VIERNES 22 DE OCTUBRE DEL 2004 / EDICION No. 23610 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Mala y buena política

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Silvio Méndez

Para encontrar la ética específica que requiere la buena política, debemos reconocerla como una función socialmente necesaria pero probablemente la más difícil de todas. Debemos salir del menosprecio estúpido de la política para repolitizar la sociedad, superar las malas políticas que bloquean el desarrollo y montar buenas políticas que el desarrollo humano requiere. Se trata de un oficio abierto a todos, sin ser reservado a los tutores que desde Platón tratan de “liberar” las democracias de sus defectos. Hacer mala política es un oficio diferente al requerido para la buena política. Las éticas individualmente son también diferentes. ¿Qué hace el mal político? Niega la realidad, produce falsas ilusiones, temores y esperanzas, manipula, es gran conservador del status quo cultural, político, ético y económico, es hábil operador de partidos caudillistas fragmentados y de baja institucionalización, maneja las alcantarillas del financiamiento político, las redes clientelistas electorales, asigna los empleos públicos, licitaciones, privatizaciones y concesiones.

Cuando esto prevalece hay mala gobernabilidad que bloquea el desarrollo, merece repudio cívico y el desprestigio generalizado de la política. El político ha de ser confiable, cumplir sus contratos, ser persona de palabra, capaz de hacerse respetar cuando los otros no cumplen con la suya, ser temido por aquéllos con que contrata en la opacidad de las instituciones informales. Este mal político puede ser buena persona, padre, amigo, esposo, aportará estabilidad política, pero será incapaz de producir transformaciones que requiere la verdadera democracia, el desarrollo humano.

El buen político es patriota. Ama a su país que fue, al que puede y debe ser. No se engaña con la realidad pero no renuncia a un ideal. Tiene proyectos, estrategias, forma equipos y proyecta su acción creando partidos institucionalizados; desarrolla buen juicio, capta anomalías, amenazas y oportunidades, propone metas creíbles, crea conceptos, supera bloqueos que parecían insuperables, resuelve conflictos, construye coaliciones, sabe lo que corresponde hacer en su momento y no se involucra en cosas importantes pero inoportunas. No sólo hace sino que deja mejores instituciones y prácticas políticas, valores, actitudes, capacidades. Transformando la política se transforma a sí mismo, a la sociedad. No defrauda cuando llegan momentos tensos y conflictos, tiene ponderación para mantener unidad y equilibrio.

La ética necesaria para este oficio es exigente; los dilemas éticos del buen político son permanentes, en casi todas las decisiones hay más de un bien ético en juego. En contexto decisivo específico, nunca impone una sola solución como la única éticamente correcta, mezcla conocimiento, razón, sensibilidad, valores, cálculos... Es el momento de la libertad y la vida en toda plenitud, son momentos en que hacemos historia.

El buen político mejora constante y decididamente la gobernabilidad del país, su sistema institucional, el que considera el mejor activo para lograr desarrollo humano sostenible. “Los únicos caudillos que valen son los que acaban haciéndose prescindibles creando buenas instituciones” (Maquiavelo). Es práctico, siempre tiende a preguntar: ¿Qué puedo hacer para que la ética fortalezca el correcto desarrollo de mi trabajo? Siempre es líder emprendedor, hace historia. No nace, se hace a sí mismo por la determinación de ponerse al frente y hacer una diferencia positiva. Los buenos políticos mueren aprendiendo y para aprender practican permanentemente las disciplinas que les ayuda a dominar su oficio. Se esfuerza por el autoconocimiento y el autodominio, sin lo cual no es posible la autenticidad, la integridad, sin ello no se logra inspirar confianza, tener buena comunicación, obtener atención, respeto. Interioriza las lecciones aprendidas por la comunidad internacional en materia de desarrollo, no desarma la ideología para caer en pragmatismos más oportunistas sino que afirma valores y principios, desarrolla nuevos conceptos, imágenes y estribillos movilizadores y adapta viejas y respetables ideologías a la nueva realidad.

El buen político necesita crear sistemas de información y conocimientos precisos para formular y desarrollar buenas estrategias de cambio, creando capacidad de pensamiento sistémico y estratégico, de reflexión e indagación; comprende el sistema, ve sus anomalías y desarmonías que dirigen a la necesidad y posibilidad de cambio. Orienta siempre a elevar la gobernabilidad e institucionalidad existente.

El buen político sabe que la gobernabilidad exigida para el desarrollo humano es la democrática, cree en la superioridad moral de la democracia sobre cualquier otro sistema político, afirmación axiomática de la igualdad humana intrínseca de que el bienestar de todo ser humano, cualquiera sea su condición, es intrínsecamente igual al de cualquier otro.

El autor es candidato PhD en Ciencias Políticas.
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