JUEVES 7 DE OCTUBRE DEL 2004 / EDICION No. 23595 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Final de una ilusión perversa

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Roberto J. Cajina
cajina@ibw.com.ni

En un país como Nicaragua en el que escasean alarmantemente ejemplos presentes dignos de imitar, y en el que los paradigmas del pasado parecen estar cada vez más lejanos y borrosos, cronistas deportivos de casi todos los medios de comunicación contribuyeron a crear una de las ilusiones más perversas de los últimos tiempos en nuestro país, aparte de las que a diario ofrece nuestra obscena clase política.

Perversa ilusión porque se pretendió hacer un cóctel con ingredientes incompatibles y hasta repugnantes en su mezcla. Un muchacho humilde nacido y criado en la pobreza, que por sus capacidades físicas (quizás sobredimensionadas por la publicidad) llega al alcanzar notoriedad en un deporte, y de la noche a la mañana se encuentra con más dinero del que alguna vez pudo siquiera soñar, y una vez poseído de fama y fortuna se desenfrena y comete cuantos desmanes se pueda imaginar, y los medios de comunicación, que han contribuido a crear esa imagen de “héroe macho”, “hombre muy hombre”, lo tratan con benevolencia y hasta de forma peligrosamente cómplice y complaciente frente a sus desmanes y fechorías.

No se trata de un deportista profesional sino de un insolente fanfarrón exhibicionista quien debe saldar cuentas ante la justicia por una acusación de violación, y que públicamente se ufana de fumar cuanto cigarrillo puede llevarse a la boca y tomar tantas cervezas como sea capaz de ingerir; arremete contra ciudadanos indefensos, violenta las leyes de tránsito del país y pone en peligro su vida y la de los que irresponsablemente participan en carreras ilegales de autos al filo de la media noche, la hora preferida de los delincuentes.

No soy moralista, ni pretendo serlo, pero este pedante es justamente todo lo contrario de lo que es un deportista de verdad; es el peor ejemplo que se puede dar a nuestra niñez y a nuestra juventud. Insulta y vomita sandeces y groserías contra sus rivales, y es utilizado por un ex-convicto estadounidense, convertido por artes no muy claras en “promotor” de espectáculos millonarios, como bufón mal disfrazado de payaso de pelo teñido en rojo naranja, para ponerle “salsa” y promocionar el circo que se avecina y que sin lugar a dudas le dejará jugosos dividendos.

Ricardo Mayorga es esa perversa ilusión creada por algunos cronistas deportivos nacionales y un ex-convicto estadounidense. La parafernalia comunicacional desatada por los medios, enseña que la fórmula para llegar a ser famoso y acopiar una buena fortuna es ser vicioso, arrogante, lengua-larga, mentiroso, abusador de mujeres y quebrantador de la ley. Es ésta la versión más siniestra de los antivalores que una sociedad pueda tener, y que los medios de comunicación han cultivado con esmero.

Los esfuerzos de María Lourdes (Lula) Ruiz (disco y bala) y Dalila Rugama y Janys Ramírez (ambas en jabalina), en el recién finalizado campeonato centroamericano de atletismo, tres auténticos valores nacionales, no llaman tanto la atención ni ocupan por días las primeras planas, porque “no venden” y en consecuencia “no son rentables”, pero a pesar de la indolencia de los medios y de los cronistas deportivos, las tres representan lo que es ser atleta-deportista de verdad, sin padrinos delincuentes y sin una corte de aduladores.

La noche del sábado 2 de octubre, el llamado “Matador” entró al degolladero no sin antes asegurar desaforada y repetidamente que su rival no llegaría a la mitad del tiempo pactado. No soy partidario del llamado “deporte de Fistiana” —que es en realidad un lucrativo negocio— por violento, tan violento que ha dejado a seres humanos convertidos en verdaderos guiñapos y ha enviado a no pocos al cementerio.

La estrepitosa derrota de Ricardo Mayorga ante Tito Trinidad debe ser, a mi juicio, una oportunidad para que quienes imprudente e insensatamente lo han elevado a la categoría de un Máximo o de un Espartaco, “con un corazón tan inmenso como el Himalaya”, reflexionen y comprendan que su responsabilidad como comunicadores sociales debe estar por sobre sus pasiones, sus instintos e incluso sus intereses mercantiles o sus pretensiones de notoriedad, ya que su primer deber es contribuir a cultivar valores que promuevan el desarrollo y futuro de un país prácticamente huérfano de ejemplos virtuosos que nos ayuden a enderezar la retorcida senda por la que hasta hoy hemos caminado.

Ricardo Mayorga no puede ni debe ser ejemplo para nuestra niñez y nuestra juventud, y si algo deben aprender de Mayorga los niños y jóvenes de Nicaragua —y por supuesto los adultos— es que no debemos ser como él. Con seres como Mayorga y la claque de panegiristas que le rodea y se beneficia de su irracionalidad, Nicaragua no tiene presente ni futuro.

La derrota de Ricardo Mayorga debería ser el final de una de las ilusiones más perversas que algunos cronistas deportivos, medios de comunicación nacionales y un ex-convicto estadounidense contribuyeron a crear.

El autor es Consultor Civil en Seguridad y Defensa
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