Reportaje especial
Códigos que iluminan
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Es una biblioteca literalmente en penumbras, donde todo parece olvidado. Ahí, a tientas, los no videntes buscan la luz del saber en los libros escritos en código Braille, para descubrir emocionados la magia de Gabriel García Márquez y las palabras de aliento en la Santa Biblia |
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Una joven no vidente lee atentamente con sus dedos, en código Braille, el segundo volumen de Noticias de un secuestro, de Gabriel García Márquez, en la Biblioteca Nacional de No Videntes Luis Braille, donde todos los días se conocen actos de heroísmo para quienes sin poder ver buscan la sabiduría de los libros a cualquier costo.
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José Adán Silva
Las cosas caen en la sala contigua y ella sabe que alguien está ahí. Pregunta si es Carlos o Mario, y Carlos responde. El muchacho pregunta por un libro que no encuentra y ella, dueña de los espacios y silencios ahí radicados en los últimos 16 años, le dice que está en el primer estante de la izquierda, segunda fila, cuarto tomo. “¡Aquí está!”, exclama Carlos desde la sala contigua y ella sonríe complacida, mientras él busca la mesa de lectura de la sala principal, dejando un rastro auditivo de pequeños “cliques” que provoca la punta metálica de su bastón al chocar con el piso de mosaicos blancos.
La sala está en penumbra y silenciosa; la calma sólo la interrumpe el ruido monótono de un ventilador humilde y el canto persistente de un grillo oculto quién sabe dónde en esta sala reducida y llena de anaqueles repletos de libros y papeles, donde sobresale una única mesa atiborrada de papeles sin letras de tintas, con su respectiva silleta y una máquina de escribir antigua en cuyas teclas destacan pequeños puntos en relieve, escritos en código Braille.
Sobre la mesa, un reloj que dicta la hora con voz femenina, una calculadora que nombra los números con tono metálico y un teléfono sin números en las teclas. “Aquí todo es audio y tacto, así es nuestro mundo”, dice Rosario Rodríguez, la directora de la única biblioteca para personas no videntes, o como ella mejor la llama, la peor biblioteca para ciegos que pueda existir en Latinoamérica y la única en Nicaragua.
GABO, EL FAVORITO
Rosario, una señora no vidente, maciza y maternal, ha sido la directora de la Biblioteca Nacional de no Videntes Luis Braille desde que ésta nació, allá en 1988. Desde entonces, ha sentido pasar a miles de no videntes por las salas de este desabrido edificio con aspecto de abandono que, a pesar de ser de dos plantas y sólida construcción moderna, luce gris y sombrío por falta de una mano de atención.
No hay aire acondicionado, sólo una lámpara funciona, los grifos gotean, el piso no luce tan blanco, las sillas y mesas ya reflejan la huella de los años y todo parece ser antiguo. “Es que hace años que nadie nos ayuda de verdad, la Alcaldía hace un esfuerzo, pero se queda corta. Lo mismo pasa con el Instituto de Cultura, que nos ayuda con el pago de agua y luz, más la vigilancia, pero de ahí nada más, estamos solitos en este esfuerzo”, dice Rosario, hablando en dirección a donde olfatea la presencia, hacia donde siente y escucha la respiración.
Pero a pesar de no tener un presupuesto propio y sobrevivir de dádivas lastimeras, se siente muy orgullosa de la biblioteca y habla de ella como si hablase de una casa propia: “Aquí tenemos 1,500 volúmenes que integran 400 títulos de libros y revistas. La diferencia entre volumen y títulos radica en que, en código Braille, se ocupa más espacio para un libro”.
“Por ejemplo, el libro que más se lee aquí es 100 años de soledad, de Gabriel García Márquez, y esa novela, que es un solo título, se constituye en nueve volúmenes”, dice ella.
Se levanta, camina a tientas hasta el estante y toma el volumen uno. Lo abre, explora el texto con el dedo índice de la mano derecha y lee pausado: “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Después de ese libro, en orden de preferencia, sigue la Biblia, que en versión Braille del Nuevo Testamento ocupa casi un estante completo.
RUBÉN DARÍO, EL GRAN AUSENTE
Luego siguen las demás obras de García Márquez: Noticias de un secuestro, Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mama grande; Amor en tiempos del cólera y Relato de un náufrago.
“Las personas no videntes, usuarias de esta biblioteca, leen mucho a García Márquez, les encanta, algunos lo leen hasta dos veces”, cuenta Rosario, y luego agrega algo que podría explicar el fenómeno: los otros libros y revistas son viejos textos de Historia, Filosofía, Ciencias y Religión, viejos residuos de los años setenta y ochenta, muy desgastados y algunos incompletos. “Nadie quiere leer un libro de Ciencias de hace 20 años”, dice Rosario, quien sueña que un día le donen un buen número de libros actualizados de todas las materias.
La pocas nuevas obras les han venido donadas del extranjero: Margarita está linda la mar, de Sergio Ramírez, desde Francia, y varios textos de escritores cubanos. Extraño para una biblioteca nicaragüense, pero el poeta orgullo del país, Rubén Darío, no existe: “En los ochenta el Instituto de Cultura nos regaló un tomo de Azul, pero lo escribieron al revés y con muchos errores, tantos que hasta un ciego podía ver que se trataba de un libro de mala calidad. Lo sacamos de circulación”.
Se oye bulla en la sala principal, entran en algarabía varias muchachas y muchachos no videntes, ellos forman parte de los más de 450 personas que cada año visitan el local.
