DOMINGO 12 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23570 / ACTUALIZADA 02:20 am





EL HUMOR DE




Cosas veredes Sancho amigo
El cuenta cuentos que dio “matarile” al “uñudo”

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. Los mentados llanos de Olama y Los Mollejones no son tan llanos. Están pringados de suaves colinas y cerros verdes de poca altura y pobre boscaje que sobresalen entre los potreros de las haciendas y fincas del lugar. Bajo el zacate forrajero la tierra es gris, fangosa y pegajosa

Don Horacio Argüello Espinoza, el pintoresco personaje de Olama y Los Mollejones.

 

Mario Fulvio Espinoza

Caminamos atravesando charcas sobre un sendero estrecho, guiados por varios cipotes que alegres nos sirven de baquianos. Vamos en busca de la fortuna, porque La Fortuna es el nombre de la finca de 93 manzanas de don Horacio Argüello Espinoza, nombre que parece ser el de un potentado, pero lo usa sin pretensiones un campesino de camisa “desguapada”, pantalones raídos y botas desguazadas.

No hay muchas diferencias entre las viviendas aisladas del sector. La de don Horacio es como las otras, construida con postes y tablas de madera, un porchecito delantero en el que vemos tres albardas viejas guindadas de clavos, una sala cocina con piso de tierra y un dormitorio con ventana al patio. Varios patos tornasoles con su andar balanceado, un caballo que fue blanco en su juventud y tres perros (más costillas que perros), conforman la fauna de la finca.

Dentro de la sala doña María Taleno, una señora campesina tranquila, blanquita y menuda, realiza labores de cocina, mientras una parvada de nietos, desde la ventana del dormitorio, observa todos nuestros movimientos.



Pues mire usted don Horacio que venimos desde Managua porque nos han dicho que usted ha experimentado tremendas aventuras, sobre todo con el diablo y micas brujas.

Se reclina don Horacio en su taburete, ríe con ganas. Es más bien pequeño, recio, cenceño, cabeza hermosa y cabellos plateados; rostro ancho, cejas espesas, ojos grises, nariz aletuda y boca grande.

“Siempre hay exagerados” dice. Le contamos que nos contaron que en una noche oscura, viniendo él a caballo por una encajonada, de repente sintió que una cosa peluda se le venía sobre la nuca desde la grupa del equino. De armas tomar, don Horacio sacó el machete y sin siquiera volver a ver quién era la intrusa —hombre valiente y decidido—, voló un machetazo para atrás y ¡zas! sintió que un bulto caía al suelo. Siguió su camino y sólo al llegar a La Fortuna se dio cuenta que le había cortado la cola al caballo.

“Ése es un cuento a medias, porque nunca le he volado la cola a ningún caballo”, explica medio amoscado.

HOMBRE DE VIAJES NOCTURNOS

¿A mí me dijeron que a usted le han salido todos los espantos habidos y por haber?

Bueno, le voy a platicar bien la historia. Yo he sido hombre que he andado todita la vida de noche, porque voy al pueblo a dejar unos mis quesitos y ahí me agarra la noche. La noche ya no me detiene en ninguna parte.



¿Cómo es el cuento de la mica bruja que dicen que un día se le trepó por detrás del caballo?

Un mico sí, pero no se me trepó, la gente ya le pone que se me trepó y que le trocé la cola al haz de la grupera. Claro que el mico me siguió hasta cierto punto, pero de ahí los perros salieron: guay, guay, guay latiendo. Bueno, el mico se apartó, pero más adelante me salió: cuas cuas, cuas, ahí venía atrás. Le digo yo: “Si te montás te arrepentís hijo de p... porque te morís ahora”. Eso sí, yo manejo una cutachita chiquita, si el diablo se me metiera yo lo ensarto.



¿Cuénteme y cómo era ese mico físicamente?

De esos micos cara blanca, es así de grueso y así es de largo, es cara blanca y encima negro, pecho blanco, montañero, que es un diablo para comer maíz, ¿ya sabe usted? ese era.

