Incomparable corazón de madre
Rafael Ibarguren
Cuenta una antigua fábula que en un país lejano una madre crió con mucho cariño a un hijo único. Entre ambos, el amor era grande y plenamente correspondido.
Cuando el hijo llegó a la edad del matrimonio conoció a una joven y bella mujer de quien se enamoró locamente proponiéndole ser su esposo. Ella le dijo “sí, contigo me casaré pero con una condición: que rompas relaciones con tu madre y me traigas su corazón”.
Si le hubieran pedido mil muertes el cautivo hubiera consentido, pero... ¿matar a su querida madre?
Grande es la miseria humana y ciegas las pasiones sin control. El infeliz opta por complacer a la novia, mata a su progenitora, le extrae el corazón y, atormentado como un demente, va corriendo a entregar el corazón a la pérfida Dulcinea.
En el fragor de la carrera tropieza y cae por tierra. Mientras se levanta atolondradamente para proseguir su cometido, oye una voz dulce y tierna que le dice “hijo mío, ¿te hiciste daño?”. La pregunta salió del corazón aún palpitante de la madre.
Esta leyenda ilustra con bastante fuerza de impacto lo que es el amor de una madre: incondicional, gratuito, total.
Entre tanto, si es cierto que ese hecho quimérico no se dio, hubo el amor de una madre que superó las leyendas más fantásticas. Fue el amor de una madre virgen que tuvo por hijo a un Dios de quien recibió como legado la maternidad sobre todos los hombres... ¿No es verdad que la realidad superó la fantasía?
La Madre de Dios y Madre nuestra, la Madre de las madres, el paradigma de madre, es María de Nazareth.
En una catequesis reciente, el Papa Juan Pablo II decía que hay en la vida de María como que dos anunciaciones. La primera es la del Ángel Gabriel que le anuncia que concebirá y dará a luz. Y a segunda es la de su propio Hijo Jesús que desde la cruz le anuncia la maternidad sobre la humanidad entera (Mensaje para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud del 8 de marzo de 2003).
La alegría de ser hijo de una madre no hay quien no pueda tenerla.
De todas maneras, ¡el propio Dios es más tierno que una madre!
El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.

|