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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 23 DE OCTUBRE DE 2004
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Christopher Reeve: Un ícaro del siglo XX

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.Protagonizó Superman en 1978. A partir de entonces se convirtió en una leyenda de la pantalla

Christopher Reeve.

 

Franklin Caldera

Con alguna experiencia teatral, Christopher Reeve logró ser seleccionado para el rol protagónico de la película Superman (1978), entre más de 200 aspirantes. Pero más difícil fue su lucha por liberarse del personaje (con extenso historial de triunfos en tiras cómicas, tebeos, dibujos animados y series de radio y televisión).

Es muy difícil para un actor identificado estrechamente por el público con un personaje específico, diversificar su carrera. Superman (creado por los adolescentes Jerry Siegel y Joe Shuster) fue siempre incómodamente pegajoso. George Reeves, el Hombre de Acero de la televisión (1951-57), vio su carrera en el cine destruida por el éxito de la serie. (Se suicidó en 1959).

Sean Connery es uno de lo pocos actores que han logrado sobrevivir la identificación reiterada con un personaje sumamente popular (“Bond…James Bond”). Su vigorosa actuación en La colina de la deshonra (1965) de Sydney Lumet, consolidó su posición como uno de los mejores actores de su generación. En 1982 Lumet dirigió a Reeve en el drama, Trampa de muerte (con Michael Caine), pero Reeve tenía más en su contra que la sombra del superhéroe volador.

Nacido en Nueva York en 1952, el joven actor de complexión atlética, elevada estatura y cara demasiado “bonita”, no proyectaba la virilidad intimidante de un Clark Gable, un Gary Cooper o un Sean Connery. Tenía las mismas facciones finas (con ojos azules y mechón en la frente) que impidieron el desarrollo de la carrera de John Derek en los años cincuenta o que Tony Curtis fuera tomado en serio, a pesar de sus excelentes actuaciones en Fuga en cadena, La mentira maldita y El estrangulador de Boston.

Por otro lado, tenía ese aspecto de muchacho bueno que truncó el incipiente estrellato de Richard Beymer en los sesenta. Con su personalidad de boy-scout, a Reeve le resultaba difícil reflejar conflictos internos, algo necesario para obtener papeles sicológicamente complejos. Pero sus dos primeras películas como Superman (de un total de cuatro) bastan para asegurarle un lugar en el firmamento hollywoodense. Su éxito en esos filmes se debió al humor sofisticado con que enriqueció su caracterización, sin llegar a perder el respeto por el personaje.

La secuencia de Superman I (dirigida por Richard Donner) en que Reeve y Margot Kidder vuelan sobre Metrópolis, es antológica, por el encanto personal de ambos actores y el realismo de los efectos especiales. El segmento de la explosión del planeta Kriptón (con Marlon Brando como Jor-El, padre de Kal-El/Superman), permanece en la memoria. La falla del filme reside en haber convertido a Lex Luthor (Gene Hackman) en un villano bufo, lo que hace superflua la intervención de un héroe con poderes extraterrestres para vencerlo. Superman II, de Richard Lester, tiene un villano intergaláctico más temible, interpretado por Terence Stamp.

En 1980, Reeve y Jane Seymour coprotagonizaron En algún lugar del tiempo, sobre un amor que trata de vencer las barreras entre el pasado y el futuro. Menos éxito tuvo Monseñor (1982), diatriba contra la jerarquía de la Iglesia Católica de Roma, que en Nicaragua fue estrenada en función de gala auspiciada por el gobierno sandinista. En 1984 encabezó el reparto de Los bostonianos de James Ivory (según novela de Henry James). Activo en el teatro (Cinco de julio) y la televisión (Anna Karenina), en 1992 hizo un papel secundario en Lo que queda del día. Su último trabajo en el cine fue el rol protagónico de El pueblo de los malditos de J. Carpenter, remake innecesario de un clásico de la ciencia ficción.

Pero las dificultades de su carrera artística palidecen ante el desafío que representó su caída de un caballo durante un evento hípico en 1995, que lo dejó paralizado del cuello hacia abajo. Desde entonces, fue conmovedor su optimismo ante lo irremediable, promoviendo desde su silla de ruedas el patrocinio de las investigaciones para el tratamiento de las enfermedades del sistema nervioso. En estas condiciones actuó en una nueva versión televisiva de Ventana indiscreta y dirigió para la TV, In the gloaming y La historia de Brooke Ellison.

Su muerte (el 10 de octubre del 2004) provocada por una infección sistémica, fue el prematuro y trágico fin de un hombre que en un momento de su vida llegó a tener todo lo que un ser humano pudiese desear.

Crítico de cine nicaragüense.  
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Niñas precoces detrás del lente


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