LA “TREMOLINA” CON EL DIABLO

“Pero le voy a contar, de la otra pasada de aquí a Villa Somoza. Yo tenía una mi tal enamorada ahí. Me fui un sábado para allá, de la otra finquita salí para allá, aquí dista una legua para allá, es en Los Almácigos. Salí ya tardón, me fui. La luna estaba como a las once calculé yo, cuando salí de Villa Somoza, llegué al punto, ahí posiblemente eran casi las doce de la noche.

“Andaba en un caballo bayo recién enfrenado, estaba bien gordo el caballo y me vine paso a paso. Pasé el río El Jobo y al llegar a un zanjón un bulto blanco, grande de buen alto. Hombré, dije yo, ése es un diablo que viene o va. Me quedé poniéndole cuidado nada más. El caballo se me azotaba. ¡Ah no, no me jodás hijo de p...!, le digo, no me andes con babosadas, cuidado te voy a rajar con las espuelas. Ese caballo le tenía miedo al espanto, un espanto grande de buen tamaño, blanco, blanco...

“Vino entonces una nube negra y dejó todo oscuro, yo no ando mi foco, raro porque casi nunca me falla el foco, pero ese día andaba sin foco porque había luna. Bueno, yo vi el bulto y no le tomé ningún entusiasmo. Al llegar al zanjón, yo me voy a volar por allá, por bajo. En lo que yo salto el zanjón vi una sombra negra que sale al paso, yo aprieto las riendas del caballo, el caballo le tenía miedo, ya lo traje para allá y le grito: ‘no te equivoqués que soy fiesta, te voy a enseñar cómo es que me llamo yo’. Entonces no me contesta nada. ¡Aja! ‘No hablás hijo de p... entonces te hacés el chancho, va pues démosle a este rejodido, te voy a enseñar ahorita cómo es que me llamo yo’. Entonces prenso el caballo. ‘¡Hay te va el primero!’ le grité, calculando darle el machetazo en el hombro, por ahí, a la torna vuelta, le vuelvo a poner otro revés y a los seis va pal’suelo aquel espanto, en lo que cayó me tiré del caballo y le agarré las riendas, el jodido caballo se me quiso soltar y le digo: ‘Dejáte de m... vamos a ver qué diablo es éste que sale aquí, le voy a probar que soy Horacio Argüello, y que me cuelgan los aguacates todavía’.

“Y lo agarré en el suelo y, chas... chas... chas... yo sentía que a cada machetazo me pringaba de sangre, de babosada. Fla, fla, fla, fla sentía que el machete pegaba y soslayaba en el hueso, por donde quiera. Ra, ra, ra, ra, lo agarré por mi cuenta, pa, pa, pa, pa y le digo: ‘Levantáte hijo de p... porque sólo un quejido te volaste al caer, y ahí no hablás nada. Hay quedáte pues, yo creo que si no te morís por lo menos te vas a engusanar’.

“Mi papá me había dado un consejo, cuando se hacen esos pactos, decía él, se dan tres vueltas al lado contrario, ra, ra, ra, tres vueltas y al otro lado otras tres vueltas. Yo di las tres vueltas y para decirle que no le tenía miedo pegué un gran grito: ‘¡Oí, ya te vi hijo de p... que sos de la misma calaña de un hijo de p...’ Y ahí dejé a la orilla del río a ese condenado”.



¿Al día siguiente fue a ver lo que había pasado?

No, no, no, no, me fui a asomar hasta los tres días, pero ahí no estaba, ahí estaban los sangrales, sólo sangre vi, nada del muerto.



¿Quiere decir que se puede matar a los diablos?

Como no. Teniendo valor, sí. Y con una cruceta lista, si no, es de balde, dicen que con cruceta se agarra cualquier diablo.

EL INSOMNIO Y “LAS CABECEÑAS”

¿Cuando uno tiene cierta edad disminuyen de manera natural las horas de sueño. En la medida que uno va más viejo va durmiendo menos?

