MARTES 9 DE NOVIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23628 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Educación universal no es el tema central

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Jeffrey M. Puryear

El Presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, ha hecho hincapié en la importancia de que para el año 2015 todos los niños estén matriculados en la educación primaria.

Es difícil no estar de acuerdo con un objetivo tan noble, pero lamentablemente el planteamiento de Wolfensohn refuerza el mito generalizado de que el principal problema de los países pobres es que la cantidad de niños que asisten a la escuela es insuficiente. Un problema mucho más grave en la mayoría de los países en desarrollo es que, aún cuando asisten a la escuela, los niños aprenden muy poco.

En el mundo en desarrollo, la educación que reciben los alumnos de las escuelas públicas es muy deficiente, especialmente cuando se la evalúa en función de los puntajes obtenidos por éstos en las pruebas de rendimiento tanto nacionales como internacionales. Por lo tanto, no es de sorprender que al menos algunos padres no estén interesados en enviar a sus hijos a la escuela. El Banco Mundial, las Naciones Unidas y otras instituciones mundiales cuyo objetivo central es la educación universal deben también procurar el cumplimiento de una meta igualmente crítica: garantizar que los niños aprendan algo en la escuela.

Por ejemplo, en la mayoría de los países de América Latina ya se encuentra matriculado actualmente el 90 por ciento más de los niños, pero son pocos los que reciben una educación de calidad. En todas las pruebas a nivel mundial, los estudiantes latinoamericanos obtienen puntajes muy inferiores a los de los estudiantes de Europa del Este o Asia del Este. En el estudio internacional más reciente, una prueba de lectura, matemáticas y ciencias para niños de 15 años de edad organizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los cinco países latinoamericanos participantes ocuparon cinco de los ocho últimos lugares entre los 43 países evaluados. Menos del cinco por ciento de los estudiantes brasileños y sólo el nueve por ciento de los estudiantes mexicanos lograron obtener la media de la OCDE en matemáticas. En lectura, el 80 por ciento de los estudiantes peruanos se ubicó en el nivel más bajo.

Con tan bajos puntajes, es legítimo preguntarse si la primera prioridad debiera ser matricular más niños en las escuelas o bien impartir una educación de calidad a los que ya están matriculados. Es fácil decir que ambos aspectos son prioritarios, pero en la mayoría de los países el presupuesto es escaso y es preciso tomar decisiones.

Las escuelas públicas de América Latina —y de la mayoría de los países en desarrollo— no entregan a sus alumnos los conocimientos y habilidades que requieren para desenvolverse en las sociedades modernas. Con demasiada frecuencia se muestran indiferentes, son marginalmente competentes y corruptas y están sometidas a élites o intereses particulares. Casi no existen estándares, las evaluaciones son infrecuentes y la responsabilidad por los resultados es un concepto casi desconocido. Estas escuelas, que sirven mayoritariamente a los pobres, tienden a perpetuar en lugar de reducir la desigualdad y la exclusión.

La comunidad internacional ha prestado poca atención a los déficit de aprendizaje tan generalizados en los países en desarrollo. Las iniciativas globales de alto perfil —Educación para Todos y los Objetivos de Desarrollo del Milenio— están totalmente concentradas en el logro de las metas relacionadas con el aumento de la matrícula. No sólo no establecen objetivos de aprendizaje, sino que ni siquiera lo mencionan. Por lo tanto, el mensaje que reciben los países pobres es que el aprendizaje no es lo que importa.

Efectivamente, es importante lograr que todos los niños ingresen a la educación primaria. Pero es igualmente importante enseñarles una vez que están ahí. De lo contrario, simplemente estamos haciendo demagogia. El verdadero desafío es desarrollar en los niños habilidades sólidas y medibles que les permitan desenvolverse satisfactoriamente como trabajadores y ciudadanos. Sólo así podremos evitar: “Fracasar en el cumplimiento de las promesas hechas a los niños en Jomtien en 1990, en Dakar en el 2000 y nuevamente en Monterrey en el 2002”, como advirtiera el señor Wolfensohn. Matricular a los niños en el sistema escolar es sólo la mitad de la batalla.

El autor es co-director del Programa de Promoción de la Reforma Educativa en América Latina y el Caribe (PREAL)
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