Amor y dolor
Joaquín Absalon Pastora
El amor y el dolor se quinta esencian cuando los vive la madre. Convergencia. Cercanía de los polos. Integración anímica y creadora.
No hay génesis sin mujer. Monopólica y divina es cuando está en el proceso la formación. Reverente es reconocerlo en el templo lleno de los fulgores de la conciencia. Ahí donde la pureza habita y se remonta. Si su alero es teñido por las sombras no es porque las busque, sino porque se las impone la fatalidad. Esas circunstancias impremeditadas que rondan.
Resulta obligatorio reconocerlo cada vez que exista la oportunidad y no sólo cuando esté presente la víspera o el esplendor plenario de una efemérides, tregua para tener aunque sea un día de amor en medio del fragor de donde salen los flechazos por todos los costados. Mater dolorosa.
Es esta pausa, venturosa y unánime, unos se ponen en el pecho –testimonio de tristeza o alegría– una flor. Ese es el efecto de tener –o haber tenido– el afecto mejor discernido desde el advenimiento a partir de que la madre abre sus majestades con placer y queja a la vez para que el visitante –el suyo amado– inicie el privilegio de ver y oler estos parajes.
Hay una forma de incurrir en el consumismo. Es tomar esa flor de los jardines improvisados por las metas del mercado y ponérsela en el pecho sin pena alguna en contraste con la enfermedad pandémica de la vanidad expresada a través de la exhibición de la mercadería suntuaria, anualmente reiterativa en el afán de ponerle un velo material al acontecimiento.
De todo hay para mamá en las vitrinas donde trasciende la motivación para tentar al pasajero de la calle, absorto ante las tentaciones puestas en las estanterías, creyente de que en ellas está la retribución del cariño que tiene precio. La mentira se refleja en el fondo de las tentaciones cifradas. La complacencia le entra a la heroína no a través de la primicia empacada sino por más duraderas y firmes demostraciones de amor.
Es ingrato afirmar que sólo haya un día en el año especialmente dedicado a esta vital integrante de la humanidad, más en alto relieve cuando la hace padecer el declive social, la injusta reprimenda de la adversidad. Esta interpretación es susceptible de entrar a los aros de la polémica.
Amor y dolor. No cabe otra conjunción más hermosa y meritoria en el engranaje de los contrastes. En el caso de ella los dos escenarios del universo anímico tienen el mismo significado. Porque sin pasar por ese momento anticipativo en el cual no hay nada corvo o fingido más bien un padecimiento programado por Dios. No pudiera tener abiertas las puertas del alborozo personal, personalizado. Orgullosa ella por haber traído al pujar, lo mejor del mundo.
Esa es la consideración que esa madre tiene de los que ha engendrado en comunión con su pareja. La calificación no varía por supuesto, en todo el resto del camino de la vida, en las duras, en las maduras, en todo acto donde esté implícito el surtido polifacético de las emociones. El caso es único. “Madre sólo hay una” no es el “slogan” salido de una vitrina. Es una verdad que calza con las pruebas de la eternidad.
El autor es periodista.

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