“Son mis muchachos, los estudiantes”, dice la directora de la biblioteca, quien abandona su despacho en penumbras y da la bienvenida a sus visitantes. Llama a una muchacha que le ayuda en las cosas, y le pide que saque el juego de dominó a las visitas. Algunos juegan y otros prefieren subir a la planta alta a escuchar en la fonoteca los libros favoritos grabados en casetes por la cortesía de locutores y artistas que prestaron su voz para la causa.
“Es que no todos los ciegos saben leer Braille, algunos apenas lo están aprendiendo en la escuela”, explica, refiriéndose a la sala contigua donde más de 40 no videntes reciben lecciones del código dactilar y otras habilidades.
La tarea no será fácil ni todos los ahora inscritos podrán salir triunfantes: “Más de la mitad no van a seguir viniendo. Las familias los retiran de clases porque no pueden estar cuidándolos todos los días y en la calle corren mucho peligro, si no los asaltan y les roban hasta los bastones, se pierden o los atropellan”.
LITERATURA SOLITARIA
Muchos de sus nuevos alumnos serán en los próximos años los concursantes de los certámenes de Literatura y Poesía que la Biblioteca promueve desde hace tres años.
“Queremos incentivar a los estudiantes a explotar sus potenciales intelectuales, no queremos ciegos mendigos”, dice Rodríguez, mientras busca entre sus papeles una carpeta donde guarda los trabajos participantes en los últimos certámenes.
Palpa con su dedo índice uno que a su juicio refleja la soledad de los ciegos en el mundo.
Lee: “¿Sabes cuántos a tientas caminan y se enfrentan a la vida? ¿Sabes cuántos no sonríen, porque la noche no termina y esperan ver un lucero y que aparezca el día? ¿Sabes cuántas lágrimas de esos ojos han rodado, perdidos en las tinieblas y la soledad del tiempo? Lágrimas que lo dicen todo, pero en profundo silencio”.
Suspira hondo, guarda silencio, y luego sonríe: “¿Verdad que está lindo?”
El concurso inició hace tres años, “con mucha pena”, dice ella. “Nadie estaba interesado en apoyar a un puñado de ciegos que no llaman la atención de los medios”, dice.
Cuenta que de 100 cartas que envían cada año a las diferentes instituciones, privadas y gubernamentales, sólo le contestan dos o tres.
En los últimos dos años, sólo dos empresas de telefonía les han brindado apoyo para montar los eventos.
“Hemos mandado a todos lados, a la Presidencia, la Lotería, a los ministerios y nada. Tal vez este año que hay elecciones se acuerdan de nosotros ¿verdad?”, pregunta Rodríguez, sonriendo como siempre.
CARECEN DE TODO
En la Biblioteca Nacional de No Videntes Luis Braille hacen falta muchas cosas.
Desde libros nuevos y acutalizados, hasta computadoras con programas de voz o máquinas de ecribir especiales en código Braille.
Además les falta papel especial para escribir de manera manual en el código Braille.
Tampoco cuentan con suficientes grabadoras para registrar las clases orales y reproducir los libros de audio.
En la biblioteca no hay aire acondicionado, necesario para mantener la temperatura y evitar que los libros se dañen en la humedad del ambiente.
No hay un solo oasis de agua potable y todos beben de los grifos sin saber si es agua sucia o limpia.
CUANDO EL APRENDIZAJE SE VUELVE UNA ODISEA
Cada día que un no vidente visita por su cuenta la Biblioteca Nacional de No Videntes Luis Braille es un verdadero acto de heroísmo, a como dice el lema de la Policía Nacional.
Y esto es por muchas razones: la biblioteca queda a orillas de la principal y más traficada arteria comercial de Managua: la Carretera a Masaya.
En los alrededores de la biblioteca han crecido enormes centros comerciales y edificios privados que han ocupado andenes y pasos peatonales para convertirlos en parqueos y exhibidores de autos y otras cosas.
El semáforo especial para ciegos que donó hace pocos meses un casino de las periferias y que queda ubicado a casi 100 metros de la biblioteca, es más irrespetado que el presidente George W. Bush en la película Fahrenheit 9/11. “Nadie respeta el bendito semáforo, los ciegos tenemos que esperar que alguien nos haga la caridad de cruzarnos porque los vehículos nos escapan de atropellar”, dice Carlos Antonio Pérez, uno de los más asiduos visitantes de la biblioteca.
Francisco Rivera Huete, joven no vidente, licenciado en Derecho y profesor de Braille en la escuela, se queja amargamente del olvido e irrespeto de la sociedad. “Es como si no existiéramos, los buses nos dejan donde quieren, los taxistas nos roban el vuelto y nos botan donde se les antoja, y para colmo, no nos dejan andenes y tenemos que caminar en la carretera, donde se han robado las tapas de todos los ‘manjoles’. No hay un ciego que no haya caído en un ‘manjol’, ya hasta les decimos traga-ciegos”, dice entre risas.
Cuenta que a veces los buses los dejan a orillas de los pequeños cauces, y que muchos se han ido primero al agua sucia antes que llegar a los libros.
ALMAS NOBLES
Los no videntes no piden sólo para sí. Este año quieren celebrar una fiesta a las personas de la tercera edad que han sido abandonadas por sus familias en los asilos. “Queremos compartir con ellos nuestra alegría de vivir y darles aliento en su soledad, que vengan y bailen con nosotros”, expresa Rosario Rodríguez.

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