y comenzaron a invertir mucho más en educación que en ejércitos y burocracia pública.

La experiencia de esos países demuestra inequívocamente que el plan de desarrollo por excelencia es la educación. Pero sin maestros no hay educación. Y para que los maestros sean buenos —preparados y eficientes— ante todo hay que pagarles bien, de acuerdo con la cantidad y la calidad de su valioso trabajo.

Lamentablemente, hasta ahora en Nicaragua no se reconoce con hechos, sólo retóricamente, la valiosa función del maestro y la inmensa importancia de la educación. Por eso es comprensible y justo que maestros afiliados al sindicato magisterial más grande del país estén replanteando en estos días —cuando se comienza a preparar el Presupuesto General de la República del próximo año— su demanda de un aumento salarial sustantivo. El año pasado, el Gobierno y la Asamblea Nacional concedieron a los maestros una mejoría salarial, pero en términos prácticos fue insignificante. La inexorable pérdida de valor de la moneda nacional y el aumento de los precios de los productos de la canasta básica, anulan en poco tiempo cualquier aumento salarial de poca monta.

Sin embargo, en el Gobierno ya se está diciendo que no puede haber aumento salarial de los maestros, ni de ningún otro sector del servicio público, porque no hay suficientes ingresos y el Estado no dispone de más dinero. Sin dudas que esto último es cierto. Pero el Poder Ejecutivo podría satisfacer, aunque sea en parte, la justa demanda de los maestros, si cambiara el esquema de los gastos presupuestarios, igual que lo hicieron los países antes mencionados y que precisamente por eso ahora son desarrollados y ricos.

En efecto, el Gobierno no sólo podría aumentar en buena medida el salario de los maestros, sino que al mismo tiempo impulsaría el desarrollo nacional, si asignara más fondos al sector de la educación y menos a otros rubros que son mucho menos importantes. Por ejemplo, si el Gobierno redujera en la mitad el presupuesto para la Asamblea Nacional —quitando ante todo la vergonzosa asignación millonaria de los diputados para sus gastos “sociales” de proselitismo político—, así como el del Ejército, lo mismo que las transferencias a los entes estatales autónomos que van a pasar a manos de los diputados que pretenden “ordeñar” sus fondos, el Gobierno podría disponer de por lo menos unos 500 millones de córdobas para aumento de sueldo de los maestros, e inclusive para los trabajadores de la Salud. Y para eso no sería necesario elevar el techo de gastos; bastaría cambiar las prioridades y las asignaciones presupuestarias.

Es cierto que ez la Asamblea Nacional la que aprueba la versión final del Presupuesto. Pero, entonces, los sindicalistas podrían presionar a los diputados para obligarlos a respetar el aumento de salarios propuesto por el Poder Ejecutivo. Hubo una época en Nicaragua —en tiempos del régimen sandinista— cuando la consigna oficial era: “¡Todo para los frentes de guerra! ¡Todo para el Ejército!” Ahora hay otra situación, en la que la consigna fundamental de la sociedad y del Estado debería ser: ¡Todo para la educación! ¡Más para los maestros!
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¡Todo para la educación!