Sí, sí, sí. He comido y bebido más o menos. Estoy tranquilo, lo único que tengo agora es que desde hace dos años no duermo, duerno nada más que dos horas, eso es todo. Pero no es así la cosa, porque aquí varios viejos que he visto a las diez están cabeceándose de sueño, y yo no me he podido cabecear nunca. Je, je, je.

LACEGUA COMELONAS DE LAS PAMPAS

Sobre don Horacio Argüello Espinoza se dice que vio a una cegua y al respecto asegura: “Cierto. Era una cegua que hace mucho tiempo llegaba a la hacienda Las Pampas, y mi mamá tenía la costumbre de que yo dormía en una hamaca al lado de donde ella dormía en el comedor. Mi mamá se venía a buscar unas pastillas, porque siempre tenemos la costumbre de manejar todas las pastillas en una gaveta.

“En la noche algo se me restregó en el hombro y mi mamá que anda buscando las pastillas. Yo había llegado bastante noche, me acosté, pero siempre con el pensamiento del diablo. Y al día siguiente dice mi mamá: ‘¡Idiay! Yo dejé cuatro cuajadas y amaneció sólo una. ¿Cómo es eso?’ ‘Yo no he tocado cuajadas, ni cené’, le digo, porque donde anduve me dieron de comer.

“Se me puso que era la maldita cegua y le digo a mi papá así, pasa así y asa, y dice: ‘No hombre, qué andas creyendo’. Le digo: ‘Es que prende fuego de noche esa jodida y hasta echa tortillas y todo’. ‘No, me dice mi papá, eso es puro cuento’.

“Pasó eso. Allá a los días otra vez viene mi mamá a buscar pastillas, pero cuando ella abrió la gaveta no me pareció que era mi mamá porque estaba algo clareja y cebea, y no dije yo, ésta no es la señora, ésta debe ser la maldita bruja. Entonces la mujer le dio vuelta a la gaveta y se fue para la cocina. Entonces ya me castié, me saqué la mano zurda por debajo y la volé por encima. Y dije yo: ‘cuando agarre a esta gran p... le voy a echar una llave con todita la hamaca para ver si es cierto que dicen que es bruja. Pero le voy a pegar una agarrada que no va a saber esta maldita cómo es que me llamo, aquí nos vamos a retorcer un buen rato’. Desde entonces ya no volvió a llegar a sacar nada de la gaveta".



—¿Pero la pudo agarrar?

“No, no, no. Si ya no volvió, ya no volvió. Entonces dice mi papá: ‘Está bien, agarrá entonces a esa mujer’. ‘¿Y cómo la vamos a agarrar?’ le digo. ‘Bueno —dice— hay que traer la mostaza y volarle una reguera ahí en la salida de la puerta y verás que amanece pepenando’. Pero hasta ahí llegamos, nadie buscó la mostaza ni nada, pero como ya intenté agarrarla, ella se mosqueó, ya no volvió a llegar.



¿Y cómo era la mujer, cómo era el fantasma?

“Bueno yo vi una mujer negrita, de buen alto, no grande, no chiquita, más o menos calculé yo que era de buen alto y gruesecita, no era tan flaca”.

“En la noche qué va ser, no se miraba bien, sólo el bulto. Bueno, yo seguí siempre en mis andanzas porque dicen que soy mujerero. Realmente soy bárbaro. He tenido tres mujeres. Yo creo que el hombre prevenido siempre tiene varias esposas, hombre prevenido vale por dos mi amigo”.

LA FORTUNA

Sobre por qué le puso La Fortuna a su finquita, don Horacio dice: “Es que yo nací en una casa grande de las mentadas Pampas, pero un día decidí venirme para acá y hacer mi casita en mi finca, y así le puse porque vine a hacer fortuna y me casé. ¿Es buena fortuna casarse? pregunté, y respondió: "Claro que sí, me casé y por tres veces. Fueron 19 hijos, dicen que son mejores al por mayor o por docena.
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El cuenta cuentos que dio “matarile” al “uñudo”